Todavía era un niño cuando me pusieron el apodo con el que todo el mundo me conoce. O mejor: me lo puse yo. A los 10 años, en la escuela del barrio Manrique, en Medellín, nos llevaron a ver la película Flecha rota, un western de colonos y apaches. El jefe de los indios se llamaba Cochise, y yo quedé obsesionado: cuando salí, empecé a decirles a todos mis amigos que me dijeran así, que ese era yo. Y así me quedé. Años después, cuando me lancé al Concejo de Medellín, tenía que poner mi nombre en el tarjetón y, como todo el mundo me conocía por Cochise, decidí ir a la Registraduría y meter el apodo en la cédula… ¿quién iba a saberse mi nombre real, Martín Emilio Rodríguez? (Mario Sabato, el loco del ciclismo)

Mi papá murió 15 días después de que nací y quedamos muy desamparados en la casa. Por desgracia, tuvimos que crecer con muchas dificultades económicas, como casi todos los deportistas en Colombia. Los domingos me tocaba vender limones en la plaza de mercado y repartir carbón en bultos. Con el tiempo, una hermana me regaló 15 pesos para comprarme una bicicleta rudimentaria, y así empecé a trabajar llevando domicilios en una droguería que se llamaba La Botica de los Isaza. Ahí empezó mi gusto por correr. Una de las primeras carreras en que participé se hizo en un pueblito de Antioquia, Barbosa, como entre 200 corredores, todos aficionados. Iba de 15 cuando me tuve que retirar por un calambre. Luego me pasé a trabajar a otra farmacia y pude comprarme una bicicleta mejor, una Monark sin cambios y de rueda libre. Entonces empecé a correr cada ocho días, sin falta. Y a ganar.

En 1961, cuando corrí mi primera Vuelta a Colombia, acabé ganando el premio a Mejor Novato. Tenía 18 años. Recuerdo que gané una etapa de Armenia a Tuluá y cuando me bajé de la bicicleta, emocionado todavía, salí corriendo a Telecom a ponerle un telegrama a mi novia de entonces. “Dedícote punta”, le escribí. Al rato me llegó la respuesta de ella: “Espero lo metas”. (El ciclista borracho del Tour de Francia)

Gané cuatro veces la Vuelta a Colombia: en el 63, el 64, el 66 y el 67. En una de esas, me acuerdo, iba descendiendo por Fusa, volteando por la orilla derecha, cuando de repente un ciclista casi me arrolla por detrás y me saca de la vía. Yo alcancé a agarrarlo de la camiseta con una mano y a frenarlo para que no se fuera al barranco, aunque casi nos caemos los dos. Pasó el tiempo y hace como dos años un tipo me abordó en la calle y me dijo: “Cochise, ¿usted no se acuerda de mí?”. Yo le respondí que no, que qué pena. “¡Yo soy el ciclista al que usted salvó de matarse en una Vuelta a Colombia!”, me dijo, emocionado... pero yo qué iba a acordarme.

En 1962, quedé campeón centroamericano y del Caribe en los 4000 metros persecución individual. Era la primera vez que salía del país y no niego que estaba nervioso de saber que competiría con extranjeros. Recuerdo que en la recepción del hotel donde estaba había un piano de cola grande y yo me ponía a tocarlo solo por mamar gallo. No tenía ni idea de música, pero igual lo tocaba. Un día, antes de la carrera, unos pesistas de la delegación del Valle me vieron en esas y me dijeron: “Cochise: si se gana la de oro, le subimos ese piano al cuarto”. “¡Listo! —respondí—. Pero pilas, pues”. ¡Y gané! Cuando fui a reclamarles la apuesta, me dijeron, muertos de la risa: “No, que se lo suba su mamá… ¡eso pesa mucho!”. (Cinco de los mejores ciclistas de la historia)

No pude ir a los Olímpicos de Múnich, en 1972, donde era favorito para ganar el oro en los 4000 metros. Fue por culpa de un costeño, Édgar Senior, que mandó una carta al Comité Olímpico asegurando que en esa época yo era profesional, y le creyeron. Fue una payasada que hizo para hacerme daño, porque para entonces yo ya había batido el récord de la hora, en México, y había ganado el campeonato mundial en Italia. Solo me faltaba eso. Quedé muy triste, pero entonces Claudio Costa, el italiano que había sido mi técnico, me ayudó a entrar como gregario al equipo italiano Bianchi-Campagnolo, que era el de Felice Gimondi, la estrella del momento. Y así y todo, de gregario, pude ganar siete etapas de distintas carreras en Europa, entre esas, dos del Giro de Italia.

Fui el primer ciclista latinoamericano en correr un Tour de Francia, en 1975. Esa vez me pasó algo graciosísimo: yo iba con un compañero del equipo en un lotecito como de ocho. En un momento dado, nos fugamos los dos y cogimos cierta ventaja. De repente, el compañero levantó las manos, convencido de que había ganado, y yo detrás, dichoso. Ahí fue que nos avisaron que todavía faltaba una vuelta… y nos pasó todo el lote. Mejor dicho, ¡hicimos el oso! (Yo diseñé los uniformes "empelotos del ciclismo")

Un año más tarde, en el 76, me tuve que retirar de la Vuelta a Colombia por comer carne de gallinazo. ¡En serio! En plena carrera, cuando estábamos en Tunja, me comí lo que parecía un pollo y llegué enfermo a la etapa de Bogotá. Seguí corriendo así y hasta logré fugarme con Álvaro Pachón, pero llegando a Gualanday tuve que decirle que no podía más: me tocó retirarme porque ni sentía las piernas. ¡Yo creo que era chulo, porque esa pata que me comí estaba muy grande!

Cuando publicaron el famoso reportaje que me hizo Gonzalo Arango, en el que me dio tan duro, yo no le paré muchas bolas. Lo leí y pensé que era diferente, nada más; al fin y al cabo, un nadaísta no cree ni en lo que se come. Mi mamá, en cambio, sí quedó muy dolida, dijo que ese tipo era un malagradecido, que cómo nos iba a criticar así cuando le habíamos abierto las puertas de la casa. Lo bueno fue que a los pocos días, Daniel Samper Pizano salió a defenderme. Por eso ahora prefiero no recibir a ningún periodista en la casa y los mando siempre a que me entrevisten en el velódromo. Así no le mueven a uno los trofeos. (El talento desconocido del ciclista colombiano Esteban Chávez)

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