Chica plástica busca sexo
A la primera persona que le di explicaciones sobre lo que iba a hacer fue a la última a quien pensé tendría que hacerlo. Ahí estaba yo, explicándole a ‘Chepelín’, el portero del Canal RCN, qué hacía una chica plástica en el baúl del carro. ¡Mierda!, se me había olvidado camuflar la caja de Gina, la muñeca inflable que se convertiría en mi cómplice de placeres poco ortodoxos. “Cómo no, don Carlos, siga tranquilo... Ah, y que pase buena noche o si no que duerma”, me dijo con una sonrisa que dejaba ver cómo no me creyó que todo se trataba de un ejercicio periodístico para la revista SoHo.
Al grano: me encerré con Gina en el estudio de mi apartamento. La saqué del estuche y no pude aguantar la risa al ver esa cara de hueca sorpresa (hueca viene de hueco) y me dispuse a comenzar la faena. No todavía la amatoria: antes de proceder al partido de fondo, la muñeca requiere que se le haga un juego erótico que consiste en acoplar la boca en una válvula y soplar, y soplar, y soplar. Después de soplar a la muñeca por espacio de diez largos minutos, y antes de “soplarse” uno a la muñeca, viene la turbación íntima: “¿Qué estoy haciendo?
El olor a plástico, al cual soy alérgico, me sacó de las dudas. Descubrí que no soporto el perfume natural de las mujeres de hule. Corrí a la ventana y la abrí para dejar que el aire de la noche se llevara los aires de la mujer que acababa de llenar de aire. Era la primera vez que le quitaba la virginidad a una… a una ¡muñeca inflable! Puse un disco de swing para bajarle el tono a la cosa. Me serví un vodkita. Ella no quiso tomar nada y de la música no dijo ni ssssshhhh. Otro trago. Y otro. El disco se acabó y la botella también. Habían pasado 72 minutos y seguía allí, viéndole poco encanto a la pelirroja de artificiales crespos. El vodka comenzó a cogerme y decidí que era hora dehacer lo propio con la muñeca. Camisa para afuera. Adiós luces. Hágale. Ojos apretados. El chiflón por la ventana latigándome la espalda. Huele a caucho. ¡Por Dios!
Encendí las luces. La miré a los ojos, esos ojos en los que no se veían los míos, y le disparé: “Perdóname. No sé qué me pasa. No te preocupes, no es culpa tuya…” En el fondo estaba tranquilo, las muñecas no se reúnen en los baños con las amigas ni se llaman por teléfono para contar que a Marín no le funcionó aquello poco antes de aquello otro.
Los hombres se la pasan soñando con hacerle el amor a toda muñeca que se les cruce por delante y yo, qué ironía, no pude hacérselo a la más muñeca de las muñecas. Ni siquiera pude tirarla bien. La tiré de nuevo al baúl del carro, donde conversa animadamente con una compañera que toda muñeca sabe apreciar: una llanta llena de aire. Quizás descubran juntas su verdadera
afinidad sexual. | carlos marín

Herodes anda suelto en el jardín
Existen ocasiones en que todo el personal está en absoluto descontrol, como un clásico de fútbol argentino, una revuelta carcelaria colombiana, una fiesta de San Fermín española, una orgía sueca, un after party holandés y un recreo en un jardín infantil de cualquier lugar del mundo.
Ochenta seres semiautónomos de cincuenta centímetros de altura, capacidad de aullar en pocas octavas y muchos decibeles, energía medible en unos siete sansones y suciedad natural aderezada con mocos, hacen la debacle transnacional: un gordito está comiendo arena, una niña de capulcito aferra las trenzas de otra como riendas de caballo desbocado, un pequeñín con cara de escribano está en un trance preautista, una pandilla de siete rufianes trata de desmembrar a un amiguito (o enemiguito, mejor), una petite femme fatale se embarra de maquillaje encontrado quién sabe donde, un microsuicida se tira de jeta por el rodadero y al resto no los puedo ver (aunque estoy seguro de que andarán en similares fechorías) porque el gordito se cansa de comer arena y decide tirármela a los ojos. Vaya bienvenida.
Una de las profesoras lo reprende conteniendo la risa. Me acerco a él exhibiendo mi camiseta de Chapulín Colorado cuidadosamente escogida para la ocasión y le digo, para tranquilizarlo, que no contaban con mi astucia. Fue el canto del cisne: los niños ya no conocen al Chapulín, embebidas sus cabecitas de pokemones y digimones. Dejo al gordito desconfiado en su paraíso de arena y me paseo por los predios del jardín, haciendo amistad con una niña que pone a prueba mis exiguos bíceps a base de piruetas gimnásticas que al cabo de un rato me tienen agotado y a ella ávida de más. Una turba se aglomera a mi alrededor, mero trapecio humano, para que los cargue y les dé vueltacanelas. Cuando el recreo se acaba yo estoy prometiéndome que voy a dejar de fumar antes de reproducirme, pues un buen padre deberá tener el estado físico de un maratonista.
Un racimo de niños se aferra de mis manos y me arrastra hacia el interior del jardín; el gordito va detrás pateándome las canillas, un compinche suyo trata de bajarme los pantalones. Estoy a punto de caer, pedir auxilio o sufrir un rapto infanticida. Llego a un pequeño salón llamado ‘La casa de los cuentos’ escoltado por la muchedumbre enardecida (en realidad son unos veinte niños, pero a mí me parece que podrían llenar un estadio). Una profesora mayor a quien parecen obedecer (¡por fin!) los hace sentarse con un gesto marcial. Soy presentado a la concurrencia no como el Chapulín de pacotilla que soy sino como alguien que va a contarles un cuento. Silencio expectante. “Había una vez un niño…”, comienzo, diciéndome que no se valen caperucitas ni bellas durmientes, ni fríjoles mágicos, y ahí aparece el bloqueo de escritor. ¿Qué demonios les voy a contar si lo único que leo son novelas infestadas de homicidios, sexo cochino y malas palabras? “Había una vez un niño...”, vuelvo a empezar, y cuando me quedo callado por segunda vez un futuro abogado penalista me pregunta cómo se llamaba el niño y a qué se dedicaba. “Roberto”, respondo, y todos se abalanzan contra un homónimo que está sentado en la parte de atrás. Cuando están a punto de asesinar al Roberto de carne y hueso consigo decirles que era un explorador galáctico marciano. Ábrete sésamo: se sientan de nuevo. Una profesora que se ha dado cuenta de mi insuficiencia narrativa me alcanza un cuento que empiezo a leer, sobre un niño que se enoja y se le sale un monstruo por la boca, pero un pequeño inquisidor me pregunta dónde está el casco de astronauta que, por supuesto, no aparece en las ilustraciones. “Se lo quitó”, le respondo, pero más que convencerlos desato una avalancha de preguntas: que si era marciano por qué no tenía antenas, que si el papá también volaba en la nave espacial, que si iba armado..., el cuento se convierte en letra muerta. Improviso la peor narración que haya hecho en mi vida y salimos de nuevo “a jugar”, que en realidad es a torturarme. Mientras estoy sentado en el pasto, con una tribu de salvajes saltándome encima, una manito desconocida introduce un insecto por el cuello de mi camiseta. Salto presa del pánico y me sacudo el bicho en una epilepsia cómica. El animalejo se ha escurrido hacia mis calzoncillos y termino bailando un jarabe tapatío demente. Risas, carcajadas, por primera vez: para ellos mi danza es mejor que el cuento mediocre y las vueltacanelas.
Me voy de allí pensando que se aprovechan de mi nobleza. | antonio garcía ÁNJEL

El blues del autobús
Siempre me han llamado la atención los músicos ambulantes. Acepté la invitación de SoHo para aventurarme en una profesión, en un rebusque, que es muy propio de nuestro país. Detrás de quienes estamos grabando, vendiendo discos y sonando en la radio, hay una montaña de músicos heroicos y anónimos. La vida de un músico está en constante movimiento, pero en Colombia tiene movimiento hasta en la interpretación. Escenarios móviles a 60 k/h por diferentes carreras a espaldas de lo que pasa en las calles. Una prueba de esfuerzo, perseverancia y equilibrio.
En otros países, los ámbitos urbanos sirven para quienes quieren mostrar su arte. Inclusive grupos como U2, en Rattle & Hum, lo han hecho. Músicos que pareciera que tuvieran más de dos manos y piernas, para tocar simultáneamente la dulzaina, la guitarra, los platillos y demás.
Durante una hora y doce minutos fui parte de las informales estadísticas de los choferes: según ellos, uno de cada cuatro vendedores ambulantes que se suben a un bus son músicos. Con tanta competencia, el debut fue de primera: en dos buses pedí permiso de tocar y en ambos me abrieron las puertas de atrás. Los conductores siempre ayudaron, y le bajaron el volumen al radio. Toqué de la calle 73 con séptima hasta la cien con Suba y luego de allí hasta la 73 con once. Reuní $5.900. Toqué El carretero y Quiero verte sonreír de Carlos Vives; y también Sueño, mi canción, que está de número dos en los listados. Entre frenadas, hay que conectar con las miradas de los incrédulos espectadores, que afortunadamente demostraron con una moneda su aceptación.
Después decidí montarme otra hora entera y repartir todo lo que me había ganado entre los músicos que se iban subiendo. Para ellos van todos mis respetos. Ojalá algún día tengan dentro de su repertorio alguna canción mía. Y que los concursos de la Alcaldía de Bogotá para estos artistas sean masivos como los de Giulani en Nueva York. Así Bogotá puede tener este tipo de escenarios urbanos y espontáneos que hacen que la estación de Times Square sea el escenario más apetecido para ellos, como puede ser Carnegie Hall para la hoja de vida de un músico de gran trayectoria. | FONSECA

A Dios lo pintan calvo
Nama Kirtan me marcó la frente con barro del río Ganges y me acompañó a la calle en mi primer día como Hare Krishna. Caminé cantando y gritando con mis platillos, mientras la gente me miraba como si fuera un alien.
Antes de encontrarme rapado de esa manera, con dhoti en lugar de pantalones y bailando en plena calle, fui al templo que queda en la Caracas con 32, en el centro bogotano. Golpeé. Y me abrió Nama Kirtan. Nama Kirtan, en la vida de los demás mortales, respondía al nombre de Ricardo Durán. Tiene 26 años. Es el vicepresidente del templo y vestido de jeans y saco negro tenía
menos cara de Hare Krishna que yo.
Supuse que me iban a someter a un interrogatorio, pero quien más pregunté fui yo. Hablando con Nama supe que su religión es la más antigua del mundo; que tienen 30 templos en Colombia; que Hare significa energía y Krishna, Dios; que cada uno de estos templos es administrado con autonomía por un presidente, pese a que dependen espiritualmente de un swami, o monje renunciante y célibe. Supe que a cambio de prestar servicios de aseo, cocina y predicación cada monje recibe 250 mil pesos para sus gastos personales, y que la vivienda, la salud y la comida corren por cuenta de la comunidad. Supe que su sustento no proviene del incienso (todavía lo venden pero ya no en los buses sino al por mayor); proviene de los restaurantes vegetarianos (4 mil pesos el menú corriente y 6 mil el especial), las clases de Yoga (20 mil pesos la sesión por persona) y la venta de literatura, cd roms y hasta ropa made in India (el precio de los productos vendidos en la boutique del templo oscila entre 5 y 90 mil pesos). Supe que el cantante de música llanera Inaín Castañeda es devoto. Y también supe, aunque tardíamente, que no hacía falta raparse para ser Krishna, porque el aspecto de un monje es tan voluntario como la frecuencia para asistir al templo o las donaciones. Desde el momento que le dije a Kirtan que quería probar su estilo de vida hasta que me reporté al comandante, que es el monje que asigna los servicios del día, todo iba bien. Aparte de soportar un menú vegetariano, con sopa de brócoli y ensalada de balúes, ser Hare Krishna no parecía tan difícil. El problema empezó cuando tuve que salir a la calle. El trabajo de un principiante se limita a acompañar a los demás en las labores diarias. Salir a la selva urbana a demostrar que para orar no se necesita estar arrodillado hace parte clave de su orden del día. Allí estaba yo. De principiante. Bailando y orando en plena calle a la luz del día. Tocando platillos. Cantando en idiomas que desconozco mientras la
mirada de transeúntes conocidos y desconocidos me confirmaba que afuera del templo la gente y sus miradas eran mucho menos tolerantes que dentro de él. Aunque los monjes Hare no salen a la calle a recoger donaciones mientras cantan, toda comunicación con Krishna debe hacerse con gracia y esmero. Y yo, a pesar de estar dispuesto y concentrado en hacerlo bien, tengo esmero pero no gracia: mis pasos siempre entraron a destiempo y mi voz estuvo más destemplada que las miradas de la gente. Más allá del blanco de mis ropajes (el azafrán es para los célibes) era mi torpeza la que hacía evidente mi condición de novato.
Gracias a Hare –¿o a Krishna?– ya eran las 5:00 p.m. y debíamos regresar al templo para preparar el sundar-artik. El programa de la tarde es abierto al público, y me impresionó la cantidad de gente joven que visitaba el templo: por lo menos unos 15. Todo olía a incienso y a flores frescas. Las voces eran amables y sentado en medio de los demás oí la parábola del Bagavad-Gita (biblia hindú) que hablaba de la reencarnación. Después rotaron unos pasabocas de carne vegetariana. Y algunos se fueron y los que nos quedamos cenamos con leche tibia y torta de zanahoria. A eso de las 10:15 p.m. nos fuimos a dormir en cuartos de a dos. Como ya había pasado el noticiero nadie quiso ver televisión; “a pesar de no estar prohibido, a nosotros no nos interesa gastar tiempo en programas llenos de sexo y mensajes de autodestrucción”. Nama Kirtan me recibió en su cuarto. Un camarote, dos cuadros, cuatro paredes blancas y un cubrelecho azul cielo traían a la memoria imágenes del servicio militar pero con una extraña sensación de paz interior. Aunque estaba muy cansado no pude conciliar el sueño en la parte de arriba del camarote.
Me levanté al día siguiente a las 4 a.m., me bañé con agua fría y me despedí de ellos justo antes de los rezos matutinos. Confieso que todos me parecieron queridos y honrados en su creencia. Hasta me hubiera quedado, si no fuera porque la vida de un Hare Krishna exige demasiado para un cuerpo y alma como los míos, que ni siquiera aguantan una misa católica sin bostezar en medio del evangelio. | Diego carvajal

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