Solamente cuando terminó de hacer una hora de spinning, a las 5 y 50 a.m. de aquel jueves, el presidente Álvaro Uribe se dio cuenta de que la guerra con Venezuela había terminado. Era la primera vez en 17 días que podía hacer su ejercicio matinal, que durante el tiempo que llevaba de gobierno solo había interrumpido por la tensión de esas dos semanas. La frase con que terminaba el editorial de El Tiempo -una cita de Eduardo Santos según la cual "con Venezuela todo nos une y nada nos separa"- lo acaba de convencer: la crisis estaba superada.

La escaramuza superaba, en dificultad, cualquier otra de las situaciones que había tenido que enfrentar en su presidencia. Le dolía la muerte de los nueve soldados colombianos (y tres venezolanos) que fallecieron en los confusos hechos en La Gabarra, en el límite entre Norte de Santander y el Zulia, pero en el fondo sabía que el escenario habría podido ser peor. En el momento más tirante, el domingo anterior, aviones venezolanos habían soltado bombas en te-rritorio colombiano -parecía que se dirigían hacia Cúcuta- las cuales, por fortuna, no estallaron. Igual que había ocu-rrido el 27 de noviembre de 1992, en un golpe contra Carlos Andrés Pérez, los explosivos fallaron por falta de mantenimiento. El Comandante de la Fuerza Aérea tuvo que renunciar, y así se despejó el camino para la firma de un acuerdo de paz -el histórico Pacto Bolivariano de Integración, Hermandad, Convergencia y No Agresión- que firmaría ese mismo medio día, junto con Hugo Chávez, en una doble ceremonia: un primer acto en San Pedro Alejandrino y una rúbrica ante la tumba del Libertador.

Aunque el futuro se veía despejado, a Uribe le seguía molestando la idea de que los hechos de La Gabarra no estaban esclarecidos. Dos semanas atrás, el martes, había dado órdenes al comandante de la V Brigada de continuar el operativo para capturar a Nicolás Rodríguez, ‘Gabino‘, jefe del ELN que se encontraba en la región. Lo hizo de una forma que podría interpretarse como una licencia para traspasar la línea fronteriza en caso de que el guerrillero quisiera utilizarla como burladero para escaparse. La ministra Ramírez le había mostrado evidencias de que varios elenos se habían salvado acudiendo a ese recurso y de que las Fuerzas Armadas Venezolanas se habían hecho las de las gafas y no habían intervenido a tiempo para capturarlos en el otro lado.

También le disgustaba aún la versión que en su momento había dado el vicepresidente José Vicente Rangel: "Lo que hubo fue una movilización de paramilitares en territorio venezolano, aupada desde la Casa de Nariño". La versión era falsa, por supuesto: ¿qué interés podría tener su gobierno en semejante despropósito? "Colombia siempre le ha querido exportar su violencia a Venezuela", le había dicho el mismo Rangel a CNN. "Y como fracasó el proceso de paz con Castaño y Mancuso, los están empujando hacia Venezuela. Aquí no son bienvenidos".

Los hechos se agravaron como una bola de nieve. Chávez, en vísperas de un referendo que decidiría su permanencia en el poder, viajó hasta el Zulia vestido de camuflado y movilizó un improvisado ‘teatro de operaciones‘ de cinco mil hombres en la frontera. Uribe no se arrepentía de la rapidez con que había reaccionado: desplazó 2.500 soldados de la V Brigada, con sede en Bucaramanga, que lograron llegar a pesar de la difícil geografía de La Gabarra, incluso antes que los venezolanos. Y se alegraba de haber detenido a tiempo el enorme dispositivo para militarizar La Guajira puesto en marcha por el General Jorge Enrique Mora Rangel, basado en reportes de inteligencia (posteriormente desmentidos) que indicaban que Chávez aprovecharía la crisis para dar un golpe de mano en el Golfo de Venezuela.

También guardaba una inconformidad íntima, que jamás haría pública, con los medios de comunicación. No lo sorprendía el exacerbado nacionalismo de algunos periódicos venezolanos. Por el contrario, si la prensa de ese país no estuviera en tan abierta oposición a Chávez habría sido mucho más incendiaria. Pero en Colombia, sentía, la opinión pública había estado desinformada. Le dolían sobre todo las críticas de El Tiempo y Semana contra la ministra Ramírez por sus persistentes declaraciones de los últimos meses quejándose de que Venezuela, según sus palabras, "colabora muy poco en la lucha contra el terrorismo".

La diplomacia había sido la carta más eficaz para detener las hostilidades. Chávez se opuso a la intervención de la OEA con el argumento de que su Secretario General, César Gaviria, estaba impedido por ser ex presidente colombiano. Uribe propuso un grupo de ‘países amigos‘, encabezado por Estados Unidos, pero este último -inexplicable actitud- rechazó la invitación y declaró la neutralidad. Chávez alcanzó a sugerir a Fidel Castro, pero por fortuna Uribe no tuvo tiempo para pronunciarse pues la ex canciller Noemí Sanín hizo una convocatoria, junto con el ex presidente Ramón J. Velásquez, para que los cancilleres de España, Brasil y Argentina viajaran de inmediato a La Gabarra. En cuestión de minutos, Noemí logró la colaboración de Julio Mario Santo Domingo y Gustavo Cisneros para que prestaran aviones y demás apoyos de tipo logístico. La solución fue rápida, sobre todo después del fracasado bombardeo.

El presidente Uribe respira. El dolor muscular le recuerda que dejó de entrenar durante 17 días largos y angustiosos. Pero aunque se le ha hecho tarde leyendo el extenso editorial de El Tiempo que le había alcanzado su jefe de prensa, Ricardo Galán, se sentía aliviado por la superación de la crisis. "Es tarde y está atrasado, Señor Presidente", le dijo su edecán mientras le pasaba una toalla para limpiarse el sudor. "El avión que lo lleva a Santa Marta ya está esperando, y parece que el presidente Chávez se adelantó y ya llegó: está desayunando con Gustavo Petro".

"Sin duda", pensó y suspiró al mismo tiempo el presidente Álvaro Uribe, el conflicto estaba superado.

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