Empecemos por decir que todos mis personajes son de ficción, pero están armados con características de personas reales. Y como son contemporáneos, debo confeccionarlos de tal manera que cuando los espectadores los vean, se identifiquen con ellos, con sus situaciones y conflictos. Lo que les pasa a mis personajes le pasa a la gente en la vida real. Por eso, es necesario que el espectador tenga la sensación de que los conoce, de que los ha visto o de que es uno de ellos.

Para lograr esto, una vez establezco la historia empiezo a trabajarles. El primer paso es armar la “prehistoria del personaje”. Esto es, básicamente, lo que sucede antes del primer capítulo, lo que no se ve en televisión. Ahí establezco todo sobre el personaje: en qué tipo de hogar creció, cómo son sus relaciones familiares, qué estudió, cómo ha sido su vida en el plano amoroso y en el sexual, cuáles son sus fobias, sus obsesiones, sus fracasos. Muchas veces, cuando tengo dudas, consulto psicólogos y psiquiatras para perfilarlos, porque los personajes deben ser coherentes y, así, lograr que sean creíbles. Como autor, uno es primero psicólogo y luego escritor. Y como siempre trato de que el contexto donde viven los personajes sea real (el mundo del café o de la moda, los concesionarios de carros…), en el proceso realizo trabajos de campo: voy a los sitios donde están los personajes reales y, si puedo, los entrevisto. Pero prefiero hablar con quienes los rodean: sus secretarias, sus cónyuges, su familia… en fin, las personas que los aman y los padecen. A través de ellos, sé cómo es su vida: de dónde provienen, qué sueñan, qué los desvela, cuántas horas trabajan, y, sobre todo, cuáles han sido las claves para lograr lo que han logrado.

Hasta ese momento, los personajes son fantasmas que rondan por mi cabeza y que solo se vuelven de carne y hueso cuando adquieren la cara de los actores que los interpretarán. Luego del casting, vienen dos o tres meses previos a las grabaciones en el que me reúno con los actores y con el director para hablar sobre los personajes; todos hacen grandes aportes. Y para saber qué tan bien confeccionados me quedaron, muchas veces salgo con los actores a las calles, a diferentes sitios de trabajo, a bares… lo hago para ubicar a los referentes reales. En este lapso en que los actores empiezan a ser habitados por los personajes, hay muchos ejercicios para saber qué tan reales son. Por ejemplo, cuando le dije a Ana María Orozco que Betty era un ser imperceptible —una mujer que existe, aunque nadie se da cuenta de su existencia—, ella estuvo dos días dando vueltas por el Canal RCN caracterizada como el personaje, y la gente no se dio cuenta de que era una actriz. Ni siquiera yo, cuando se sentó en mi mesa de la cafetería del Canal, junto con otros empleados a la hora del almuerzo. Si ella no me habla y se delata, habría cumplido su papel de mujer inexistente.

Pero debo confesar que no todos los personajes que elaboro me toman tanto tiempo ni tanta dedicación previa. Durante la investigación que estuve haciendo sobre el universo de la moda para Yo soy Betty, la fea, me contaron que en Medellín había un mensajero que se gastaba su modesto sueldo adquiriendo trajes costosos de la propia empresa de confección para la que trabajaba. Alguien le preguntó por el origen de semejante despropósito y él, con mucha razón, contestó: “Es que soy la imagen rodante de la empresa”. Eso me bastó para saber que tenía un personaje en las manos, y ni siquiera tuve que ir a entrevistarlo. Lo armé con cierta rapidez, fluía fácilmente. El punto era encontrar el actor ideal que hiciera el rol de un “mensajero elegante”. La puntillada final la puso Julio César Herrera cuando se ganó el casting: apareció en una moto, con su impermeable y casco de mensajero, y cuando descendió de la moto le dio al personaje el aire del caballero medieval que desciende de su corcel: se quitó el casco como si fuera una pieza de su armadura y lo sostuvo con un brazo mientras que con el otro, doblaba con elegancia su impermeable, a manera de capa.

Por más tiempo que uno le dedique a la confección de la historia y de los personajes, a trabajar con los actores y el director, la verdad solo se sabe cuando la novela está al aire. Y en ese punto pasan muchas cosas. Los personajes mutan: algunos personajes que solo estaban para dos o tres capítulos pueden asumir un rol más protagónico y otros que estaban para grandes cosas se pueden quedar sin gasolina. Otros, como los protagonistas, pueden sufrir desgastes. Eso me ocurrió tanto en Café como en Betty. Mis galanes entraron en crisis con mis heroínas. El galán de una telenovela es tan indeciso y permeable que nos permite a los escritores sacar 120 episodios a partir de sus debilidades. Y cuando entra en crisis, se diseña el tercero en discordia. Yo diseñé dos: el doctor Salinas, en Café, y Michel, en Betty. Eran dos tipos maravillosos, solteros, sin hijos ni suegras, magníficos profesionales, adinerados y con una pinta similar o mejor que la de los galanes. Ellos aparecieron cuando la relación entre los protagonistas ya estaba muy averiada. En los dos casos, tuve problemas para cumplir mi historia de Sebastián con Gaviota y de Betty con el doctor Armando, pues las mujeres, en especial, se pusieron a favor de estos dos maravillosos prospectos y en las encuestas que hicieron los medios en ese momento mis galanes salían derrotados. Corría peligro el propósito de la historia. Para sacar a mis protagonistas del fango en que los había metido, tuve que convocar a varias amigas que me insultaban noche tras noche después de la emisión de los capítulos, mientras me pedían la muerte de los galanes y la felicidad de mis heroínas en manos de estas nuevas apariciones masculinas, que cumplían con el sueño de cualquier mujer. Y con ellas, en una especie de mesa de negociaciones, pude encontrar las claves para que Sebastián y Armando reconquistaran a sus amadas.

Los personajes son un aporte tan importante para las historias que han existido telenovelas que no logran el éxito, mientras ellos sí. Y la forma más elemental de saber si un personaje tiene éxito es cuando la gente lo asocia con la realidad: “Mi jefe es como el de Betty” o “mi mamá es igualita a la de Gaviota”. Los personajes toman tanta vida propia que tienden a rebelarse contra el autor. No lo dejan a uno escribir pasajes donde se sienten fuera de sí, impiden a veces que su destino cambie, y llegan al extremo de no dejarse matar por uno.

En Café, la abuela Cecilia debía asumir las riendas de su familia tras la muerte de su marido, el patriarca Octavio Vallejo. El dilema era cómo manejar una familia compuesta por hijos, nietos, nueras y yernos sagaces, que obedecían tan solo a la voz prominente de Octavio. La clave para este personaje la encontré en un recuerdo de infancia. Visitábamos a una tía cuyo marido, Eliseo, había muerto tras un largo y maravilloso matrimonio. En su casa, ella nos contaba con una naturalidad escalofriante las visitas de Eliseo en las noches: “Eliseo estuvo aquí y se veía muy preocupado por ti, Manuel —le decía a su hijo—; siente que estás llevando tu vida por mal camino y eso no lo deja descasar”. Y luego a su hija: “Eliseo estuvo sentado ahí hablándome de lo poco conveniente que es para ti ese muchacho con el que estás saliendo”. Y así mantuvo en línea a sus hijos hasta el día en que apareció Eliseo en la puerta de su casa, la tomó de la mano y se la llevó para siempre.

Así fue como logró Cecilia de Vallejo mantener en orden a su descarriada familia. Pero el día en que Octavio se la iba a llevar para siempre, como Eliseo a mi tía, los actores filtraron que yo le iba a dar muerte natural y se generó un movimiento de ilustres personajes nacionales que me suplicaron le concediera más días de vida a Cecilia. Entonces tuve que reanimarla a última hora en la sala de cirugía que estaba montada en los estudios de RCN, donde ella agonizaba. Me tocó llevarla hasta el último capítulo de la novela.

cuando le dije a Ana María Orozco que Betty era un ser imperceptible, ella estuvo dos días dando vueltas por el Canal RCN caracterizada como el personaje, y la gente no se dio cuenta de que era una actriz.

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