En el interior de un carro de valores el mundo se ve muy pequeño y vulnerable. Enormes, herméticos, pesados, recorren impenetrables las calles mientras afuera todos se preguntan cómo es trabajar con tanto dinero. Entre tantas chequeras, tantos papeles y títulos reunidos. La inmensa tentación de la naturaleza humana protegida por varias capas de blindaje y tres hombres armados que miran afuera desde el interior, en el silencio más sepulcral, porque ni siquiera el ruido logra entrar en esos carros. Un camión de valores puede costar alrededor de 350 millones de pesos. Están divididos en cuatro secciones: motor, cabina, cuarto de tripulación y caja de valores. Todas están recubiertas de varias capas de blindaje y cada una se encuentra totalmente aislada de las demás, de manera que si alguna de ellas es tomada, las otras tres puedan resistir el ataque sin problema. Cualquier movimiento dentro del carro debe hacerse con el consentimiento de todo el equipo y las puertas solo pueden abrirse cuando todas las demás están cerradas.
Solo se puede entrar al carro por el cuarto de tripulación: un espacio pequeño, iluminado, de paredes macizas, con el único acceso a la caja de valores. La caja es un lugar aislado, de cuatro metros cúbicos, que solo puede abrirse cuando el resto del carro está cerrado. Allá va todo el dinero, en el mayor de los encierros, sin que absolutamente nadie pueda arrebatarlo.
En ellos viajan, nueve horas al día, el conductor, el jefe de tripulación y el escolta, en su mayoría ex militares. Por ellos, todas las sillas son ergonómicas, los espacios son iluminados, e incluso se cuenta con aire acondicionado para mayor comodidad. Tal vez, por eso, es en ese encierro donde ellos más cómodos se sienten. Porque adentro se protegen de un mundo peligroso al que no le importa verlos muertos con tal de apoderarse del dinero. Cada año en Colombia son asaltados entre tres y cuatro camiones de valores. "En este país la gente necesita plata y nosotros somos los que la llevamos. Ese es nuestro gran punto en contra", dijo un jefe de tripulación.
Por eso, lo más importante dentro de un carro de valores es el trabajo en equipo: la camaradería entre los tripulantes, la posibilidad de dar la vida por el otro. "El dinero y el carro son cosas materiales", me dice el jefe de seguridad de una de las compañías. "Pero el factor humano es irremplazable y eso es lo que nos interesa proteger".
Por eso, con el fin de cuidar a la gente, las exigencias de seguridad de estas compañías son siempre las mejores: el nivel de blindaje es el más alto, los tripulantes y camiones son rotados cada día; las rutas se cambian constantemente, los viajes se monitorean, los sistemas de seguimiento son tan precisos que es imposible robarse un centavo, y cada miembro de la compañía debe saber al menos disparar un arma.
Pero si se habla de armas, el carro es la más grande que tienen. En una emergencia, pueden alcanzar hasta 120 km/h. Y con un peso neto de 8 toneladas y media, y una altura de 3,2 metros por 3,5 de ancho, pueden embestir lo que sea.
Por eso, cuando se les pregunta, nunca se sienten tentados por trabajar con tanto dinero. Se trata de fidelidad con los amigos y agradecimiento con sus empresas. Porque a pesar de todo, ellas se encargan de darles una vida sin necesidades, hasta el punto que es mucho lo que tienen que perder cada vez que arriesgan su trabajo. "Al final, uno a la plata le termina cogiendo fastidio", me dice el conductor mientras parquea. Tal vez es esa la ironía más grande de los que tienen ese trabajo: ser los guardianes de un tesoro que ya no les agrada, porque por él, para ellos solo existe un mundo que, aunque pequeño y vulnerable, espera siempre a que ellos abran la puerta de su carro y en cualquier momento se descuiden.

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