La noche anterior, el profesor Frank Domínguez no durmió bien. La resonancia de los silbatos de los trenes que pasan cada media hora por Aracataca no le dejó pegar los ojos.

Por la madrugada, cuando creyó haber ganado la partida, lo visitó el sueño del tren amarillo y vio a Aureliano Triste asfixiándose en el cuarto de máquinas, con el rostro cubierto por el hollín. Hizo un ademán para detener aquel animal de respiración acezante, pero recordó que los trenes del carbón que pasan por la zona bananera nunca se detienen, que su eterna misión es pasar y pasar.

Por eso ha llegado al salón de clases con los ojos enrojecidos, la barba sin rasurar y un sedimento de amargura en los labios. En principio, siente el impulso de hablarles del sueño a sus alumnos, pero se abstiene, porque evoca el compromiso que ha adquirido con este cronista de no alterar la rutina con que dicta la clase el resto del año. Entonces se quita la cachucha, bordada con un par de mariposas amarillas que revolotean sobre la imagen del cataquero más famoso del mundo, y escribe en el tablero:

La transversalidad en Cien años de soledad: un pretexto para aprender más. “De esto hablaremos hoy”, dice, en voz alta, desechando la idea de contar el sueño.

Van a dar las 10:00 y está empezando el calor. Cuatro ventiladores de techo remueven el aire del salón, cuyas paredes son una especie de gruesa malla de cemento, dispuestas así, precisamente, para aplacar las altas temperaturas que al mediodía alcanzan niveles de infierno. Esta solución arquitectónica implica, sin embargo, una contrariedad: se escucha la algarabía que producen cientos de chicos en los otros salones de clases.

Los 36 alumnos que esperan la charla del profesor Domínguez están quietos, suspensos en los pupitres. Permanecerán así hasta el final de la clase, con excepción de Sandra Mejía Herrera, una niña de ojos rasgados y fácil para la risa, que media hora después se levantará de su sitio para recitar un poema escrito por Gabo durante sus años de estudiante de secundaria en el colegio de Zipaquirá.

El segundo apellido del profesor es Valiente, pero él no lo saca a relucir demasiado, pues considera que la obligación de todo individuo es ser coherente con su apellido y él no está seguro de ser lo suficientemente valeroso.

Este es el curso de noveno grado de la Institución Departamental de Educación Gabriel García Márquez, un colegio de enseñanza primaria y secundaria, donde desde las orillas canalizadas del arroyo que bordea las instalaciones hasta los pasillos que dan acceso a los salones están impregnados con la vitalidad de la obra del nobel de literatura recientemente fallecido.

La imagen de Gabo fatiga la infraestructura del colegio. Hay fotos suyas en las paredes de los pasillos, las oficinas administrativas y la sala de profesores. No sucede lo mismo en el interior de los salones de clases, donde han cedido el paso al vuelo de pequeñas mariposas amarillas pintadas encima de los tableros.

Son fotografías que lo muestran en diferentes etapas de su vida, desde su vieja apariencia de gitano con el pelo revuelto y la camisa desabrochada hasta la imagen de anciano venerable que adquirió por los tiempos en que visitó a Aracataca por última vez en abril de 2007. En esa ocasión, el alcalde le propuso montarlo en una ambulancia para dar un paseo por los antiguos lugares de su memoria. “¡En ambulancia… muerto!”, le contestó Gabo, realmente disgustado.

Frases como la anterior, atribuidas al nobel, pueden verse inscritas desde la entrada al municipio, en el muro que da la bienvenida a los visitantes en la carretera oriental hasta las paredes del canal de aguas que separa las instalaciones del colegio de la vieja ciudad electrificada que construyeron los gringos de la compañía bananera a comienzos del siglo pasado. “No uso corbata porque no necesito nada más que me cuelgue”, reza otra que nos recuerda su gran sentido del humor.

En el salón, el profesor Frank ha empezado a desarrollar a saltos un tema que para cualquier espectador desprevenido no correspondería a una asignatura de noveno grado de secundaria, sino a una cátedra de Literatura en una universidad. Pero el profesor Domínguez no se engaña, sabe que aquellos 36 muchachos que lo escuchan tienen un compromiso mayor al de cualquier otro estudiante del mismo curso en otra ciudad del país. Son los herederos del legado de un nobel, los depositarios de un prestigio universal y tienen que ser consecuentes con esa responsabilidad. No en vano, cuatro de ellos son los guías turísticos de la casa-museo que lleva el nombre del escritor y sus conocimientos sobre su obra podrían confundir a los más expertos gabólogos.

Por eso, su charla incluye teorías psicológicas, lingüísticas y filosóficas que abarcan autores como Carl Jung, Sigmund Freud, Michel Foucault y Ferdinand de Saussure. Conoce el afán de conocimiento que sienten sus alumnos por la obra del nobel cataquero. Ha sido víctima de esa avidez. En cierta ocasión, hará tres o cuatro años, uno de sus chicos lo sorprendió con un interrogante que creyó fácil de sortear: “Profesor, ¿usted sabe cuántos seudónimos utilizó Gabo (en Aracataca nadie le dice García Márquez) en su vida periodística y literaria?”. “Tres —le contestó él— Javier Garcés, Séptimus y Gastón Galdós”. “Se equivoca, profesor —lo corrigió el muchacho—. En sus escritos de juventud usó un cuarto seudónimo: Capitán Araña”.

Quedó curado para siempre.

Pero no todo el tiempo ha sido así. Hubo una época, por los años en que Gabo ganó el Nobel, en que los extranjeros que llegaban a Aracataca sabían más sobre su obra que los propios nativos. Avergonzado al ver la situación, el profesor Domínguez, secundado por varios colegas, decidió desempolvar el ímpetu de su segundo apellido. Fue casa por casa e hizo salir a todos aquellos que querían aprender sobre la obra del más ilustre de sus coterráneos. Preparó a muchos en una campaña relámpago. Solo quedaron por fuera del proyecto los perezosos y mal pensados de siempre, quienes, estimulados por un canto vallenato que hablaba pestes de García Márquez y alababa al Kid Pambelé, veían en el escritor a un hijo ingrato.

“Cuando se dice que una obra es transversal es porque en ella se encuentran conocimientos que ayudan a identificarnos y a entendernos mejor —dice ahora para explicar el título que le ha dado a la clase—. La literatura es una polinización que se mueve por autopistas de viento”, recalca citando a Juan Goytisolo. 

Minutos después salta a los muchos estudios que se han hecho sobre Cien años de soledad. “Hay quienes comparan el primer y segundo capítulos de la novela, con el Génesis, el primer libro del Pentateuco. Ambos textos se centran en la creación de un mundo. En Génesis 28:10, por ejemplo, Jacob sale de Beerseba y va a Jarán. Llegando a cierto lugar, se dispone a hacer noche. Allí sueña con una escalera apoyada en tierra, cuya cima toca los cielos. Los ángeles de Dios suben y bajan por ella. Jacob ve al Señor que está sobre ella. Este le dice: ‘Yo soy el Señor, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia’. Jacob llama a aquel lugar Betel”.

“De igual modo, en el segundo capítulo de Cien años, en su travesía de la sierra, José Arcadio Buendía, al acampar junto al río, sueña una noche que en ese lugar se levanta una ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Al preguntar qué ciudad es aquella, una voz le contesta con un nombre que nunca ha oído, pero que tiene en el sueño ‘una resonancia sobrenatural’: Macondo. Allí decide fundar la aldea”.

El profesor Frank sigue hablando durante otro cuarto de hora. Describiendo otras coincidencias felices de la novela con el Pentateuco. Acude a Melquizedec, un ser sin padre ni madre, que no tiene principio ni fin, al que compara con el gitano Melquíades, su gemelo en Cien años de soledad, “un ser prodigioso, fugitivo de cuantas plagas y catástrofes han flagelado al género humano”.

Le hace campo a la psicología y menciona los arquetipos de Carl Jung, ilustrado en el recuerdo de José Arcadio hijo, observando la imagen de Melquíades “sentado contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando con su profunda voz de órgano los rincones más oscuros de la imaginación”. Imagen que había de transmitir como un recuerdo hereditario a toda su descendencia.

Cuando escuchamos el silbato resonante del tren, el profesor Frank luce cansado. Entonces parece recordar el sueño. “Se repite la historia”, dice, levantando la voz. Y empieza a desgranar el peso que atormenta su alma: “Todos creíamos que el tren amarillo de míster Brown era cosa del pasado, pero, mentira, nunca se ha ido, solo ha cambiado de apariencia. Ahora es un tren de carga, atiborrado de carbón mineral, que para verlo pasar hay que sacrificar tres minutos de nuestras vidas, de lo largo que es, y que no solo se lleva nuestra riqueza al exterior, sino también nuestra tranquilidad y nuestras ganas de progresar, porque el estrépito que produce al pasar destruye nuestras casas y de paso nos pudre los pulmones, y las autoridades gubernamentales no dicen nada, porque, igual que antaño, cuando aseguraban que en este país no valía la pena invertir en los pobres, prefieren los 3000 millones que les representa diariamente en regalías el negocio con una multinacional que la salud y el destino de nuestras gentes. Luego se extrañan de que surja un nuevo coronel Aureliano Buendía”.

Al término de la clase, el profesor Frank Domínguez Valiente, seguido por este cronista y los cuatro chicos guías de la casa museo, atravesamos la carretera oriental y por una calle con grandes zonas de sombras, proyectadas por los almendros que crecen en las aceras, nos guía hasta la estación del ferrocarril para que vivamos la experiencia de sufrir lo que él llama “nuestros tres minutos de tren”.

Llegamos justo cuando pasa la enorme locomotora. “Pronto, si no nos pellizcamos —nos dice, luchando para que su voz se eleve sobre el escándalo de los vagones— la carga que llevan, con el residuo de hollín que nos enferma, se duplicará. La idea de las empresas carboneras es construir una nueva línea férrea, paralela a la ya existente, con el fin de multiplicar sus ganancias, sin reparar que también multiplican el daño que les hacen a nuestras gentes”.

Luego del paso del último vagón, el profesor Frank luce cansado. Pregunta por el tiempo transcurrido. “Tres minutos”, le responde uno de los chicos mirando su reloj de pulso. Sonríe tenuemente, con la mirada fija en la parte posterior de aquella cocina ambulante. Tiene ahora el aspecto de un animal antiguo. Parece que, de pronto, de la nada, le hubieran caído todos los años encima. Como si la ruta de los trenes que pasan incluyeran su propio cuerpo.

Esto es algo sobre lo que me siento en el deber de advertir a los lectores de esta revista. Si alguna vez han pensado que el tren amarillo, atiborrado ayer de banano, hoy de carbón mineral, significa el progreso para las gentes de los pueblos que recorre en su ruta hacia los puertos que lo conectan con los grandes mercados internacionales, entonces nunca se les dé por asistir a una clase sobre Gabo en Aracataca.

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