Dicen que una de las cosas más difíciles en la vida es encontrar el lugar al que uno pertenece. Yo lo encontré, por casualidad, en un aeropuerto. Específicamente en la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional Benito Juárez de Ciudad de México. Llegué acá el pasado 2 de septiembre. Estaba pasando una temporada en Los Ángeles, pero mi visa se venció. Así que busqué el primer vuelo que me sacara del país. El único disponible, de United Airlines, se dirigía hacia Ciudad de México. No sabía mucho de la ciudad: solo que era muy grande, con muchísima gente y que comían tacos. Me pareció suficiente, así que me embarqué.

Han pasado 92 días desde que llegué. Cuando me bajé no tenía idea de qué hacer. No conocía a nadie acá, ni hablaba español o inglés. Me dirigí hacia una de las mesas del área de restaurantes del segundo piso. Compré una hamburguesa en McDonald's. El lugar no era especialmente cómodo, pero tampoco me desagradaba. Pasaron las horas y me fui acomodando. Me quedé sentado ahí toda la noche y dormí un poco, con la cabeza recostada sobre una bolsa en la que traigo algunas camisetas y ropa interior. Al día siguiente fui a uno de los baños (que son bastante limpios) y traté de asearme. Regresé a la misma mesa, pedí un café y compré un diario japonés. Me quedé, de nuevo, todo el día. Poco a poco mis ganas de salir a conocer la ciudad fueron disminuyendo.

Todos los días hago lo mismo. Compro una hamburguesa (aunque a veces los empleados de los restaurantes me regalan comida que sobra), me limpio en los baños (aunque la gente dice que ya huelo mal), camino por ahí y regreso a mi mesa a dormir. Solo una vez he salido: un día fui en metro a conocer el estadio Azteca. Me pareció impresionante, pero me regresé de inmediato. No me interesa conocer otro lugar de la ciudad.

Después de notar mi presencia, unos agentes de inmigración vinieron a interrogarme. Pero mis papeles están en orden: tengo una visa de turista por 180 días. Como no estoy haciendo nada ilegal, ni molestando a nadie, no me pueden expulsar. Luego vinieron de la embajada de mi país para preguntarme si necesitaba ayuda. Ofrecieron pagarme un tiquete de regreso a Japón. Pero yo les respondí que tengo un tiquete de regreso a los Estados Unidos, una tarjeta de crédito y dinero suficiente para pagar un hotel. Pero no quiero: en el aeropuerto me siento tranquilo.

También han venido periodistas de todo el mundo. Me hacen cientos de preguntas. Incluso si estoy haciendo una obra de arte o una manifestación. No sé qué responderles. Simplemente les digo que no entiendo por qué estoy aquí, pero que soy feliz. Me preguntan también si no quiero regresar a Japón. Tengo 40 años, nunca en mi vida he tenido un trabajo fijo y no tengo familia. Así que no tengo a qué regresar.

También vienen otras personas. Me hablan, se toman fotos conmigo y me regalan ropa y comida. Creo que lo que hago los inspira. Nunca pensé que personas extrañas quisieran hablar conmigo. Nunca pensé que llegaría a ser famoso y salir en televisión, diarios y revistas. Nunca pensé que hubiera un lugar en el que me sintiera tan en casa.

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