En ese entonces yo era asesor del saliente representante a la Cámara Gustavo Petro y, mientras me aprestaba resignado a dejar esos fríos recintos, cayó en mis manos un ejemplar de la revista Cambio 16, con un articulo dedicado al coronel Hugo Rafael Chávez Frías, liberado tras su frustrada rebelión militar en Caracas.

En la crónica descubrí rasgos de semejanza política entre el movimiento liderado por Chávez en Venezuela y la agrupación con la que yo había militado por más de 12 años. De inmediato emprendí su búsqueda. Le escribí, llamé, dejé señales y recados, hasta que por fin Chávez devolvió mensaje. Sin más preámbulo lo invité a nombre de la Fundación Cultural Simón Rodríguez a conocer Bogotá. Su respuesta fue un sí sin ambages. Después vino el regateo logístico: numero de tiquetes, hospedaje y corrientazos respectivos. Porque, hay que decirlo con claridad, trajimos a Chávez a Colombia por primera vez más con ganas que con recursos reales.

Salimos a esperarlo al aeropuerto El Dorado un día de junio de ese año. Abordamos un taxi y emprendimos viaje hacia la pensión de la Juventud Trabajadora de Colombia (JTC), en el centro de la ciudad, donde lo hospedamos con la calidez de lo sencillo. Fueron ochos días con varias de sus noches enteras en las que pudimos conocer algunas facetas de la personalidad del hoy presidente de la república Bolivariana de Venezuela.

Lo primero que me sorprendió fue su capacidad de trabajo: es de esos hombres a los que fácilmente les llega la aurora en el cumplimiento de sus tareas luego de un sueño de menos de tres horas. Años después, en Caracas oí decir de labios de colaboradores muy cercanos que ésta es una constante muy marcada en su diario batallar.

Alguno de los miembros de la comitiva de Chávez nos contaron en tono infidente que su visita a Bogotá coincidiría con su cumpleaños número 40. Por supuesto, comenzamos a prepararle una pequeña fiesta de cumpleaños. La gente de la JTC aportó la torta y nosotros contactamos al grupo de música llanera de un poeta amigo, el Negro Amín.

Poco después de que el conjunto arrancara, Chávez pidió prestado el cuatro, y con una experticia de la que solo gozan los oriundos de Barinas, empezó a tocarlo, retomando las letras de la redención social escritas por el juglar de las favelas de América, Ali Primera. Para nuestra sorpresa, resultó ser un muy buen intérprete y cantante.

La primera visita de Chávez a Colombia terminó en el Puente de Boyacá con Petro, algunos militares retirados y yo. Primero hicimos el recorrido turístico normal, guiados por un patrullero de la Policía Nacional. Hubo un momento en el cual Chávez interrumpió la recitación de lugares, fechas y nombres de batalla de la campaña libertadora, expuesta por el agente de policía, para leer un documento que él había escrito durante estos días en la pensión. Se trataba de una especie de juramento, como el de Bolívar en el Monte Sacro, en el que se refería a nosotros como el embrión de una nueva Latinoamérica.

Quién iba a creer que, cuatro años después, el otrora coronel Chávez se iba a convertir en el presidente de su país, y que luego iba a ser uno de los hombres más influyentes de Latinoamérica y del mundo entero.

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