La enorme bestia identificada con el número 1010 aguarda solitaria en la pista a su domador. A las 07:30 horas por fin hace su aparición en la sala de abordaje del aeropuerto militar de Catam. Responde al grado de coronel y a los apellidos Tiuso Malagón. Es tan corpulento como el avión que pilotea pero aun así es capaz de entrar al lugar sin hacer ruido. Se parece a un cauteloso elefante en mitad de la noche subsahariana. Está vestido con un overol verde y lleva gafas negras. De su muñeca izquierda cuelga una gruesa esclava con una insignia de la FAC. Es el líder de la manada y como tal inspecciona su territorio durante un par de segundos. Primero hace un barrido de esquina a esquina:

A su derecha cinco oficiales de la Fuerza Aérea se arremolinan frente a un televisor a la espera de la primera emisión del noticiero. El de mayor rango le exige silencio a un grupo de soldados que ese día dejarán el Ejército después de 18 meses de servicio militar obligatorio. Se oye la atronadora música que anuncia los titulares del día. La presentadora abre con la información que han estado esperando los oficiales. Su voz de actriz de radionovela le resta a la noticia la importancia que merece. Le da un dramatismo exagerado, casi que ridículo: "El gobierno de Hugo Chávez negó que un helicóptero venezolano sobrevolara ayer la ciudad de Arauca a las 09:30 de la mañana". Más allá, un sexto oficial ajeno al televisor tiene abierto Las Farc, ¿una guerrilla sin fin o sin fines? No lee el libro. Lo estudia. Lo memoriza. Al fondo del lugar la encargada de vender escudos, gorras, parches y otros souvenirs de la Fuerza Aérea está a punto de dormirse. Es bonita y está aburrida. Con el último cabeceo un soldado se acerca con la excusa de averiguar por la camiseta que conmemora la Operación Jaque:

—Doce mil pesos —responde de mala gana la mujer.

Finalmente a su izquierda el que quizás sea el tendero más elegante de Colombia —atiende de saco y corbata— rellena un frasco de ají y vende un par de tapones para los oídos. Una vez termina la inspección visual el coronel Tiuso abre las fosas nasales y respira hondo. Sus inmensos pulmones se llenan del aire del lugar. Lo paladea, lo descompone en partículas elementales. Parece que quisiera detectar un protón de miedo o un neutrón de adrenalina en sus hombres. Después del examen olfativo bota el aire con fuerza. Eso es todo. Está listo para pilotear el Hércules C-130 con primer destino a Tame, Arauca. Más tarde alzará vuelo con rumbo a Bucaramanga y pasará sobre Saravena, a escasos kilómetros de la caldeada frontera con Venezuela.



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Los tripulantes que acompañarán al coronel en el vuelo caminan hacia el avión en estricta fila india. Son escoltados por los jóvenes que en horas volverán a llamarse por sus nombres y no por sus apellidos. El ingeniero de vuelo, el navegante, el copiloto y el jefe de carga suben por una escalerilla. La tropa entra por una rampa trasera lo suficientemente amplia como para tragarse un tanque M113 o un hospital de campaña. La bestia tiene la versatilidad de una navaja suiza. Dentro de las funciones que especifica su hoja de vida están el apoyo aéreo cercano, el asalto aéreo, la búsqueda y rescate, el reconocimiento meteorológico, el reabastecimiento en vuelo, la patrulla marítima y la lucha contra incendios. Es el servidor ideal en caso de guerra. Un perro fiel capaz de aterrizar en pistas cortas de tierra, sin radio ayudas, en una noche cerrada. Puede llevar de dos a tres jeeps todoterreno Humvee y descargarlos en pleno vuelo a muy baja altura o soltar un escuadrón de paracaidistas a 10.000 pies, como sucederá hoy por la tarde.

El último en entrar al avión es el coronel Tiuso. Sube por la escalerilla y el Hércules se lo traga como la ballena a Jonás. Se cierran las puertas y los cuatro motores turbohélice arrancan obedientes uno por uno. El estruendo que producen juntos es el de un abejorro de metal de 20 millones de dólares y 40 metros de envergadura. Adentro, en la cabina, el coronel se calza unos guantes, ajusta su silla y se pone unos pesados auriculares con micrófono. Saluda a sus compañeros de vuelo. Los nombra por su función. Fuerte y claro, mi coronel, responde cada uno. El check list o revisión de controles toma cuatro largos minutos. Lo asiste el ingeniero. El copiloto, en este caso el coronel Gómez, presta especial atención. Será su segunda salida oficial en un Hércules. Se estrenó con un vuelo a las entrañas de la selva, a San José del Guaviare. Viene de cinco plácidos años como piloto de Satena y todavía extraña las atenciones de las azafatas, la seguridad de los itinerarios, el café caliente. Aquí solo tiene espacio para una botella de agua comprada en la sala de espera. El navegante despliega sus mapas sobre una mesa en el costado derecho. Tiempo de vuelo aproximado a Tame: 50 minutos. Todos esperan la orden de un hombre que acumula sobre la espalda 9500 horas en el aire. En línea sumarían más de un año sin tocar tierra.

A las 07:47 horas el coronel pronuncia su frase preferida:

—Attention, go!

La bestia le obedece y en un parpadeo recorre la pista de asfalto y se los lleva a todos al cielo.



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Una larga franja de pinos. Bodegas de ladrillo, terrazas con ropa extendida y un bloque gris de edificios. Techos de Eternit. Fábricas que humean. Una avenida, dos taxis y tres camiones. Uno de ellos de color rojo. Un gran tanque de agua. Más terrazas. Una iglesia amarilla. Ahora la franja es de eucaliptos, la mayoría sin hojas. Una cuadrícula verde. Verde esmeralda. Verde manzana. Verde limón. Verde botella. Verde militar. La curva de un pequeño río negro y una vaca solitaria. Un camino de tierra que conecta una casa grande de tejas de barro con una docena de viveros. Lomas, cerros, morros, colinas, montañas. Dos segundos en blanco. Una cobija mullida de nubes que se extiende por media hora. La bestia se desliza con placidez. Dos segundos en blanco. La cordillera de los Andes. Una mano enguantada señala a la izquierda. Un azul recién hecho y una cadena de picos nevados: Ritacuba Blanco, Ritacuba Negro, Sirara, Cóncavo, Pan de Azúcar, El Castillo, El Púlpito del Diablo, Diamante. Treinta kilómetros de nieve conocidos como el Cocuy y después el llano, amarillo y naranja, un río caudaloso, limpio, hombres a caballo. Un viraje inesperado a la derecha y una línea de asfalto hacia donde cabalga la bestia.



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El coronel Tiuso está a la cabecera de una larga mesa en un restaurante en Tame, a cinco minutos del aeropuerto. Es la segunda vez en el día que pisa el pueblo. Después del primer aterrizaje se dirigió con rumbo a Cúcuta. El navegante Sánchez le marcó muy bien el camino. Tenían que pasar por Saravena, a tan solo cinco millas de la frontera con Venezuela. Desde la cabina se podía ver la tierra sobre la que otro coronel manda y seguramente a la tripulación le pasó por la cabeza cómo sería un bombardeo más allá del río Arauca.

Antes de aterrizar en Cúcuta, el piloto se anunció a la torre de control con el nombre que lo ha acompañado desde que salió de la Escuela Militar hace 22 años. "Bienvenido, Rompelíneas", le respondió el radioperador. Con los motores encendidos recogió soldados y carga, los dejó en Bucaramanga y enfiló de nuevo hacia los Llanos. Durante el vuelo mencionó varias veces las bondades de la cazuela de bagre con camarones del salón de banquetes Assidi, donde ahora se encuentra.

El coronel se levanta al baño, pero antes le pide a su copiloto que le ordene la sopa en caso de que venga el mesero. Regresa con las manos todavía húmedas y por primera vez se quita las gafas negras. Tiene unos ojos pequeños.

—Una de las tantas cosas en las que tengo que pensar es dónde van a almorzar estos señores. ¿O no, Sánchez?

El navegante asiente y sonríe. No es que haya comido muy bien durante el último mes. Ha viajado en el Hércules cuatro veces a Haití. Ha visto descargar 110 toneladas de ayuda provenientes de Colombia. Ha sido testigo de lo que queda de las casas de Puerto Príncipe. Desde el aire parecen motas sucias de algodón, ha dicho media hora antes.

La cazuela humea frente al coronel. Patacón en mano da cuenta de ella mientras habla de sus restaurantes favoritos como una madre primeriza de su hijo. Es sagaz. Así evita ser arrastrado por un periodista a una conversación sobre si habrá o no guerra con Venezuela.

—Aunque no me crea, la mejor bandeja paisa de Colombia la sirven en Neiva en un sitio que se llama Donde el Gordo. Sánchez, ¿cómo es que se llama el restaurante en Leticia donde pedimos chicharrón de pirarucú?

—Tierras Amazónicas, mi coronel.

Afuera, bajo un sol abrasante y rodeados de buganvilias florecidas media docena de soldados con cananas cruzadas y fusiles custodian la calle. Llevan pañoletas negras que los identifican como contraguerrilleros. El coronel pidió su apoyo. Los hombres nadan en sudor y cada vez que pasa un carro se encrespan. Hace unos años les prestaban especial atención a los taxis. En Tame funcionó una empresa de transporte ficticia llamada Cotransmilenio. Estaba compuesta por 50 taxistas que se hacían llamar Los Piratas. Los hombres eran informantes de la guerrilla y cada vez que un militar se asomaba por el pueblo daban la alerta. La historia la contó un hombre de motor y de pedal: militó en las Farc y el Eln y después se cambió al grupo paramilitar Bloque Vencedores de Arauca.

—¿Y qué me dice de los chorizos de Los Cedros en Carepa? ¿Y las arepas de huevo de Puerto Leguízamo? Son una delicia.

Si este hombre no fuera piloto de guerra sería un excelente guía gastronómico. ¿Algún día recomendará un sitio para comer lechón horneado en Táchira o un sancocho de armadillo en Zulia?

El coronel no se confía. Nadie quiere otro grupo de militares secuestrados. Con la última cucharada de sopa se levanta. No hay sobremesa. A las 13:00 horas pide la cuenta. En la base de Tolemaida, Melgar, medio centenar de hombres esperan el Hércules. De vuelta en el aeropuerto ninguno de sus hombres se detiene a ver los tarritos de miel dorada y propóleo concentrado que ofrecen los apicultores de la región. No hay belleza posible en el afán militar. Quizás solo en el cielo, cuando se ve el nevado del Cocuy por la ventanilla.



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Esta tarde en una pista militar cercana a lo que se conoce como el Valle de los Lanceros la bestia ha engullido a 64 paracaidistas. Su cabeza es mínima en comparación a su cuerpo. Su longitud alcanza los 30 metros, de los cuales a lo sumo cinco corresponden a la cabina. En su estómago, un cilindro hueco que huele a sudor y angustia, es capaz de transportar 74 camillas o 110 soldados con su equipo de combate.

Los paracaidistas realizarán una maniobra de entrenamiento. En el aire el coronel Tiuso les tocará tres timbres antes de lanzarse. Cada uno ha enganchado la cuerda que jala el paracaídas a un cable de metal que atraviesa de punta a punta el avión. Una vez se tiren, la cuerda se tensará y el paracaídas se abrirá sin que tengan que hacer nada. Aún así se frotan la cara, palmotean sus muslos, hacen chistes nerviosos y gritan consignas que se pierden en el ruido de los motores. Alguna vez el torero Finito de Córdoba declaró que el miedo lo obligaba a rasurarse dos veces durante el día de la corrida. Una en la mañana y otra antes de salir a matar. La barba de los soldados parece crecer justo ahora antes del lanzamiento. El aire caliente entra por las puertas abiertas. Los instructores recorren una y otra vez el avión como quinceañeras en su día. Pedazos de montañas y ríos se asoman por las ventanillas. La tensión es comparable a la que siente un corredor en la final de los cien metros planos en los olímpicos. Para describir una operación de combate real la analogía deportiva resulta tonta e insuficiente. Quizás lanzarse a la guerra desde el aire se parezca a algo más simple y por eso más terrorífico: es la soledad infinita. Nadie más solo que uno de estos soldados saltando en plena noche con el corazón a mil revoluciones como la fresa de un dentista, nadie más solo que un guerrillero de 15 años agazapado sobre un infierno verde, esperándolo. Los timbres del coronel son el llamado para ensayar esta soledad. Con el primero, los soldados revisan el arnés. Con el segundo, se paran y forman en línea recta. Con el tercero, corren hacia las puertas. En un minuto la bestia los ha expulsado y otra vez sus tripas están vacías.



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 Verde militar. Verde botella. Verde limón. Verde manzana. Verde esmeralda. Una cuadrícula verde. Una franja de eucaliptos, la mayoría sin hojas. Una iglesia amarilla. Terrazas con ropa extendida. Un gran tanque de agua. Un trancón en una avenida. Fábricas que humean. Techos de Eternit. Un bloque gris de edificios, más terrazas, bodegas de ladrillo. Ahora la franja es de pinos.



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A las 16:30 horas el coronel Tiuso se baja de la bestia. Ambos están agotados. Ha experimentado un día agitado pero en control, similar al que podría tener el piloto de un Hércules de un país en paz. El militar atraviesa la pista con un maletín negro sobre un carrito con ruedas. Lo ha llevado todo el tiempo a su lado en la cabina. Es grande como el de un visitador médico y en él debe guardar muchos secretos.

¿Cómo empezaría esta crónica si el coronel hubiera participado en una operación de combate como la que realizó hace 15 años? Ese día la guerrilla se tomó cinco pueblos y Tiuso piloteó un avión Phantom por 36 horas con algunos cortos intermedios. Quizás habría comenzado con un párrafo de apertura muy parecido al de Nicholas Tommalin en "El general sale a exterminar a Charlie Cong", un artículo que hizo para The Sunday Times durante la guerra de Vietnam. Tommalin arranca así: "El pasado viernes, después de un almuerzo ligero, el general James F. Hollingsworth, del Halcón Rojo, despegó en su helicóptero personal y mató más vietnamitas que todas las tropas a su mando". Durante el combate por supuesto que el coronel Tiuso no come cazuela de bagre con camarones.

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