Acá todos saben que la isla se llama Zaragoza porque hace muchos años, cuando nadie la habitaba porque no había agua dulce, un rey indonesio exilió en una de sus cuevas por vaya a saber qué desatino a una hija suya princesa que se llamaba Zara, y después llegó un mercader malayo que se llamaba Goza que vino para acá porque estaba harto de la gente y descubrió una fuente de agua dulce en el medio del mar y la usó para beber todos los días y encontró a la princesa y se casó con ella y por eso el lugar se llama Zaragoza: por la unión de la princesa Zara y Goza el mercader —me explica, ahora, Rogelio, un pescador gastado, la panza de cerveza.

—¿Y entonces todos ustedes son sus hijos?

—Claro, somos.

Dice, rotundo, y yo le pregunto cómo sabe la historia: porque sus mayores la sabían de sus mayores que la sabían de sus mayores.

—¿Y está seguro de que es cierta?

—Sí, claro. ¿Cómo no voy a estar seguro?

Bebemos, y por un momento pienso en decirle que la isla debe llamarse Zaragoza porque Zaragoza es una ciudad importante de España y seguramente el primer español que llegó vendría de allí y le puso su nombre —y me parece una agachada: arrojarle mi supuesto saber, decirle tonterías. Lo que él sabe es mejor: los habitantes de esta isla son descendientes de indonesios y malayos y su cuento del mercader y la princesa es más real, más eficiente para contar su historia que la del marinero maño melancólico. Me maravilla el mecanismo: cómo sobre una palabra tan ajena puede crecer un mito tan propio, tan apropiado.

—Por eso siempre los recordamos: ellos son nuestros padres.

Rogelio sabe, y los chicos juegan a que saben. Los chicos de la isla Zaragoza juegan en el agua: viven en el agua. Los chicos nadan, bucean, se pelean en el agua, se tiran desde el risco al agua, con gritos, salpicones, sonrisas, y muy pocas preguntas. Los chicos de la isla Zaragoza nunca se hicieron preguntas: su vida siempre estuvo clara, porque la isla Zaragoza es pura agua.

La isla Zaragoza, en el fondo de las Filipinas, es una colina de 150 hectáreas de piedras y casas de madera y pasto ralo que sus 300 familias han domesticado para crecer sus huertos, sus chanchos, sus gallinas, sus palmeras, bananos, flamboyanes y las mejores buganvilias de estos mares. Pero la vida de los isleños es el mar: su actividad principal siempre fue la pesca, que los hombres traían cada mañana o cada tarde y las mujeres iban a vender en el mercado de Badián, el pueblo al otro lado del canal. Así que los chicos de la isla Zaragoza siempre supieron que ser adultos era ser pescadores, y las mujeres, vender pescados. Hasta hace unos años, cuando los peces empezaron a escasear y las mujeres a pescar y los chicos a jugar menos horas, a trabajar más chicos.

—Ahora todos tenemos que salir a pescar, ya no se salva nadie. Cada vez hay menos peces.

Dice Marjorie, una chica de 15, los ojos tristes, y yo me hago cargo y pongo mi voz grave y compasiva y le pregunto si está preocupada. Ella me mira como quien duda si va a ser sincera:

—Bueno, preocupada… Sí, sería un problema. Pero quizá no.

Marjorie me dice. Pero no me dice —es tan rara la forma en que me habla— que la falta de peces puede ser su única chance. Si hubiera tantos como hace 20 años, si la vida siguiera como hace 20 años, Marjorie se casaría con un marido que los pescaría y terminaría en su casa cuidando a sus hijos —12, 13, 16— y, si acaso, cruzaría de tanto en tanto ese canal para vender en el mercado. Si hubiera bastantes pero no tantos —como hace diez años— ayudaría a su marido con la pesca todos los días de su vida, hasta que el exceso de niños se lo impidiera de algún modo y consiguiera, por ejemplo, que su hijo o hija mayor, 7, 8 años, salieran por ella. En cambio así, cada vez menos pesca, tiene la excusa perfecta —externa, irresponsable— para lo que habría querido hacer de todos modos: escaparse a la ciudad, ser otra. Sería curioso que la degradación del medioambiente tan temida fuera su salvación.

—No sé, no consigo saber.

Me dice, y que no se decide: que es su única chance de vivir otra vida pero que tiene, también, la sensación de que irse es traicionar —a los suyos, su historia, lo que esperan. Me dice que le gustaría ser como los chicos todavía. Los chicos saltan, chapotean, se trepan por el risco:

—Pensar que así era yo hace dos años, tres. Qué raro pensar que yo era así.

Dice, y les lanza un grito que no entiendo.

@MARTIN_CAPARROS

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