¿Quién ha comido labios de pescado con cilantro, intestinos de ganso fritos, estómago de tiburón, escorpiones asados o brochetas de caballitos de mar? Yo sí. Y aun cosas peores. Pero cada vez que lo cuento viene a mi cara una sonrisa traviesa que me recuerda que todo valió la pena. No puedo decir lo mismo de aquella vez que me comí una rata, sin saberlo. Entonces me dan ganas de vomitar. Y de cascarle al chino Wen, que fue el que me hizo hacerlo.

Estábamos en Xingjiang, la región más occidental de China, en la frontera con India, Rusia, Pakistán, Afganistán, Kazajistán y Tayikistán. Es un lugar tan remoto, que es donde los chinos hacen sus pruebas atómicas. Si uno quiere desaparecer de la faz de la Tierra, puede empezar por llegar allá. Filmábamos un comercial en las montañas nevadas de Tian Shan, en el desierto del Gobi y en las arenas del desierto de Taklamakan. La comida en todas partes era un desastre. Era como estar en una prueba de supervivencia, alimentándose de chocolatinas, barras de cereal y latas de atún, mientras los chinos comían noodles instantáneos y patas de pollo conservadas.

Yo me repetía a mí mismo: “Hay que ser respetuoso. Hay que dar las gracias y no hay que poner mala cara si te invitan a comer con ellos”. Y así lo hice. Incluso me dio por la intelectualoide y me convencí de que la mejor manera de entender una cultura es precisamente aprender acerca de la comida que la ha alimentado.
En una de esas llegamos a Turpan, una ciudad en el segundo punto más bajo de la Tierra, 155 metros bajo el nivel del mar. Allá no hay grandes riquezas, salvo petróleo y minería. Las frutas son traídas de lejos, los vegetales son raros, y la carne es escasa y cara.

Al final de varios días de hambre, y de mentir con cara de “gracias, acabo de comer”, decidí unirme al equipo de producción y sentarme con ellos a la mesa, en una aldea en medio del desierto. Por aquello de que “la mejor manera de entender una cultura es...”. Blah, blah, blah.

La comida era muy simple. Básica, considerando lo árido de la región y la relativa pobreza del lugar: arroz blanco sin sal, huevos de sospechoso color revueltos con tomate y surtidas cosas verdes hervidas. Como pude pregunté si había algo de carne y me pasaron el menú. “Voilà!”, dije entusiasmadísimo. Pero la alegría no me duró mucho: no podía leer el menú, que estaba en chino, árabe y ruso. Entonces decidí confiarle a Wen, a quien me habían puesto de asistente, que me pidiera algo.

Un rato después el mesero trajo algo que parecía pollo apanado. Me sentí como en KFC. Con una sonrisa en la cara, Wen me pidió que probara. Él mismo se llevó a la boca un pedazo que parecía ser el muslo. Yo agarré el otro con la mano y me lo llevé a la boca. Los huesos eran más chicos que los de un pollo. Pensé que era algún otro pájaro. Ya antes me había tocado comer paloma en Shanghái (“pájaro de la paz”, me explicaban mis amigos chinos con muecas y con mímica agitando los codos en el aire porque no sabían decir “paloma” en inglés), así que esperaba algo por el estilo.

La carne era tierna y sabía un poco a conejo. Tenía textura como a ancas de rana. Y como casi cualquier plato en China, rebosaba aceite. Después de varios bocados, acompañados de insípido arroz blanco y de generosos sorbos de Coca-Cola caliente, vi que en el plato solo quedaba una tirita larga, como una cola, apanada al lado de unos pocos huesos. Un viejito al lado roía lo que parecía ser la cabeza del bicho. Entonces se me hizo necesario hacer la pregunta: “¿Qué es esto?”. El chino Wen se reía y me dijo: “No pregunte. No quiere saber”. Yo insistí. Entonces me dijo: “Mouse”. No le creí. Entonces me alcanzó el menú y abrió la página del plato que había pedido: ahí estaba la foto de una rata apanada con un tomate cherry en la boca. Bellamente presentada. Como cualquier lechona.

Me acordé de las ratas en las calles. De los olores de los baños. De la basura acumulada en las aldeas en medio del desierto. Me dieron arcadas. Me dieron ganas de salir corriendo, de vomitar, de enrollarme en un ovillo y de que mi mamá me abrazara y me dijera que me quiere y todo eso. También me dieron ganas de cascarle a Wen. No tanto por el asco o porque la rata no supiera bien (tan mal no estaba), sino por ocultarme todo ese tiempo lo que me estaba comiendo.

Después supe que no había más opciones si lo que quería era carne. Y fue una lección de humildad, pues aprendí que la cosa con la comida viene dictada por el hambre y la necesidad. Y en un país tan vasto como China, eso significa todo un universo de posibilidades culinarias insospechadas. A Wen no le casqué. Pero lo tuve que despedir. Con la comida no se juega.

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