Hace alrededor de un año me detectaron un tumor en la vejiga y desde ese momento comencé a padecer un vía crucis en el que el principal afectado fue mi miembro viril.

El anuncio de lo que se me venía pipí arriba, literalmente, fue muy sorpresivo, pues luego de un par de exámenes me anunciaron que en menos de 48 horas me tenía que hacer otro en el que debían introducir una camarita por el pene que pasara por toda la uretra, la próstata, el meato urinario y entrara a la vejiga. Sutil paseo el que debía hacer aquella camarita nada más y nada menos que entrando por la misma ranura por donde orino.

La preparación para el examen fue muy sencilla, al menos la física, porque la psicológica no funcionó mucho. Un antibiótico para prevenir algún tipo de infección, mucha agua y listo. La cita fue en un centro de especialistas en urología en Bogotá. Me tocó desvestirme y ponerme una bata, típica de hospital, y caminé hacia la Sala de Intervenciones Quirúrgicas Menores (así decía el aviso en la puerta). Ingresé y lo primero que vi fue la camilla que tenía a cada lado inferior los dos “tipos de brazos”, aquellos que uno siempre ve en las películas en las que se da a luz a un bebé. ¡Quedé petrificado! Había también un computador y al lado de la camilla un monitor de televisión.

“Siga y siéntese en la cabecera de la camilla —me dijo la amable señora que me  había recibido—. Por favor, ponga cada pierna en las palancas anexas, destápese la bata y súbase la camisa”. ¡Mis nervios aumentaban pues había quedado en la posición más vulnerable que había tenido en toda mi vida!

Ya acostado, mirando hacia el techo, pues la verdad no quería mirar hacia ningún lado más, sentí cómo, luego de que me bañaran todo el pene con cremas quirúrgicas, me introducían por el meato externo (que no es más que la ranura del pipí) la cabeza delgadita como de una crema dental. Luego sentí cómo ingresaba lenta y dolorosamente una cremita dizque anestesiante. Ahí empezó realmente mi tortura.

Minutos, o tal vez segundos después, entró por la puerta mi urólogo. Comenzamos a hablar. Él, de pie con su bata y demás implementos. Yo, acostado, medio empeloto y con mis partes íntimas más expuestas que nunca. Entre comentarios chistosos, todo para intentar relajarme, fue alistando sus instrumentos. Prendió el monitor. Al principio decidí no mirar, pero la curiosidad me ganó. Ahora sí, era el momento. “¿Listos? Vamos a comenzar”, dijo el doctor. Decidí mirar qué era lo que me iban a meter, y era nada más y nada menos que una “varita” de metal del grosor de un esfero Kilométrico, de una longitud de 40 centímetros y con una cámara en la punta. En el monitor se podía ver todo lo que esa cámara iba a registrar. Este examen se conoce como cistoscopia.

Como dije al comienzo, si no fuera por la experiencia y el profesionalismo de mi médico, esta historia sería aún más aterradora. Al principio, cuando entró, la impresión de dolor. El paso de este gigantesco cuerpo extraño por la uretra fue indescriptible. Dolor, nervios y curiosidad (tal vez por la transmisión en vivo). Yo me agarraba fuerte, de donde podía. Pero vino algo más grave aún: el paso de la cámara por la próstata, ya que es la parte más estrecha del aparato urinario. Esa sensación no se la deseo a nadie. Es un dolor punzante en aquella parte reconocida por todos y vulgarmente llamada la “nies”. Mi doctor sí me lo había advertido. Pero vendría otro punto trascendental: el paso por el otro meato. Ese otro meato es como la puerta de entrada a la vejiga y es un órgano contraído que se abre cuando existe necesidad fisiológica. Aquí, en ese preciso momento, no existía dicha necesidad, por lo cual la “camarita” fue entrando sin pedir ningún permiso y sin tocar la puerta. El dolor fue intenso, interno, incomparable a algo que haya sentido. Adentro de la vejiga, el “Kilométrico” comenzó a esparcir un líquido especial para llenarla y poder examinarla de manera adecuada. La varita se empezó a mover de lado a lado, de arriba abajo, y la presión de tener un palo dentro del pene, que pasaba por la próstata y que llegaba a la vejiga, se hacía cada vez más dura. Todo esto sumado a la sensación de querer orinar. 

Luego de varios minutos, que parecieron horas bajo el agua, la inspección había terminado, pero no con esto la terrible experiencia, pues el camino de salida fue igual de molesto y doloroso que el de entrada, eso sí, un poco más rápido.

Apenas acabó todo, agotado, fui al baño. Y cuando intenté orinar, de repente apareció un ardor intenso, un dolor que volvió a recorrer todo el camino que minutos antes había hecho la famosa camarita.  Al final, nada de orina salió de mi cuerpo pero sí varias gotas de sangre acompañadas del líquido anestesiante.

Mi inusual aventura terminaba. Analgésicos y antibióticos me permitieron olvidar mi experiencia. Pero no sería por mucho tiempo, pues este examen no sería el último. ¡Ya llevo tres iguales!

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