Pocos días antes de cumplir los 50 años, una gran algarabía me despertó en mi kayutka, o bolsa de dormir en la Estación Espacial Internacional. Era Control de Misiones en Houston, que llamaba para decirme, "Sergei, es la 1:44 de la mañana y te acabas de convertir en el ser humano con más tiempo de vida acumulado en el espacio; 748 días. Acabas de superar la marca de tu tocayo Sergei Avdeyev. ¡Sigue volando!"

Para mí, desde mi primer vuelo al espacio en 1988, vivir en órbita ya es algo natural. Es como mi segunda casa. Trataré de contar cómo se siente: imaginen que ustedes están dando un viaje muy largo en automóvil. En este automóvil no se pueden abrir las ventanas, y a veces hay muy malos olores. No porque seamos unos sucios, sino porque los cambios de presión y calor hacen que las cosas huelan más que al aire libre. Una vez nos enviaron unos cables entre una bolsa plástica. Y cuando los desempaqué, casi nos morimos. Aquello olía tremendo. ¡Los tuvimos que botar al espacio!

Puesto que la estación ve un amanecer y un anochecer cada 45 minutos, a veces hace mucho calor, a veces, frío. Y también es un lugar ruidoso. El zumbido de los ventiladores, el aire acondicionado, los filtros, el timbre de los 'teléfonos' internos, todo eso se conjuga, y para dormir yo uso tapones en los oídos.

Ir al baño es todo un circo y requiere tener mucho cuidado con la posición asumida desde el principio. Especialmente para el 'número dos'. La cuestión funciona como un acoplamiento en órbita entre dos vehículos espaciales, dentro de los cuales debe haber un 'empalme' perfecto. Para esto usamos un monitor que nos guía. Después, con una palanca creamos un poco de succión y… listo.

El bolígrafo me desespera porque se me vive perdiendo. Uno lo deja flotando enfrente por tres segundos, y cuando va a ver, ha desaparecido. Lo vienes a encontrar días después, allá metido detrás de algún panel de instrumentos. Es como si tuvieran vida propia.

La comida no es nada mala, de hecho, cada vez es mejor. Pero lo que sí hacen falta son las frutas y verduras frescas. Y nos peleamos por las manzanas verdes que trae el shuttle. También nos fascinan las barras de chocolate y se nos acaban rápidamente. Y a mí, la experiencia de sentarme a preparar mi café y tomarlo mientras leo el periódico, es un ritual que añoro cuando estoy en órbita. Porque aquí en tierra puedo poner el café en una taza, y mientras me lo tomo lo puedo oler. Allá arriba puedo servir el mismo café dentro de una bolsa plástica pero estoy perdiendo gran parte del sabor y aroma.

La otra cosa que nos hace muchísima falta es la familia, especialmente en días de celebraciones especiales. Y cuando vuelo sobre Leningrado me gusta pensar en lo que estará haciendo Elena, mi esposa. Lo bueno es que nos podemos comunicar por internet, pero los mensajes deben pasar primero por Control de Misiones y entonces no hay mucha privacidad. A menos que le lleguen a uno cartas en los vehículos de carga. Y también hablamos por teléfono, pero es muy corto e impersonal por la misma razón: hay otras personas oyendo.

Ahora, siguiendo con el ejemplo de un viaje en automóvil, imaginen que nunca existe una oportunidad para detener el carro, o bajarse de él, incluso si su compañero de viaje está a punto de enloquecerlo. Cuando solo somos tres durante meses encerrados, es natural que haya a veces desacuerdos. Pero la mejor manera de resolverlos es poniéndose a trabajar o irse a otro módulo a hacer ejercicio. Muchos optamos por el pasatiempo favorito, que es mirar por la ventana. Ver pasar la Tierra como un atlas desplegado a tus pies, que cambia del día a la noche cada rato, es sencillamente hipnotizante y precioso. Siempre hay algo nuevo, algo imponente, como las auroras y, claro, si uno mira al otro lado, está el cielo repleto de estrellas.

No cambiaría mi profesión por nada en el mundo. Quizás lo más cómico es lo que me pasa en tierra después de un vuelo de larga duración: estoy tan acostumbrado a dejar las cosas frente a mí en el aire, que he acabado con la vajilla de porcelana de la pobre Elena.

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