La última vez que salí a la calle sin compañía, un motociclista casi me atropella. Según me contaron, mi intento por cruzar la calle fue tan torpe que prácticamente estuve a punto de cometer un suicidio. La moto no venía a más de cinco metros, pero simplemente no la vi.

Desde pequeño tuve una miopía muy alta y en constante aumento. Alcancé a llegar a 30 dioptrías de miopía, es decir, al punto en el que veía 30 % de lo que ve alguien con visión normal. Pero no era el único de mi familia, pues por herencia varios teníamos enfermedades de la visión. En esa época usaba lentes de contacto, especialmente diseñados para mí, pero aun así estaba lejos de ver como una persona normal. Los miopes tenemos la retina muy delicada, y hace seis años se me desprendió. Tuvieron que operarme, pero después me dio una hemorragia vítrea y el ojo se puso completamente opaco. Finalmente lo perdí.

Hace un año estuve 45 días hospitalizado por una complicación relacionada con cálculos en la vesícula biliar. En todo ese tiempo me tomé casi 500 pastillas, incluidas decenas de antibióticos. Y aunque los médicos me dicen que no tiene nada que ver, desde entonces empecé a perder rápidamente la visión que me quedaba en el ojo que me servía.

En cuestión de meses se nubló por completo mi visión. No pude volver a trabajar en el almacén de telefonía en Cedritos y dejé de hacer muchas cosas. Barrer, ver televisión, saber si en mi plato todavía quedaba comida fueron cosas que desaparecieron de mi cotidianidad. Una vez me corté muy fuerte tratando de cocinar y otra, me caí de cara contra el piso cuando me tropecé con un bolardo. Llegué a un punto en el que de cerca nada más veía colores, pero no podía ni siquiera identificar si una persona a 30 centímetros de distancia tenía gafas o no. De lejos, no veía nada, absolutamente nada, ni siquiera colores. Y de noche, ni hablar, era como un murciélago.

Como estaba seguro de que todo esto tenía que ver con los medicamentos de la vesícula, no busqué ayuda de un oftalmólogo. Cuando terminé el tratamiento y vi que mi visión seguía empeorando, finalmente fui a la Fundación Oftalmológica Nacional, donde me explicaron que lo mío era una catarata que había avanzado inusualmente rápido. Por suerte, dijeron, se podía solucionar con una cirugía.

Pero no tenía recursos para cubrir los gastos. La Fundación tiene un programa de apoyo a personas con bajos recursos y me apoyaron con el total del costo de la cirugía. Además, el doctor Pedro Salazar donó sus honorarios del procedimiento. Sin embargo, debí conseguir 1.320.000 pesos para pagar otros gastos relacionados. Entonces, el dueño del almacén donde trabajaba me los prestó y pagamos con su tarjeta de crédito. El acuerdo fue que durante dos años debo pagarle 70.000 pesos mensuales.

La cirugía fue muy sencilla. Duró menos de una hora. Me pusieron anestesia local, y estuve muy quieto, pero no sentí nada. El doctor hizo una microincisión de aproximadamente 2 milímetros y después volvió a cortar alrededor del cristalino, que lo limpian para quitar la catarata con una especie de aspirador. Después ponen el lente, que es flexible, entra por el corte pequeño y adentro se acomoda. El dolor es mínimo, pero después en el costado externo del ojo se siente como un ardor que pica, para lo que me recetaron acetaminofén. Después dicen que hay que ser muy cuidadoso con el camino de regreso a casa, descansar y no hacer esfuerzos. Hoy tuve cita a las 11:00 de la mañana. El doctor Salazar me quitó la cascarilla y me preguntó de qué color era su camisa. Lo miré y hasta pude describirle el tipo de cuadros que tenía estampada la tela. Me hicieron la prueba de lectura y puede ver varias líneas que jamás había logrado identificar. Al parecer estoy muy cerca de tener una visión normal. Me siento algo fotosensible, pero el doctor me dijo que la molestia con la luz es normal, que tenga paciencia, que en unos días el ojo se va a acostumbrar. También agregó que mi visión va a seguir mejorando, aunque en este momento siento que veo mejor de lo que nunca había visto en mi vida.

Salí muy emocionado de mi cita, al borde de las lágrimas. ¡Puedo ver el piso, puedo conocerle la cara al doctor! Si me ganara el Baloto, ni con todo ese dinero podría pagarles por todo esto al doctor Salazar, a Rosalba la trabajadora social, y a la Fundación. Quiero llegar a mi casa a ver a mis hijos de 4 y 16 años, deben estar grandísimos. No quiero ni perder tiempo parpadeando. Quiero recuperar mi vida social, mi vida laboral, mi independencia, pero tengo que esperar un mes antes de empezar a llevar una vida normal. Definitivamente, no puedo decir otra cosa sino que volví a la vida después de haber muerto.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.