En un país tan inseguro como este es normal que algunas personas nos volvamos rígidas para evitar problemas. Y ese es mi caso aunque sé que es un tanto exagerado. Debido a mi trabajo, que se basa en la explotación de unas minas de mi propiedad, gano muy bien y por eso debo cuidarme.

Aunque siempre fui muy prevenido, mi desconfianza aumentó considerablemente a partir de un robo que me hicieron hace 20 años, en el que encontré a uno de mis empleados amordazado en mi oficina y el lugar desocupado. Yo estaba seguro de que habían sido mis propios trabajadores. A partir de ese momento comencé a despedir obreros y contratar nuevos cada mes, para evitar que se hicieran amigos y pudieran planear otro robo.

Pero eso no me dejaba tranquilo. Años después, a mi cuarto le quité la vieja puerta de madera y le puse una nueva de metal, de diez centímetros de grosor, con tres cerrojos, pasador y cadena. Convertí mi habitación en un fortín. Pero no era suficiente. Todo el mundo me miraba maliciosamente y mis vecinos, que conocía de toda la vida, me empezaron a parecer sospechosos.

Antes de llegar a mi casa daba vueltas durante 15 minutos por el barrio para despistar a quienes me podrían estar siguiendo, mandé a que le pusieran cierres a los bolsillos laterales de todos mis pantalones para que no me robaran en la calle y decidí no volver a usar el teléfono de mi casa para que nadie interceptara mis llamadas.

Cuando era estrictamente necesario contestar alguna llamada familiar, hablaba en clave para despistar a los que me tuvieran ‘chuzado‘ el teléfono. Entonces mis hermanos me obligaron a ver a un psiquiatra, pues consideraban anormal mi comportamiento.

Fui a regañadientes para darles gusto nada más, y un doctor, tras varias citas y exámenes, me diagnosticó una supuesta esquizofrenia paranoide, y me ordenó unos medicamentos antipsicóticos del tipo D2, que actúan sobre la dopamina que, por su condición de neurotransmisor estimulante, debe atacarse para moderar las reacciones emocionales.
 
Durante tres semanas estuve tomando cloxapina hasta que sus efectos colaterales no se hicieron esperar: aumenté mucho de peso, sufrí de altas fiebres y la piel se me puso hasta amarilla. Entonces, en un momento, sospeché de quienes me trataban y suspendí el tratamiento.

Hoy en día, varios años después de esa desagradable experiencia, sigo sintiendo que, en todo momento, alguien me sigue. En ningún lugar me siento seguro y desconfío de todos. No tengo amigos y nunca me casé. Cancelé mi cuenta bancaria —solo manejo dinero en efectivo y lo guardo en un lugar seguro—, uso ropa vieja y el mismo carro de hace 25 años para no levantar sospechas y, si tengo que hacer una llamada, prefiero salir a comprar minutos en la calle, teniendo yo celular.

Mis hermanos dicen que me he vuelto más agresivo, que mi apariencia personal está descuidada y me consideran una persona asocial. Pero a mí no me importa. Prefiero mil veces manejar un bajo perfil, con tal de despistar a quienes estén interesados en robarme de nuevo. No sé si realmente estoy enfermo, pero prefiero pecar de prevenido.

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