Me secuestraron el 7 de diciembre de 1999, un sábado rutinario, en el que compartía con mi esposo como cualquier otro fin de semana. Sin embargo, este era especial porque durante la época navideña acostumbro a llevarles aguinaldos a los niños de Santuario, el pueblo más cercano a nuestra finca, ubicada a unas pocas horas de Medellín.

Vea también: Simacota: El primer pueblo atacado por el ELN, en 1965, hoy vive en paz

En la mañana repartimos regalos, mercamos en el pueblo y cogimos carretera para la finca. Cuando llegamos a la portada, Manuel, el mayordomo, no la abrió ni nos ayudó a bajar los paquetes, cosa que siempre hacía, pues la casa principal queda en la parte alta del lote por lo que toca caminar unos cuantos metros desde el sitio de parqueo.


Manuel subió azarado y excusó su extraña actitud por una maluquera. Cuando terminé de organizar, recuerdo que miré hacia abajo y alcancé a notar un par de cabezas detrás de la casa del mayordomo. De un momento a otro, aparecieron cuatro tipos con escopetas. Uno llevaba el pecho cubierto con un chaleco repleto de esas balas que uno solo ve en las películas de guerra… y en Colombia. Empezaron a presentarse uno a uno pero hablando en plural. “Somos delincuencia común y ustedes vienen con nosotros”. Nos treparon a la fuerza al platón de nuestra camioneta y arrancaron. Recuerdo bien que prendieron una salsa que ensordecía, igual que el acelerador del carro.

Calculo que pasó una hora hasta que paramos en una carretera destapada; allí la sentencia fue definitiva: “Están secuestrados”. Los interrogatorios no se hicieron esperar: que cuánta plata teníamos, que negociáramos un precio y nos dejaban ir. Eran tiempos difíciles, en plena crisis de los diálogos de paz de Pastrana con la guerrilla. A los pocos minutos llegaron dos hombres y una mujer, con cara de guerrilleros pero vestidos con camuflados del Ejército. Se quedaron un rato decidiendo a cuál de los dos se llevaban.

Yo me ofrecí porque aunque tenía 55 años y mi marido 52, sabía que me encontraba mejor de salud, pues a él hacía poco le habían extirpado un cuarto de un pulmón. Además, yo soy menos nerviosa y no le temo a la muerte… o al menos no lo demuestro tanto como él. Sabía que si lo dejaba ir, se me moría. La decisión estaba tomada, me quedaría yo y se iría Miguel. Así tenía que ser. No nos dejaron despedir, de lo que pudo haber sido nuestro último adiós, solo quedaron los recuerdos las lágrimas del otro y una nube de polvo que dejó la camioneta al llevárselo. Al rato regresó vacía. Yo andaba de plataformas y jeans. Volví a montarme al carro y anduvimos hasta que la trocha se acabó. “De aquí pa’ lante toca a pie”. Seguí y estuve llorando junto a dos guardias que seguían mis pasos. Nos dieron las 11:00 de la noche, cayó un aguacero infernal, los pantalones me chorreaban y me salieron ampollas en los pies. Paramos a descansar en una choza helada. Yo, empantanada hasta la rodilla. Tenía un hambre insoportable y para calmarla me ofrecieron una amplia carta de platos: fríjoles, atún, leche en polvo y huevo. Me decidí por esto último, que no fue más que un mazacote hervido sobre granos de fríjoles viejos.

También le puede interesar: La guerra continúa, así es un enfrentamiento en una base de contraguerrilla

A la hora de dormir, me acosté en una tabla de madera podrida y utilicé de almohada las botas pantaneras que me habían prestado. Me esperaba una larga noche en vela escuchando el sermón de un cuarteto de guerrilleros que ya me conocían. El inodoro era una especie de letrina y en los ochos días que estuve secuestrada nunca me bañé. Nunca paré de llorar, lo único que me mantuvo con vida fue el amor que sentía por mi marido y mis hijos.

Al octavo día de semejante infierno me avisaron que me iban a liberar. Salimos a las 10:00 de la noche en medio de la penumbra y me dejaron tirada en la mitad de la carretera. Caminé tanto que me cogió el amanecer y llegué a la autopista Medellín-Bogotá. Parecía una loca de manicomio. Nadie me paraba. Al fin lo hizo un taxista y le dije que me llevara a Medellín. “Yo la llevo, pero por la carretera de Santa Elena, que es más sola; me da miedo meterme en problemas, porque usted no parece estar bien de la cabeza”, me respondió. Le conté mi historia y con los 20.000 pesos que encontré en mi viejo pantalón le pagué su carrera y la mía por mi vida. Aún no sé por cuánto negociaron mi liberación, solo sé que esa gente tiene el alma atravesada. Por ellos tengo mis peores pesadillas, aun diez años después. Pero, como dicen, el amor todo lo vale.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.