Por Javier Mejía

Los primeros recuerdos que tengo de este asunto vienen de cuando era niño, y en una consulta por algún motivo cualquiera mi pediatra le dijo a mi mamá que yo tenía "prepucio redundante", que lo más aconsejable era que me circuncidaran. Hubo explicaciones que conservo muy borrosas para tratar de tranquilizarme: que era simple, que era práctico, que era aséptico. Tengo muy presente el chiste de un tío pocos días después en una fiesta familiar, que dijo mientras se tomaba un trago: "Ah, ve este culicagao tan berriondo, nos salió con prepucio, pucio y pospucio".

Me negué de manera rotunda, o sea, hice una tremenda pataleta, y la vida avanzó sin mayores problemas hasta que llegó el día que me tocó entrar al quirófano sin aplazamiento: lo del prepucio redundante podría desembocar en problemas más serios. No recuerdo exactamente cuántos años tenía, pero ya había salido de la universidad.

Fue en la Clínica Las Vegas de Medellín. A mi cuarto llegó una enfermera que no se parecía en nada a las que salen en las películas, de faldita corta y escote pronunciado. No, esta era una enfermera nazi de voz ronca y bigote tupido. Me afeitó, me roció algo que sospecho era Isodine y jaló, estiró, restregó y, sin más, llamó al cirujano.

El médico llegó muy parlanchín, con la suficiencia de todos los médicos, y me soltó esa maldita frase que te anticipa lo que se viene: "Esto te va a doler un poquito". Por favor, estamos hablando de mi pipí, y ahí la palabra "doler" tiene otras dimensiones. Entonces comenzó el infierno: me puso tres inyecciones con anestesia, supongo que una en el prepucio, otra en el pucio y otra en el pospucio, igual no miré, solo sentí el dolor más horrible que he sentido en mi vida. Un momento después él se puso en lo suyo y trató de tranquilizarme diciéndome que era una práctica ancestral del pueblo judío, por la afianzada costumbre de sus mujeres de pedir siempre el 10% de descuento en todo. El chiste se lo celebró él solo, y comenzó la intervención. Supongo que para entretenerme, continuó diciendo que lo que hacía era como tomar un buzo de cuello de tortuga y cortarle la tortuga. Más que calmándome yo sentí que el tipo se estaba burlando de mi terror. Para terminar dijo que el prepucio solo servía cuando se iba a una playa nudista, porque protegía del exceso de arena. Tomó aguja e hilo, cosió allí, remendó allá y tan rápido como vino se fue mi locuaz Patch Adams criollo.

La primera noche fue tranquila por el efecto de la anestesia. Pero al despertar la cosa fue muy distinta: el roce de la sábana era como un lija, como dos alicates, como un rosa, pero solo las espinas. En fin, sentí que había tirado y dormido con dos puercoespines.

Levanté la sábana con temor a lo que me iba a encontrar, y mi pánico no era infundado: lo que hallé entre mis piernas era lamentable. Yo le había entregado a Patch Adams un pipí normal, perfecto, mi gran amigo. Y ahora tenía frente a mí a Godzilla, y no por el tamaño sino por la apariencia. Mi pipí antes era como el del David de Miguel Ángel, y ahora tenía una pesadilla de El Bosco. Entregué una rosa y me devolvieron un cactus negro, parecía una morcilla por efecto de la inflamación, los hematomas de las inyecciones y de los puntos de sutura. Tenía ahí, en mi entrepierna, una foto deteriorada de Asprilla y, para empeorar, los puntos le daban un extraño aire a corona de espinas. Un desastre.

Fueron ocho días con sus noches. Ay, sobre todo sus noches. Una semana donde los días eran de profundo escozor y molestia, las noches de suplicio y los amaneceres de terror. El médico me había dicho que evitara las erecciones, entonces ni salí a la calle e intenté no tener malos pensamientos. Como todo, el tiempo hizo lo suyo y todo volvió a la normalidad, pero fue una semana donde fui como Asprilla, pero nunca, ni entonces ni después, pude juguetear como él.

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