Inclina la cabeza, lleva las manos unidas al rostro y cierra los ojos para elevar una callada oración. El presentador grita su nombre, la orquesta hace la entrada y el público explota. Como sucede desde hace 52 años, José Cheo Feliciano sube la escalerilla y se encuentra con su gente. Las Estrellas de Fania, la banda salsera más importante de la historia, ponen a bailar ahora a Bogotá.

Una hora antes en el camerino, Ismael Miranda, Andy Montañez, Richie Ray, Bobby Cruz y Cheo Feliciano, leyendas vivas de la salsa, echan chistes y hablan de sus achaques con sorna mientras los maquillan. Se ríen, siempre se están riendo. A pesar del frío de la madrugada, el camerino está caliente. La gente pide fotos con ellos, los músicos afinan sus instrumentos, los empresarios dan órdenes aquí y allá. Imagino entonces que hace 35 años, cuando la Fania llevó a sus estrellas a tocar a África en la antesala de la pelea Alí-Foreman, el voltaje sería mucho mayor por cuenta de la coca, la marihuana y las negruras jamás imaginadas correteando por ahí. El "azuuucaa" de Celia calentaría los guajeos previos y Cheo Feliciano apuraría un cigarrillo para matar la ansiedad de salir a cantar en una noche histórica, tres años después de haber regresado del vicio con un disco titulado Cheo, así, a secas, con el que limpió su nombre y su carrera de toda duda. Fue con ese trabajo que la sacó del estadio. Rescatado por voluntad propia del abismo del consumo, Cheo reaparecería convertido en ídolo para cantar ante la negritud original su canción más emblemática: El Ratón. A su lado, en los coros, lo respaldaron nada más y nada menos que Héctor Lavoe, Santos Colón, Larry Harlow, Johnny Pacheco e Ismael Miranda, entre otros genios de leyenda. Ese Ratón redentor, inmortalizado sobre suelo africano, es uno de los grandes momentos en la carrera de Cheo, "un negrito chévere sin voz, pero con mucho sentimiento", como él mismo se define.

Tres décadas más tarde, en un frío camerino bogotano donde apenas se sirve agua aromática o una, solo una copa de vino tinto, los reyes de la sabrosura, ahora canosos y moderados en el consumo y en el vestido, están listos para cantar. No para un estadio de 80.000 zairenses, ni para la élite neoyorquina en el mítico Palladium, pero sí para el que Cheo considera el mejor público salsero del mundo: "La salsa ya no es puertorriqueña, ni panameña, ni cubana. La salsa es colombiana. Este es el público que más disfruta y más conoce nuestra historia. Y si canto en Italia, en Suiza o en Canadá, son los colombianos los que prenden la fiesta. Así que me paso todo el año cantándole a Colombia", dice. A pocos metros de él, frente al espejo, intento controlar los nervios de cantante aficionado mientras me arreglo la camisa elegida para la ocasión. Busco a Igor y a Willie, coristas oficiales de Cheo Feliciano para esta noche y les pido que me den la bendición, que me ayuden a calentar un poco la voz, que me soporten. Las piernas me tiemblan pero no les hago caso. En pocos minutos, mi sueño de niño de estar en un escenario cantando junto a Cheo Feliciano se hará realidad. ¿El tema escogido? El Ratón, su éxito más universal. Esta noche viviré mis 15 minutos de gloria al lado del que considero, después de Héctor Lavoe e Ismael Rivera, el mejor cantante de salsa de todos los tiempos.

Lograr el milagro de tenerlo cerca, de poder cantar a su lado, merece un público agradecimiento a los empresarios Ricardo Leyva y Ricardo Oquendo, este último, el responsable de conformar una orquesta de primera categoría con músicos colombianos para la conducción impecable del maestro Luis García, director de las Estrellas de Fania. Aunque cada uno de los artistas ha cosechado grandes éxitos por separado, trabajan juntos con frecuencia desde finales de los años sesenta, cuando se grabó la primera sesión conjunta de los artistas de Fania en el Red Gartner de Nueva York. En adelante, la salsa sería un fenómeno cultural y comercial sin precedentes dentro de la música latina.

Para poder cantar junto a Cheo tuve que presentarme al ensayo con la orquesta y demostrarle al maestro García que no iba a reventar los amplificadores con mis aullidos. Pasada esa prueba, mi arrebato salsero se haría realidad dos días más tarde o, mejor dicho, el mismo día que murió el Rey del Pop. Ese día, mientras el mundo lloraba al que, según Michel Houellebecq, fue el único hombre capaz de materializar por completo el ideal mestizo de toda la humanidad al punto de no saberse ni negro ni blanco, ni joven ni viejo, ni hombre ni mujer, yo contenía la nostalgia pop para dar rienda suelta a toda la sabrosura de que era capaz.

Cuando vi el repertorio que mandaron los empresarios, no lo pensé dos veces y elegí El Ratón por varias razones. La primera, es que los coros son fáciles comparados con temas como Anacaona o A las seis. Ser corista no es repetir como loro. Allá arriba hay que ser chévere, bailador e improvisador. Los tímidos no sirven. Hay que tener la pericia rítmica para llevar un cha cha cha con los pies, una melodía con la voz y la solvencia de manos para saltar de las maracas al güiro en un compás, claro está, sin perder contacto visual con Cheo y el maestro García. Debo admitir que carezco de todo lo anterior. Si bien solía cantar en cumpleaños, en fiestas ocasionales de la universidad y en algunos bares que se arriesgaron más de la cuenta al dejarme subir al escenario, nunca he cantado a este nivel, con un artista de esta talla y con una banda de estas dimensiones. Aunque el respaldo de los músicos da confianza, la salsa es un arte de espontaneidad, de gozo impredecible en el que un tema puede tener mil variaciones. La prueba es que habiendo ensayado mi único número, empiezo a perderme cuando Cheo levanta la mano, silencia los coros y mete unos sones para el trompeta. Luego inventa otros donde me presenta como "el locutor cantante", creyéndome hombre de radio. Sé que parece obvio, pero el buen corista debe estar siempre en la jugada con lo que los músicos van tocando porque en la tarima se entrecruzan la amplificación que le llega al público y el martilleo de los instrumentos a centímetros de distancia. Por eso mis respetos a Igor, a Willie y a Darmel, tremendos coristas y tremendos padrinos.

Volviendo al porqué de El Ratón, confieso que también quería darle una oportunidad a esa canción. Era la que menos me gustaba del repertorio de Cheo. La que siempre evité bailar porque no se puede bailar. La más trillada de mi época de salsa universitaria. La última razón, y quizá la más poderosa, es que esa es la canción más famosa y más querida de Cheo, la que más lo conecta con el público. Y yo quería ser parte de ese momento. Si me hubiera atrevido tal vez hubiera elegido cantarme un bolero con él, pero eso era aspirar a mucho y Amada mía es un territorio sagrado en el que no quise meterme. Así que me quedé con "el hermanito menor de Mickey Mouse", como le dice Cheo a su Ratón, por aquello de que lleva muchos años comiendo queso y vacilando por ahí. Y es verdad. Esa canción la compuso Cheo cuando ni siquiera era cantante profesional por allá en los sesenta y se grabó por primera vez con el sexteto de Joe Cuba y luego con la Fania. Esta noche, no estarán a su lado Héctor Lavoe, ni Rubén Blades, ni Roberto Roena como coristas principales. Estará un periodista camuflado de salsero.



Prudencio y Crecencia

Antes de salir para el concierto, compartiendo un té de frutas en el hotel le dije a Cheo: "Maestro, usted ha cantado de todo: salsa, montuno, tango (grabó en francés con el talentoso Yuri Buenaventura), cha cha cha, mambo, en fin, lo que ha querido. Pero yo me quedo con el Cheo bolerista". El hombre se voltea y me dice: "Fue por el bolero que me hice cantante. Al bolero y a Tito Rodríguez les debo todo". Recordó entonces cómo de niño, su papá, Prudencio, carpintero de oficio, enamoraba a su mamá, Crecencia, cantando boleros. Trabajaba como un obrero más de lunes a sábado pero el domingo madrugaba, se iba para el mercado y al regresar decía: "Mami, anda a peinarte, regodéate frente al espejo que hoy la cocina es mía". Cheo, de 6 años, presenciaba en aquella modesta casa el efecto inmediato, contundente, del uso de la canción con fines amorosos. Mientras picaba verduras en la cocina, Prudencio soltaba a cappella el comienzo de ¿Y tú qué has hecho? y la esposa cortejada contestaba desde el cuarto con la naturalidad melódica del ave que reconoce al instante la tonada del amor. "Yo esperaba los domingos para presenciar ese diálogo musical, para ver el amor ocurriendo ante mis ojos", recuerda Cheo. Por cuenta de sus padres, el bolero era ya un camino ineludible.

A los 9 años, cuando hacía parte del Combo de las Latas (la carencia de instrumentos nunca fue problema a la hora de aprender música y menos en Ponce) Cheo se pegó a Los Panchos y en particular al timbre de Chucho Navarro, la segunda voz. De ahí aprendió a armonizar para luego dominar el arte de jugar con las melodías. A los 19, ya en las grandes ligas de la música en Nueva York, perfeccionaría su talento al lado de Tito Rodríguez, su gran maestro. A él le escuchó el que considera (y yo también) el mejor bolero jamás escrito: Tú, mi delirio, de César Portillo de la Luz. "Tito tenía un metal precioso, un vaso en la voz, un timbre muy varonil, ponía mucho sentimiento a todo lo que cantaba, especialmente a los boleros", recuerda Cheo. Después de llegar por recomendación de Tito Rodríguez al sexteto de Joe Cuba, vio los frutos de tantos otros boleros dedicados a su novia y futura esposa, Cocó, a la que enamoró con Fidelidad y otras obras maestras de ese gran conversador del bolero que era Vicentico Valdés.

La estatura de Cheo en el tema del bolero fue celebrada por el propio Portillo de la Luz, un personaje cero lambón, de verbo implacable y talante castrista, quien le dijo durante su visita a Cuba: "De tantas versiones que se han grabado de ese tema mío (Tú, mi delirio) la tuya es la mejor de todas". Y lo creo. Lo creo aunque haya otros grandes como Roberto Ledesma, Tito Rodríguez, Vicentico Valdés, José José o Elena Burke, Moraima Secada y Amparo Montes, entre las damas. Los absolutismos musicales son odiosos y todos discutibles pero me la juego porque Cheo le pegó a ese bolero por donde era. ¿Cómo hace uno para cantar así

, le pregunto. "Sentir —me responde—. Para cantar boleros hay que sentirlos. Quien no conoce de amor, del dolor del amor, que no lo intente", sentencia el maestro. A eso se suma que Tú, mi delirio es sin duda el bolero redondo, armónicamente completo, un monólogo de amor que no fustiga a la mujer sino que la enaltece en la abstracción de la cursilería que sin ser confesada es bien correspondida. Por algo llamarían a Cheo "el señor sentimiento", quizá buscándole un parejo en la inmortalidad a la "señora sentimiento" que fue doña Elena Burke, quizá porque es el boricua que mejor canta el bolero cubano. Allá en La Habana le abrieron las puertas de par en par como si fuera un hijo propio. De nada valieron las viejas rencillas ejecutorias, ni las estúpidas discusiones sobre si la salsa es de aquí o de allá. Se sabe que Cuba y Puerto Rico son "de un pájaro las dos alas" gracias a muchos, pero en especial a la humildad, el don de gentes y el talento natural de un hombre de Ponce coronado rey en lo más encumbrado del feeling cubano.



De cualquier malla…

Hacia las dos de la mañana, llega la hora de salir a cantar en Aguapanelas Internacional junto a Cheo Feliciano. Ya han pasado por la tarima Ismael Miranda con No me digan que es muy tarde, y Andy Montañez con Me gusta, entre otros clásicos que calientan al público. A diferencia de lo ocurrido en el concierto de las Estrellas de Fania junto a Santana en marzo pasado, cuando salieron a la brava de la tarima en medio de un desafine brutal, este concierto es el desquite de los salseros con el público bogotano que tanto los quiere. El cierre está en manos del gran Willie Colón, otra leyenda viva que también trae lo suyo. Para gozo de los rumberos, esta noche no hay afanes ni malos tratos con los músicos que habían quedado en deuda hasta con la memoria de Ralph Mercado, el gran productor y empresario de la época dorada de la salsa.

Después de cantar Yo no soy un ángel y A las seis, sus dos temas de entrada, llega, por fin, la hora de El Ratón. Apuro una botella de agua, me encomiendo al de arriba y me subo a la tarima. La orquesta comienza a tocar y me encuentro justo al lado del hombre de la gran "familia". Contra todo pronóstico, el terror se va y solo quiero gozarme el momento sin pensar si canté bien o mal. Darmel, uno de los coristas, inventa un paso que no logro seguir. Eso de cantar y bailar con gracia al mismo tiempo no es para todo el mundo pero hago lo mejor que puedo. El maestro Luis García nos anuncia la entrada de los coros y suelto todo lo que tengo. "De cualquier malla sale un ratón oye…" El público se mete y Cheo presenta "al locutor cantante colombiano". Juega con la melodía a su antojo. Cuando escucho el cierre y explotan los aplausos, me parece que aquello nunca sucedió, que aún no despierto del trance. Cheo me regala un último abrazo frente a su público y todo vuelve a su lugar. La verdad, no quisiera bajarme pero ya es tiempo. Tiempo de volver al anonimato del salsero raso. De guardar la anécdota para mi madre, que me hizo bolerista desde el vientre. Es tiempo de tomarme, ahora sí, un whisky a la memoria del Rey del Pop. Y uno doble por la gloria viva del Rey de la Salsa, el señor Cheo Feliciano.

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