En general y en particular nunca me he sentido bien siendo colombiano. Hasta hace poco no había pensado en eso y debo confesar que esta sensación se remonta a mis más lejanos recuerdos. Comparto pocas cosas con lo que podría denominarse colombianidad. No me gusta la forma como los colombianos nos concebimos a nosotros mismos y concebimos a quienes no son colombianos. Me parece que somos burdos y limitados de mente y espíritu. Y cuando somos gentiles, lo somos de una forma exagerada y poco elegante. Detesto los colores de la bandera colombiana, y el himno nacional me avergüenza y aburre. La idea que los colombianos tenemos de identidad es tonta, retorcida y casi siempre niega y oculta nuestro verdadero origen. No me gusta lo que comemos, me resulta precaria e insana la forma en que se mezclan los ingredientes básicos de nuestra alimentación. Todo lo convertimos tarde o temprano en una cagarruta. Pasamos del denso y descriteriado sancocho a la grosera e indigerible bandeja paisa. Llamamos pomposamente ajiaco a otro adefesio que consiste en hervir papas de diferentes colores y tamaños para agregarle después unas tiras de pollo previamente hervido (para aniquilarle lo que tenga de pollo) y al final adornarlo con unas cuantas alcaparras y una baba blanca parecida al vómito de un bebé. Me irrita la idea que los colombianos tenemos de la mujer y el modo en que las colombianas aceptan ser eso que sus hombres han decidido que sean. La idea que tenemos de fiesta o nuestro espasmódico modo de ser alegres. Me resulta vacío el diálogo tipo entre colombianos que suele remitirse a la cantidad de alcohol que han ingerido y el número de tipas que han embaucado con las más ingenuas y patéticas mentiras. Me entristecen las cosas por las que los colombianos nos sentimos orgullosos y la chata idea que tenemos de nuestra propia realidad y la resignación que acompaña nuestros actos más rebeldes. Me asquea el escaso valor que los colombianos le damos a la vida, la facilidad con que asimilamos, aceptamos y justificamos cualquier crimen. Nuestra pobre memoria y el hecho que creamos tener y pertenecer a una gran cultura. La televisión que vemos y producimos los colombianos es de una imbecilidad solo comparable a la arrogancia con que la defendemos y aseguramos que es la mejor de todas. En cualquier cosa los colombianos encontramos una razón para sentirnos mejores, convertimos a cualquier mamarracho que se destaque medianamente en símbolo nacional y así mismo, cuando el mamarracho pasa de moda, lo condenamos al desprecio y al olvido y lo reemplazamos por otro. Solo en Colombia se ha asesinado a un jugador de fútbol por cometer un error propio de su oficio y a un hincha por criticar a un jugador. Los registros mundiales indiscutibles de Colombia son tener el mayor número de secuestrados, el mayor asesino de niños de la historia, la mayor cantidad de accidentes fatales por conducir borrachos, la mayor cantidad de muertos por las razones más tontas, el presentador de televisión más cretino y el comentarista de fútbol más estúpido. Un colombiano puede matar a otro porque ese otro miró a su mujer o no respondió a su saludo. Para un colombiano matar o aceptar que alguien mata es tan normal como amarrarse los cordones de los zapatos. También asumimos como algo natural que unos pocos vivan en la opulencia y el resto se debata en la angustia, la desolación y la miseria. Nuestra filosofía básica es que "el vivo vive del bobo" o que "a papaya puesta papaya...". Los colombianos no tenemos pudor alguno en valorar e idealizar a quienes son capaces de hacer fortuna basados en el engaño y la corrupción. Para nosotros el más avispado siempre tiene la razón y por avispado entendemos a quien es capaz de aprovecharse de la nobleza, la ingenuidad o la confianza de otro. Me gusta estar lejos de Colombia y poder ver a mi país desde otra óptica y, por supuesto, verme a mí mismo y mi desgraciada índole colombiana. No me gusta el cine colombiano y no me refiero a los bodrios evidentes sino al considerado buen cine nacional. La gente de la Universal me parece un cafre repleto de obviedades y La estrategia del caracol una mierda floja y folclorística. Lo que los colombianos entendemos como nuestra música no pasa de ser una bulla condimentada con eslóganes machistas que incitan a la violencia y celebran la ignorancia. Para un colombiano cualquier crítica es un insulto, todo nuestro ingenio se reduce a justificar nuestros actos sin importar lo deleznables que estos hayan sido. La posibilidad de equivocarse no está en los códigos genéticos de un colombiano. En mis viajes por distintos países del mundo no he encontrado a ninguna persona con la agresividad media de un colombiano y mucho menos la susceptibilidad a cualquier comentario que ponga en duda nuestra certeza de haber nacido en el país más lindo que existe. Me deprime que el estándar de la belleza femenina en Colombia sea hoy una feroz competencia regida por kilos de silicona en las tetas y el culo. Y cuando se van a vivir al exterior, a muchos colombianos la colombianidad se les acrecenta al punto de disfrazarse de eso que ya son. He visto en el metro de Milán a tipos con el escudo nacional estampados en sus camisetas, sombrero vueltiao y abarcas en pleno invierno. Otros son capaces de entrar a un coctel con esmoquin y carriel. No es difícil anticipar que este texto será interpretado por buena parte de sus lectores colombianos como un manifiesto antipatriótico que distorsiona la imagen de Colombia y no faltará quien me amenace e insulte demostrando una vez más que en esas lides nadie supera a un colombiano. ?

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