El final del mundo, este al menos, limita con el mar azul del Golfo de Maracaibo, anaranjado cuando el sol se pone, plateado en las noches de luna llena. Atrás está el desierto de La Guajira, extenso como un país, duro, seco, amarillo, muerto casi todo. Nada prospera en esta inmensidad, solo los cactus flacos que, más lejos de la costa, crecen juntos y forman bosques en los que pastan chivos y ovejas sin lana. También hay trupillos, un árbol espinoso de hojas altas y diminutas. Lo demás es polvo y viento, viento, viento. (Estar en una Cárcel en Venezuela)

En pocos lugares del mundo soplan ráfagas tan poderosas y constantes. Parece como si algo en la máquina celeste se hubiera descompuesto y su avería se manifestara aquí, sobre esta tierra baldía que comparten, de un lado Colombia, del otro Venezuela. Pero algo desconcierta en el paisaje, en este escenario de película donde podría filmarse la última batalla entre los ejércitos del cielo y del infierno: atrás de dos cerros de tierra compactada hay una cancha de fútbol, o eso parece.

Está sobre el camino entre dos casas separadas 1153 pasos, las únicas a kilómetros a la redonda, una de techo verde, la otra de techo rojo. Son las guarniciones de la Policía Nacional de Colombia y de la Guardia Nacional Venezolana. Ahí en medio está esa cancha perdida en la inmensidad. Las porterías están hechas con trozos de manguera y las redes son chinchorros de pesca. Alguien demarcó los bordes del área, las líneas laterales y el centro del campo con el extremo de un palo de escoba.

Aunque del todo artesanal, aquello no parece un trabajo improvisado: el centro de la cancha, ese punto donde se pone el balón después de un gol, es justo, según las coordenadas invisibles, el mismo que designa el final de un país y el comienzo del otro, de tal suerte que un arco está del lado colombiano y el otro del lado venezolano. En el suelo se ven pisadas de burros y de chivos que seguro pasaron en la madrugada. En las hendiduras de sus cascos, por efecto prodigioso del aire y la humedad del océano, se forman escarchas de sal que parecen nieve. ¿Quién diablos juega fútbol aquí?

Doce hombres se ven caminar de un lado, nueve del otro. A pesar de que ya son las cuatro de la tarde y lo peor del calor ya pasó, las figuras reverberan a la distancia como un espejismo. Todo esto lo parece: cuando se encuentran los dos grupos se dan la mano, se palmotean la espalda, se contestan insultos, se abrazan. Es la segunda vez que se ven esta semana. Están aquí para desquitarse del partido de hace tres días. No todos jugarán al mismo tiempo, al menos dos deberán quedarse por fuera, detrás de los arcos, para evitar que el balón se escape en los disparos más desviados, o cuando alguno rompa otra vez los chinchorros que hacen de redes. Si eso ocurre, el recogebolas deberá correr para traer el balón de regreso. Se supone, eso al menos creerán sus superiores en Bogotá y Caracas, que estos policías a los que se les encomendó vigilar los movimientos de los otros solo acostumbran verse desde lejos, por las miras telescópicas de sus fusiles. No es así. (La terrible crisis de Venezuela en cinco postales)

Los analistas mejor pagados de la televisión aseguran que estos días son "prebélicos", así los llaman, y dicen que quizás nunca hubo tanto recelo entre los gobiernos de ambas naciones. Para justificar su pesimismo recuerdan la autorización de uno de los presidentes para instalar bases militares norteamericanas en su territorio y las arengas del otro, iracundo, ordenando movilizar tropas a la línea fronteriza, sus tanques nuevos, sus aviones de película. Algunos dicen que es cuestión de tiempo e insisten otra vez en que hay que prepararse para lo peor. Los vendedores de armas se frotan las manos. Habrá que aceptarlo: en un campeonato mundial de la idiotez, nuestros políticos disputarían el título. De ser cierto el vaticinio de una guerra entre dos desdichados países hermanados por la historia y la geografía, es probable que el inicio de las escaramuzas bélicas se produzca justo aquí, en este extremo del desierto, pero no a esta hora, con el sol todavía en lo alto.

Los estrategas militares vaticinan que las primeras salvas sonarán en la madrugada, con el cielo aún a oscuras, o cayendo la tarde, la luz apagándose y el viento de un lado a otro, lo imagina uno gimiendo como niño asustado, mezclándolo todo: los gritos, el llanto, la arena sucia con la sangre de los primeros muertos. Nuestros políticos, los de allá y los de aquí, igual de mezquinos y de feroces, tan sucios ambos que puestos frente a frente parecen los unos reflejo de los otros, son capaces de provocar quimeras así de espantosas. Lo peor, hay que reconocerlo, lo que en todo caso no puede tomarse a la ligera, es que una eventual guerra sí beneficiaría el caos del que siempre se nutren ciertos sectores sociales, los mismos que, por ejemplo, amasan fortunas gracias a la inversión de millonarios recursos públicos en gastos militares. Ahora se supone, por resolución oficial, que colombianos y venezolanos nos odiamos, nos desconfiamos mutuamente. De nuevo no es así, no aquí, en el extremo norte del desierto de La Guajira, en la orilla oriental del Golfo de Maracaibo, hoy, un domingo cualquiera, pasadas las cuatro de la tarde.

Protegidos por los dos cerros que frenan las ráfagas de viento venidas del mar, las dos misiones fronterizas van a comenzar su propia confrontación, un partido de fútbol sin moneda al aire ni himnos ni árbitros ni fisgones, solo los pájaros oceánicos, pelícanos, flamencos, albatros cuyas sombras caen sobre el desierto como papel picado. Si la guerra se inicia mientras juegan y deben volver corriendo a sus barracas, estos hombres vestidos de pantaloneta y zapatillas de fútbol resolverán el partido con tiros penalti, uno por cada jugador para que ninguno se quede sin disparar. Ya han bromeado sobre eso y han decidido que está prohibido empatar. Los colombianos llevan camisas verdes, los venezolanos rojas. A veces, un policía cambia de bando para suplir la ausencia de algún contrario que, a último momento, debe quedarse contestando la radio de comunicaciones, cuidando el armamento, recuperándose de una torcedura de tobillo sufrida en el último partido. Mientras tanto, lejos de este calor que calcina, los dueños del país, políticos, militares de alto rango, banqueros, empresarios, traficantes, prevén sus jugadas y calculan las ganancias. (En la frontera de Corea del Norte y Corea del Sur)

Nadie desea una guerra hasta que descubre lo que puede obtener con ella, y en todo caso decidirlo es fácil si la sangre inmolada no es la de los hijos, los nietos, los hermanos. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si los vástagos de las familias más cultas, lindas e importantes del país estuvieran obligados a jugar de titular en el conflicto armado colombiano

, seguro ya se habría negociado una salida política, pero como los que juegan son otros, casi siempre campesinos iletrados y muchachos de los barrios más pobres, hay quienes siguen haciendo fuerza para que el partido tenga alargue, para que el balón siga corriendo, para que el tiempo siga pasando, para que algún Santos bravucón sea presidente.

La nómina de Colombia en la frontera es con Moreno, Villa, Ríos, Ueta, López, Betancur, Herrera, Rodríguez, Durán y Serrano, la mayoría enviados a este confín como reprimenda por indisciplina o abusos de autoridad. Es el caso de Moreno, que antes de ser policía era boxeador y se liaba a puñetazos con cualquiera que le buscara pleito. A los 19 años, antes de una pelea con ‘el Mico‘ Padilla por el título municipal de Santa Marta, su mamá lo convenció de que era mejor idea entrar a la Escuela de Policía, donde seguro, además de seguir dando puños, ganaría un sueldo fijo, sin las intermitencias de una paga como boxeador aficionado. Moreno recuerda haber derribado ladrones en la calle con rectos de derecha y una vez a un violador con un gancho de izquierda que lo noqueó enseguida. Hace unos meses, por alguna cosa que pasó, quiso enfrentarse a un capitán y se le paró listo para lanzarle un corto en la mandíbula. Por eso está aquí. Ahora, obligado por las circunstancias, Moreno juega de portero y todos evitan discutir con él.

Del lado venezolano, los jugadores callan sus identidades y sus historias. Temen, eso dicen, que su presidente, señor iracundo de los ejércitos bolivarianos, pueda cobrarles caro eso de fraternizar con el rival. A diferencia de los colombianos, ellos vienen a la frontera premiados por sus logros militares y el servicio limítrofe suele anteceder algún ascenso o permiso especial. Ninguno quiere echarlo a perder. Frente a la proximidad de las cámaras, ellos detienen el juego y dan la espalda. El comandante de su guarnición es un teniente de apenas 25 años, flaco, de medias blancas y un camisa de la selección de su país con el número 10 en la espalda. Mañana, como cada mes, un helicóptero vendrá a recogerlos y dejará a un nuevo piquete de policías fronterizos. Antes de marcharse, como ocurre cada 30 días, los que se van les contarán a los que llegan la secreta costumbre de los partidos de fútbol y les revelarán el último marcador para que, en caso de pérdida, reparen el orgullo patrio, o en caso de triunfo, repitan la proeza. Nadie se lo toma en serio.


Los policías colombianos, que pasan hasta cinco meses en el desierto, conocen la rutina y saben que los recién llegados, al principio, son temerosos de aceptar un duelo, pero basta un par de días y la monotonía del viento para que respondan las llamadas por radio. Aunque mejor dotada, la guarnición venezolana no cuenta con balones. En la colombiana sobran. No es el único comercio que suelen hacer. Dependiendo de las escaseces de unos y de otros, intercambian aceite, arroz, lentejas, galletas de chocolate, carne de chivo, agua. En las fechas especiales, Día de la Madre, Navidad, fin de año, los unos visitan a los otros, beben café negro y comen melocotones en almíbar, después juegan fútbol y los vencedores posan para la foto.

El balón va y viene, rebota alto, un zapatazo lo manda cerca del palo derecho sin que el portero venezolano pueda siquiera tocarlo. El balón corre sobre el desierto y levanta una nube de polvo. Parece una liebre que huye por su vida. Todos increpan a Serrano por no evitar su carrera. Ahora deberán esperar a que el hombre regrese con él. Pasarán un par de minutos. A veces ocurre que el recogebolas va tan lejos que cuando es su turno de jugar ya no es capaz de hacerlo. Serrano tiene 32 años. De niño se sentaba a leer un Pequeño Larousse mientras sus vecinos de cuadra aprendían a hacer chilenas, pases de pecho, goles con la cabeza. Nunca le han disparado, dice, aunque sí recuerda haberle metido un par de tiros a un grupo de asaltantes. En promedio, incluidas las interrupciones por las veces que el balón se escapa, los partidos no suelen prolongarse más de una hora. Eso es suficiente para que todos se sientan moribundos, entonces se van a la porción de costa que les corresponde según los tratados limítrofes y se meten al agua para recobrar el pulso. Todos tienen fotos en sus cámaras digitales de ese mar casi siempre verde, transparente, las caras y el pelo sucio de polvo después de los partidos. Si no fuera por el fútbol, dicen ellos, este confín del mundo también sería el infierno, o casi. (En la frontera de Gaza e Israel)

El teniente Joaquín López, de 29 años, es el comandante de la guarnición colombiana. Juega de defensa porque reconoce que su talento no le da para ir más lejos. Allí, cerca del arco que defiende Moreno, espera los ataques venezolanos y mete la pierna, en ocasiones con acierto, y desbarata ataques de una peligrosidad inminente. El lío viene cuando le queda el balón y ya no sabe qué hacer con él, entonces patea duro, arriba, como disparando al aire. De niño su papá lo llevaba al Nemesio Camacho, el estadio de Bogotá, cuando el fútbol era una ilusión sin malicia. Pero un día todo cambió, cuenta el teniente mientras se anuda los cordones de sus zapatos de juego: un domingo mataron a un amigo de la infancia por culpa de una apuesta y ya nunca quiso salir a jugar, le dio miedo. Años después, López se ilusionó con esa sorpresiva Selección Colombia a la que ‘el Rey‘ Pelé vaticinó ganadora de la Copa Mundial. Fue como una nueva oportunidad para él, el segundo tiempo de una ilusión. Pero qué va. Nos eliminaron en primera ronda y mataron a balazos Andrés Escobar, el defensa que anotó ese autogol en el partido contra Estados Unidos y les hizo perder millones de dólares a los narcotraficantes que apostaron por el triunfo nacional. El teniente, entonces de 13 años, volvió a sufrir de miedo y de asco. Cualquiera lo consideraría curado, tanto tiempo después, viéndolo ahora reír y correr tras el balón. (Cómo hace un contrabandista para cruzar la frontera en Cúcuta)

Pero esa puede ser la historia resumida, en una jugada, de nuestro mediocre fútbol profesional: un sartal de suciedades, de crímenes, de derrotas, también de títulos salpicados de droga y escándalos, de selecciones Colombia que casi nunca ganan nada, con técnicos que solo saben hablar pero no dirigir: Rueda, Maturana, ‘Bolillo‘, García, Pinto, Lara, cualquiera igual al otro. Dorian Pérez, el policía cocinero de la base limítrofe, lo sentencia a su manera: dice que el fútbol nuestro es una cebolla podrida, despreciable si se quiere preparar un buen guiso. Él casi siempre se queda en la casa, enfundado en un delantal de cocina cuidando los fusiles de sus compañeros y preparando la cena para cuando regresen. Tendrá razón. Hasta los venezolanos, a los únicos que parecía seguro que siempre les ganábamos, ahora nos propinan derrotas vergonzosas y los policías también suelen ganarnos y burlarse de nuestra merecida condición de perdedores. Pero en el desierto las derrotas no se sufren, por suerte, porque no trascienden, porque no importan, porque son pretexto, porque son metáfora, eso y ya.

El patrullero Andrés Herrera, de 23 años, juega de delantero y es el que más veces mete el balón en el arco venezolano. Su gol más celebrado, el más hermoso de todos, no lo hizo en el desierto. Lo marcó de niño en su barrio, El Paraíso, de Cartagena: recibió el balón en el pecho, se giró sin dejarlo caer y lo pateó con la pierna cambiada, el cuerpo suspendido en el aire. El balón se fue al ángulo derecho del arco y él saltó y saltó y saltó feliz. Después se hizo policía y lo obligaron a jurar que dará la vida por la patria, aunque ojalá no sea verdad.

En la guarnición venezolana hay un busto de Bolívar que le da la espalda a Colombia. En la guarnición colombiana hay una foto de Uribe que no se sabe a dónde mira. Sopla tan fuerte y tan constante en este lado de la península que las banderas se hacen jirones si las dejan un día sin arriarlas. Menos mal la nacionalidad no es un trapo al viento, tampoco un equipo de fútbol ni un escudo, ni ningún presidente, nada de eso. Si algún político desquiciado declara la guerra alguna vez entre Colombia y Venezuela, los policías de la frontera se han prometido apuntar al aire porque esos son los únicos disparos que quieren errar. Un muerto encima, lo saben ellos, es siempre un gol en contra.

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