Durante el enamoramiento el universo se reduce a una sola persona que a la vez es sujeto y lente para percibir -muy borrosamente- lo demás. Por fuerza, esta distorsión es una fiebre, es una enfermedad.. Don Jorge Manrique lo definió hace un poco más de medio milenio:

Es placer en que hay dolores,
dolor en que hay alegría,
un pesar en que hay dulzores,
un esfuerzo en hay temores,
temor en que hay osadía;
un placer en que hay enojos,
una gloria en que hay pasión,
una fe en que hay antojos,
fuerza que hace los ojos
al seso y al corazón.

Tantas contradicciones juntas conducen a ese estrujamiento del seso. Por eso mismo, algunos años después, unos ciento veinte, don Francisco de Quevedo se refiere al amor como "hielo abrasador", "fuego helado", "libertad encarcelada", y acaba definiéndolo: "el que en todo es contrario a sí mismo".
Nadie más indefenso, menos racional, menos interesado en ser inteligente y -por lo tanto- menos perceptivo que un individuo enamorado. Nadie más preverbal. Quien está enfermo de amor no está interesado en las palabras: lo único que le atrae es lamerse, tocarse, acariciarse, morderse con aquella única parte del mundo que para él existe, el objeto de su amor, ella o él, ésta es patología que no distingue entre los sexos. Los enamorados no piensan, no hablan, no verbalizan. Oliverio Girondo enumera los verbos de los enamorados en un poema largo que voy a transcribir entero porque es necesario y, también, porque es higiénico contaminar de poesía esta revista:

Se miran, se presienten, se desean,
se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se desnudan,
se adormecen, despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan, se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden y se entregan.

¿Si ven que no hablan? Y como las facultades que no se ejercitan terminan por atrofiarse, el enamorado, ocupado soldándose, derritiéndose, enlazándose, meneándose, enarcándose, babeándose, etc., y además perdido en contradicciones y desentendido del sentido común, no posee la capacidad de decir algo coherente: tal vez ésta es la mayor dificultad para escribir el poema de amor, pues su condición anterior es que el autor esté enamorado, un estado larval de balbucidor escaso de palabras, palabras que a su vez son la materia prima del poema.

Con arrogancia podría resolver el nudo gordiano al que llegué diciendo que, bueno, si uno es poeta, entonces sí es capaz. Pero no, ya se sabe, toda solución arrogante lleva consigo la mentira. Es falso que existan los poetas y los demás. El poeta es un sujeto común y corriente que cree en el poder mágico de las palabras. Es cuestión de creencias. Cualquier otro individuo común y corriente puede llegar a tener la misma fe. En el caso de la poesía, basta con ensayar para darse cuenta de las virtudes curativas del verbo. Incidentalmente, creo que el enamoramiento es un estado para que cualquiera ensaye a escribir un poema, a decirle su amor a la amada en una boletica. Lo más seguro es que no ingrese con él a la historia de la literatura universal, pero a lo mejor va a conseguir que lo quieran más. Y esto es más que suficiente.

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