En el año 1983 yo era estudiante de Danza Moderna en la escuela de la gran Martha Graham en Nueva York. Un día me buscaron Bruce Barham y Gustavo Morris, productores de un nuevo comercial del Banco Cafetero que se iba a rodar en los Estados Unidos (ya que en Colombia no existía la tecnología que necesitaban) para que los ayudara a encontrar un muchacho que se adaptara al casting que buscaban. Un día, uno de ellos se quedó mirándome y me dijo que yo podría servir, ya que cumpliendo con los efectos especiales de rejuvenecimiento y envejecimiento, podría ser el modelo que estaban pensando. La idea del comercial era que el rostro de un hombre se iba destruyendo por el consumo de drogas.

En ese entonces yo era un estudiante y un ingreso extra no me caía mal, por eso acepté hacer ese comercial sin fijarme mucho en las condiciones y repercusiones del negocio.

Toda la producción se llevó a cabo en los Estados Unidos y tuve que soportar un proceso de maquillaje bastante tortuoso de diecisiete horas ininterrumpidas. Al final del día o, mejor, de la madrugada, terminé completamente agotado. Lo positivo fue que este comercial me dejó algunas enseñanzas. La persona que diseñó el maquillaje fue la misma que realizó el trabajo de máscaras en las películas que, por esa época, se hicieron del Planeta de los simios, en donde actuó Charlton Heston. En la fase de preparación este señor, cuyo nombre no recuerdo, me enseñó diferentes técnicas de maquillaje. Era todo un profesional y a la hora de evaluar el éxito de esta campaña publicitaria, hay que resaltarlo. Como aspecto negativo tengo que confesar que en la parte económica me sentí tumbado. Los productores, que eran mis amigos, me hicieron firmar un papel donde daba libertad total para la utilización de mi imagen. Ingenuamente pensé que defendían mis intereses. Además del comercial de televisión se hicieron afiches, vallas, camisetas y otras piezas publicitarias y la campaña se vendió para otros países. Yo solo recibí setecientos dólares. El comercial fue un éxito. Nunca me imaginé una difusión tan grande a nivel nacional e internacional. Sin duda, hubiera podido exigir regalías por el uso de mi imagen.

Un día me llamó el presidente del Banco Cafetero, José Vicente Vargas, para felicitarme porque el Congreso de la República había condecorado al banco por la campaña. Le dije que me sentía estafado y que sentía que se había actuado de mala fe. Sin duda, mi ingenuidad e inexperiencia fueron en gran parte responsables de lo que pasó. A los pocos días decidieron compensarme con un viaje ida y vuelta de Nueva York a Cartagena en un barco de la Flota Mercante Grancolombiana. Fue una bella experiencia y me sentí, en parte, resarcido.

Debo decir que el comercial no me dejó fama y que afortunadamente nadie me reconocía en la calle. Y digo afortunadamente pues, además, era el momento más álgido del tema de la narcoviolencia. La considero como una experiencia más en mi vida. Quizás a través de mi actuación ayudé a concientizar a algunos sobre las consecuencias del abuso de las drogas. Y pudimos ver en Colombia algunos efectos especiales revolucionarios para esa época. Hoy soy el director de El Colegio del Cuerpo en Cartagena de Indias y trabajo ayudando a sacar adelante a jóvenes artistas provenientes de barrios populares, a través del trabajo cotidiano de escultura física y espiritual implícito en la danza contemporánea. La metodología y filosofía que aplicamos ayuda, entre muchas otras cosas, a luchar contra el flagelo de la drogadicción.
 
 

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