Existen dos extremos en los que un hombre debe tener mucho cuidado de no ser clasificado. El primero de ellos es el clásico fantoche: esa persona que siempre está mostrando exageradamente todo lo que es y cuánto tiene. En el otro lado está el ordinario: puede que haga cosas tratando de ser auténtico o porque no tiene filtro, pero peca por terminar siendo un guache.

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El fantoche se siente superior a los demás, alardea de siempre tener un amigo íntimo en todas partes, piensa que hacer una fila o esperar no es para él y habla de todo el mundo como si fueran los mejores amigos: “Pobre Juan Manuel… muy delicado su tema de salud”. En los restaurantes se conoce el nombre de todos los meseros, y si lo atienden mal, amenaza con decirle al dueño.

Pide el vino más caro de la carta, hace tres gestos raros con la copa y lo devuelve. Usualmente compara la comida con la de un restaurante famoso en el mundo. Habla mitad inglés, mitad español y no es raro oírlo saludando con un “hellooo, darling”. Unos fantoches más criollos se referirán a nosotras como mi “churro” o “churrito”, apodo que tiene poca credibilidad. No todas podemos ser “churritos”.

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Muchos de ellos andan en un Mercedes modelo 95 por el solo hecho de ser Mercedes; lo prefieren a un carro cualquiera barato último modelo, cuando nosotras siempre preferimos el olor a nuevo que el olor nostálgico del que algún día tuvo y hoy no. Ni hablar de los que mencionan que tienen apellidos de mucha tradición —“de los Urrutia de toda la vida”— y hasta pueden tener anillo de familia... ¡En los hombres cualquier anillo que no sea el de casado es fatal!

El fantoche gasta más de lo que se gana. Y es que resulta muy costoso “echar golfito” los viernes o irse de “drinks”, sumado a los múltiples viajes a París, New York y los fines de semana siempre en “Cartagena mode”.

El ordinario, por el contrario, es el que cree que está solo en el mundo y no le da miedo echar piropo en las primeras salidas. Le sale la vieja arreglada y hace una cara como diciendo “hmmmm, ¿quién pidió pollo?”. No le da pena llegar a un restaurante a pedir un coctel azul, y siempre dice ?tengo un filo?. Para pedir la cuenta, llama con un aplauso y grita el genérico ?mesero?. Termina por proponer que si ?pagamos miti-miti? y no le importa sacar un palillo para quitarse algo de los dientes.

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Habla de sus funciones fisiológicas como si nada y los chistes siempre son vulgares. Y el apodo para las mujeres es “nenita”, “mamita”, “reinita”.

Por favor, evite ser uno de estos dos personajes.

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