A comienzos del 2011 emprendí un viaje de dos semanas por Marruecos. Después de visitar Marrakech, atravesar los Montes Atlas y adentrarme en los místicos pueblos del Valle de Dades en las puertas del desierto del Sahara, finalicé mi travesía en Fez —el centro religioso y cultural del país—, para terminar comiendo hamburguesa hecha con carne de camello. En la cocina de Marruecos, los alimentos se concentran en cuatro platos básicos: el cuscús; la bastela, una torta de hojaldre rellena de pollo y especias; el mechui, un asado de cordero, y el djej mcharmel, preparado con carne de pollo, limones encurtidos y aceitunas. Nada que ver con el camello. Y es, precisamente, porque es igual de exótico comer camello aquí en Colombia que allá en Marruecos.

Gracias a mi guía de viajero Lonely Planet llegué a un restaurante ubicado en Medina Fez —el centro histórico de la ciudad— llamado Café Clock. El lugar tenía una intensa actividad cultural: artistas, bohemios, músicos y extranjeros, todos en busca de un espacio para liberarse de la frenética actividad comercial y de la abrumadora velocidad con que suceden las cosas en ese país.

Dentro de la oferta me encontré su especialidad: Café Clock’s camel burger, una hamburguesa que, me explicó el mesero, estaba hecha con carne de camello asada a la parrilla y acompañada de papas fritas y vegetales (lechuga, tomate y cebolla). Después de haber hecho un safari por el desierto a bordo de un dromedario, era el momento de probar, pensé. Por eso no dudé ni un segundo en querer que fuera mi plato de despedida. Por supuesto, la ordené acompañada de una Coca-Cola bien fría y apenas costó 95 dirhams, unos 12 dólares.

Ya con el plato en la mesa también supe por el mesero que este hacía parte del libro de recetas del restaurante llamado Clock Book: Recipes from a Modern Moroccan Kitchen. Me apresuré a morderla y la textura de la carne era dura y seca, tuve que masticarla varias veces antes de pasarla. El sabor era muy parecido a la carne de res, pero más fuerte, creo que a eso debe saber el caballo. No sé si por su preparación pero no era nada jugosa, era muy seca. En apariencia era más oscura de lo normal. En resumen, fue un gusto al paladar olvidable de no haber sido por el toque secreto: los pétalos de rosa secos dentro de la hamburguesa y, también, por el ambiente del lugar. Si algún día tienen la oportunidad de comerla, está bien; pero si no, no se pierden de nada.

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