En el quirófano fui infectada por una bacteria de una enorme agresividad, que no pudo ser controlada con antibióticos y llevó a los médicos a plantear la extracción del ojo como la única alternativa posible.

Acudí al trasplante de córnea pues el uso permanente de anteojos o lentes de contacto no dejaba de causarme molestias y no lograba la corrección definitiva del queratocono.

La intervención quirúrgica se hizo sin ningún contratiempo. Pero cuatro días después empecé a sentir un dolor que se fue incrementando hasta volverse francamente insoportable. El diagnóstico que hizo entonces el médico que me realizó el trasplante fue lo peor: se trataba de una infección severa que avanzaba agresivamente y que se había tomado la retina. Desesperada, decidí cambiar de clínica y someterme, en un intento por salvar el ojo, a una segunda cirugía que duró ocho horas. Al día siguiente —recuerdo, era un sábado—, los médicos me informaron que no había sido posible salvar la retina y que por lo tanto no volvería a ver por el ojo izquierdo. Pensé entonces que todo pararía ahí, que tendría que resignarme a estar sin visión, pero sin perder el ojo. Sin embargo, la infección seguía su curso sin que los antibióticos consiguieran obrar, a pesar de las enormes dosis que me aplicaban. Estaba frente a la amenaza de una septicemia.

Tener la muerte así tan cerca me aterrorizó. Por primera vez fui consciente de mi finitud, de mi transitoriedad. Se me vinieron a la mente mis tres pequeños hijos, que ni siquiera sabían lo que me estaba pasando. Pensaba en mi reciente matrimonio, en lo difícil que había sido asumir mi divorcio y enfrentar ante el mundo entero mi amor por Carlos Alonso. Pensaba también en mi condición de recién casada, casi en luna de miel… así que frente a los argumentos del médico de extraer el ojo, como único camino de salvación, no vacilé en tomar la decisión. Sin pedir algo de tiempo para reflexionar, sin recibir otra opinión, autoricé la enucleación del ojo. Si ya no iba a poder ver a través de él, su extirpación no era más que la exteriorización de una realidad ya irreversible. Fue quizá lo único que pensé.

No puedo describir la impresión abrumadora que sentí cuando me retiraron las vendas y tuve que enfrentarme a una cavidad vacía, allí, en plena cara. La sensación devastadora de lo que no tiene reversa, de lo irreparable. No pude llorar. No sé si por valentía o arrogancia, no solté una sola lágrima por el ojo perdido, y decidí callar. En un intento ingenuo de ocultar lo inocultable y, quizá, de no aceptar en lo más íntimo mi tragedia, decidí no contárselo a nadie.

Entonces empezaron a llegar los cambios físicos. Debía adaptarme a una manera completamente distinta de apreciar el mundo. De un momento a otro había perdido el sentido visual de la profundidad, lo que significaba una dificultad grande para bajar escaleras o andenes, para servir la sopa o llenar adecuadamente la cuchara. Dejé de montar en bicicleta y de conducir. Lo más triste de todo era el dolor de cabeza que me producía la lectura, una de mis mayores pasiones. Y la lucha con los espejos: hubiese querido romper todos los que había en casa, aunque acudiera insistentemente a su escrutinio.

Ni qué decir de la dificultad que tuve para encontrar una prótesis similar a mi ojo. En Colombia no son muchos los expertos en el tema. Recurrí a todos, con una mezcla de vergüenza —era mostrar a cada uno de estos desconocidos mi secreto, mi dolor, mi indefensión— y de esperanza —puesta en la ilusión de hallar un artesano que tuviese la capacidad creadora de Dios—. Pero en vano. Cada entrega de prótesis era un ejercicio cruel de desencanto: unas, muy grandes, me hacían ver como una muñeca desfigurada; otras, pequeñas, le daban a la mitad de mi cara una apariencia gélida, inerte.

Decidí retirarme de la vida pública, no quería enfrentarme a la escrutadora mirada de las cámaras de televisión y a las fotografías que inevitablemente daban cuenta de mi mirada un poco bizca.

El tránsito para aceptarme fue largo, años de silencio y recogimiento. En mi casa usaba el parche, además porque también he tenido una reacción alérgica a la prótesis que me obliga a retirarla con frecuencia.

Finalmente, en 2006, en una campaña al Senado decidí asumir públicamente la tragedia y dar a conocer a todo el mundo mi situación. Esa verdad fue, como toda verdad, muy liberadora.

Por supuesto que sigo llevando la discapacidad física que implica la visión por un solo ojo, y cuando ya me siento acostumbrada, alguna nueva tecnología me viene a recordar mi condición. Eso pasó cuando fui a cine a ver una película en 3D: con gran ilusión acompañé a mis hijos a la función de Avatar, me puse las gafas y empecé a quitarlas y a ponerlas hasta que terminé exclamando: “¡Tanta bulla para nada!”.

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