Mi accidente fue un 7 de febrero. Lo recuerdo porque vivo en Barranquilla, y esa noche era de Guacherna en pleno Carnaval. Yo tenía siete años y salí de mi casa a jugar con otros niños. En esas estaba cuando una niña me empujó y caí de cabeza sobre un ladrillo.

De lo que pasó después, no me acuerdo. Pero mis papás me contaron que luego del golpe me desmayé y estuve inconsciente un rato. Me llevaron a mi casa y ahí desperté. Mis papás pensaron que lo peor había pasado, pero aun así decidieron llevarme al médico. Antes de llegar, yo ya había perdido otra vez el conocimiento.

En la clínica, ya prácticamente muerta, los médicos descubrieron que tenía una fractura craneoencefálica, que un hueso se había roto y había perforado una arteria y que mi cerebro se estaba llenando de sangre. Unos minutos más tarde estaba con la cabeza rapada y lista para ser operada. La urgencia era tal que en un momento consideraron operarme sin anestesia. Entré a la sala de cirugías y todo salió bien, solo faltaba que despertara. Pero no desperté en el tiempo en el que debía hacerlo. Porque había caído en estado de coma.

Y ahí fue cuando vi toda una serie de imágenes a las que aún no le encuentro significado: todo estaba oscuro y yo sentía que estaba ahí, viva y consciente. Pero estaba quieta y no podía moverme ni gritar. Y entonces esa nada en la que estaba se fue convirtiendo poco a poco en una carretera gigante. Estaba parada sobre un andén en el que había pasto, creo. Yo no entendía nada, llegué a pensar que estaba muerta.

Entonces, en esa oscuridad, aparecieron unas luces acompañadas de ruidos como los que hacen los camiones, o las tractomulas cuando van a gran velocidad y pitando; las luces y el ruido venían hacia mí, como si fueran a embestirme. Me quedé estática, lo único a lo que atinaba en la visión era a cogerme la cabeza, taparme los oídos y tratar de dejar de ver lo que estaba viendo. Era una situación muy estresante y cada vez se volvía más intensa… Aparecieron más luces y más ruidos, más carros que venían a atropellarme.

Y de pronto me desperté. Estaba llena de tubos por todos lados, no sabía dónde estaba ni por qué y había perdido cualquier noción del tiempo. Despertar fue un milagro absoluto… Y es que si despertar de un coma es algo extraño, que una niña de siete años con un trauma en la cabeza despierte después de un mes es, médicamente, algo extraordinario.

Cuando desperté, lo primero que pregunté fue, por supuesto, si me había atropellado un carro. Mis papás me dijeron que no y me contaron lo que me había pasado, pero no me contaron cuánto tiempo estuve en coma. Cuando desperté pensé que solo había estado dormida unas horas, que había pasado máximo un día. Solo supe la verdad dos años después y entré a tratamiento psicológico, pero eso nunca me afectó del todo porque el problema y la secuela real de ese mes que estuve en coma fue otra cosa, los sueños y las regresiones que tengo recurrentemente a esa carretera oscura.

Aún hoy, trece años después, cuando estoy dormida o cuando un carro pasa cerca de mí, revivo la misma sensación que tuve cuando estaba en coma, acompañada de mucho dolor de cabeza y mareo. Luego del accidente me volví hipersensible al ruido: si una mosca vuela lejos de mí, la puedo oír perfectamente. La situación solo la puedo atacar con Neosaldina en gotas. Ya he ido al médico y me dijeron que mi problema no es físico sino psicológico. Recuerdo una vez que en la calle había muchos ruidos de carros y tuve que pedirle a mi mamá que cerrara la ventana, porque no podía más con el dolor de cabeza y el mareo.

Pero la secuela más importante que me dejó ese accidente fue una gratitud inmensa con la vida y con Dios, que en esa noche de Guacherna decidieron darme una segunda oportunidad.

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