A mí me tocó vivir en la Casa de Nariño cuando mi padre fue elegido Presidente de la República. En ese entonces tenía 9 años y no tenía una real dimensión de lo que eso significaba. Yo era un niño que vivía con su familia en un apartamento de Pereira y no quería irme a Bogotá. Sin embargo, empaqué mi ropa y mis juguetes, entre los cuales se destacaban un Nintendo y un balón de fútbol.

Al llegar al que sería mi hogar durante cuatro años supe que la iba a pasar muy bien. El palacio tiene cinco pisos y es supremamente grande, pero también es cierto que el 90% del sitio son oficinas. La parte donde nosotros vivíamos estaba conformada por el cuarto presidencial y dos habitaciones más, dos salas, un estudio, una cocina gigantesca y unas escaleras fenomenales que María Paz y yo usábamos para deslizarnos. Mi cuarto, que quedaba abajo, era mucho más grande que el apartamento donde vivo actualmente.

Era fanático de Maradona y jugaba fútbol en los corredores, a pesar de los constantes consejos ministeriales. Me di cuenta de que la Casa de Nariño era el mejor lugar para hacer carreras de observación y que el techo era perfecto para jugar al escondite. Invitaba a mis amigos a jugar y muchas veces se quedaban a dormir. Rompimos vasos, jarrones y candelabros, pero mis padres nunca me regañaron, porque no existían las reglas. Ellos nos educaron con la filosofía de que la disciplina restringe la imaginación y que en la vida se aprende por medio de los errores.

No teníamos que cumplir horarios estrictos. Siempre tratábamos de comer en familia, pero si por algún compromiso mis padres no podían, yo lo hacía con mi hermana. Nunca supe a qué estrato pertenecía la Casa de Nariño, si los servicios se los cobraban a mis padres o si ellos escogían el mercado. Lo único que sabía es que la empleada siempre me tenía listos plátanos, arepas y helado de chocolate. Por otro lado, el hecho de haber vivido la época de Pablo Escobar me marcó para siempre. Por la guerra que él le había declarado al Estado colombiano, mi hermana y yo pasamos de ser niños comunes y corrientes a los niños más protegidos del mundo. Haber crecido con el temor a que les fuera pasar algo a mis papás me ayudó a generar una conciencia más estructurada sobre la realidad.

Vivir en la Casa de Nariño entre los 9 y los 13 años fue perfecto, porque a esa edad uno todavía no está saliendo con mujeres. Debe ser más difícil manejar esa situación siendo mayor. Una época de la que siempre recordaré con especial alegría fue el momento del cambio de armas, que era el mismo que hacía que María Paz saliera corriendo hacia la bandera cuando la estaban extendiendo para brincar sobre ella, mientras yo me ponía a marchar a la par de los soldados.

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