A través de los “trolls” de Twitter me doy cuenta de que por no estar de acuerdo con las cosas que a veces me da por decir en esa ruidosa red social, concluyen que lo que me pasa es que seguramente he fumado mucha marihuana o he metido mucha droga.

No me interesa desmentirlos para salvar mi honra, pues como alguna vez dije en un trino, mi reputación me importa tan poco que pueden hacer con ella lo que quieran. Pero sí me dan pie para contar algo relacionado con el tema.

Primero, debo decir que de todo lo trolesco que se habla de mí, el tema de que soy drogadicta siempre está por ahí volteando y me pregunto de dónde pudo haber salido ese rumor. Posiblemente de tanta voleadera de greña por allá en los trepidantes ochenta, durante los cuales creo que rayé todas las pistas de baile de cuanta discoteca nueva abrían. Francamente no tuve ningún recato para brincar y zangolotearme como si el mundo se fuera a acabar, lo mismo que para codearme con los rumberos que por aquella época contagiaban la fiesta con su alegría narcótica y se bebían la vida en una sola noche.

También pudo haber salido de una entrevista que alguna vez me hicieron para un programa de televisión (¡no me acuerdo del periodista!) y que se emitió en horario estelar. Antes de llegar, la asistente que tenía en aquel momento, que era más despistada que yo, me pasó en su mano las vitaminas que siempre me tomaba en las mañanas. Me las tragué sin verlas y al rato ella misma muy alterada me dijo que se “le había ido” entre el grupo de pastillas un fuerte tranquilizante que se estaba tomando por orden médica. No sé si el medicamento ya me había comenzado a hacer efecto, pero no tuve estatus en mi sistema nervioso ni siquiera para ponerme brava. Entré en un mutismo autístico y en ese tono me dispuse a dar la entrevista. No me acuerdo de qué me preguntaron y mucho menos de lo que contesté. De lo que sí tengo memoria es de una niebla viscosa en la que me flotaba la lengua y de lo lentos que caminaban mis pensamientos por ese corredor lechoso que era mi mente en aquel momento. En la semana siguiente la prensa farandulera tuvo fuente directa para relamerse con la evidencia de que me había drogado.

Otra vez, rodando un comercial de café en el que pretendían introducirlo como bebida fría, tuve que beber varios vasos por las repeticiones de las tomas. Al final de la tarde el embale de cafeína era tan severo, que tuve que interrumpir el rodaje para que me llevaran en ambulancia a urgencias mientras pedía a gritos que me inyectaran morfina o lo que fuera para dormirme. De tan suculento evento comió algún periodista para anunciar por la radio que había sido ingresada por sobredosis.

Después de recordar todo esto no puedo sino aceptar que los rumores están perfectamente bien fundados; además debo admitir que traté de ser marihuanera. De verdad traté. Le metí empeño, al igual que lo hago con todos los objetivos que me propongo. Hice cuatro intentos, los cuales recuerdo muy bien por su desagradable desenlace y después de los cuales asumí mi estrepitoso fracaso como fumadora de la controvertida yerba.

Me daba una envidia tremenda ver a la gente fumarse su “joint” y entrar en ese modo playero-chancletero condimentado con esas carcajadas bobas, tranquilotas y deliciosas. En todas las pruebas que hice, lo primero que empezaba a sentir era que un ojo se me agrandaba más que el otro hasta el punto de que toda la cara era solo el ojo, pero lo peor era que ese ojo gigante veía cosas que no quería ver. Fuera de eso no registraba bien lo que me hablaban. Me demoraba mucho en entender frases muy sencillas y no podía reaccionar sino muchos minutos después. Para colmo de males, cero saliva y al final unas ganas horribles de comer chucherías, comida bruta de chuspa y anilina. Mi organismo rechaza todo de la marihuana y de todas las drogas a no ser que sean las endorfinas que genera el ejercicio físico.

Eso sí, estoy de acuerdo con su legalización, sobre todo con su regulación; pero refiriéndome concretamente a la marihuana, me parece fantástico que la infeliz sirva para curar males, no me parece para nada que induzca a la violencia, mejor dicho, bienvenida sea al sistema de salud y al mundo del entretenimiento pero, señores, conmigo no se la va. La detesto. No me aguanto ese olor a mugre pavoso que deja en la ropa y en la boca; odio su efecto embrutecedor, me asquea su apariencia de musgo y tampoco me gusta hablar con personas que están trabadas. Lo único que aprecio es cómo se llama. Marihuana puede ser un hermoso nombre para bautizar a una mujer.

@Margaritarosadf

 

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