Desde el piso cuarenta y cinco se sube por un tramo largo de escaleras empinadas. Luego se sale a un corredor abierto, un poco más abajo del helipuerto, donde se ve la ciudad como un océano inmenso. Junto al borde hay una máquina enorme, con una canasta metálica de dos metros de ancho con la cual se limpia, por fuera, todo el edificio hasta el primer piso.
Luego de revisar el aparato, como todos los días, sigue la "salida a la calle", que es como le dicen al acto de dejar el edificio para montarse en la canasta. La costumbre les ha quitado el miedo, y se encaraman sin problema. Pero la canasta solo pende de dos cables de acero y se balancea con el menor movimiento.
Uno de ellos se queda arriba controlando la máquina. Los otros dos se aseguran a los arneses y se preparan para el descenso. La canasta baja lentamente, y mientras más abajo, más cable tiene para balancearse; así que, para no moverse, los dos hombres se apoyan en las columnas mientras limpian las ventanas. Pero el apoyo empuja la canasta para atrás y la inclina. Así que trabajan todo el día, todos los días del año, acostados sobre la baranda, con un vacío de 172 metros bajo sus pechos.
Se llaman Willam Rojas, Orlando Díaz y Fabio Méndez. Son los encargados de limpiar las 1.128 ventanas de la torre Colpatria, una por una, desde hace más de once años. Desde esa altura, sin que nadie lo note, han sido testigos de la historia de esta ciudad como si fueran seres míticos de alguna religión: han visto todos los estrellones de la Séptima y la 26, las manifestaciones, los carnavales del Festival de Teatro, los incendios, los atentados. Ya están más cerca de los cuarenta que de los treinta y los tres tienen hijos. Trabajan por un sueldo de $520.000 y aprendieron a limpiar la torre más alta de Colombia sin entrenamiento, perdiendo el miedo a las alturas a punta de ensayo y error.
Aprendieron, por ejemplo, que en agosto no se deben limpiar las ventanas, porque hace algunos años, en ese mes, una tormenta hizo dar corbatines a la canasta con ellos adentro. Aprendieron también que a veces la canasta no se agita por el viento, sino por un temblor, y que si no tienen cuidado les pueden caer en la cabeza los vasos de tinto y las colillas de cigarrillo que la gente arroja desde las ventanas sin consideración.
Sus familias se preocupan más por la posibilidad de alguna bomba que por el hecho de que se caigan. "Total, usted sabe que el Colpatria es un blanco fijo", me dice William. "Además con los años este trabajo se ha hecho más seguro".
Cuando empezaron, solo contaban con un cinturón que los ataba a la canasta. Ahora tienen también un 'cable de vida' que los sostiene desde el techo. El que está arriba con la máquina va nivelando todo con un palo, pero el trabajo no es sencillo: a veces la canasta se desnivela y más de una vez se les ha volteado. Además, por muchos años tuvieron que entenderse por señas, y hace apenas unos meses comenzaron a trabajar por radio. "Ahora esperamos que nos den un manos libres", dice Fabio.
Pero a pesar de todo, se han vuelto adictos a su trabajo. Desde allá, los tres solos, sin más ruido o compañía que ellos mismos, se sientan en los ratos libres a ver los nevados cuando el día está soleado, o los helicópteros que aterrizan en las demás torres del centro. "Arriba casi no hay ruido y la vista desestresa", dice Orlando.
Los años les han enseñado que a la larga, en caso de emergencia, no se tienen más que el uno al otro, y en tanta soledad han aprendido a ser amigos, a trabajar en equipo, a confiar el uno en el otro incondicionalmente hasta el punto de que sus vidas dependan de eso. "A veces soñamos que nos caemos", dice William. "Ese día, el que sueña no se sube a la canasta. No es que creamos en agüeros, pero con tanta altura, ese es el único sueño que no queremos que se cumpla nunca".

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