Necesitamos que las piezas incluyan música, debemos escribir en un castellano que pueda ser entendido por cualquier hispanohablante, evitamos temáticas locales, no usamos palabrotas ni mencionamos a personajes de la actualidad. En esta etapa colabora con nosotros Roberto Fontanarrosa, aportando sublimes chistes a las obras en elaboración.

Terminada la primera versión de un texto, que pudo haber llevado meses de trabajo, el autor lo muestra a los demás integrantes. Es el momento de reírnos con los nuevos chistes, lo que ya no ocurrirá cuando los hayamos escuchado por centésima vez durante los ensayos. También es ocasión de comentarios y propuestas de cambios o agregados. El autor de la pieza será quien decida qué hacer con esas sugerencias: optará por incorporarlas, ignorarlas u ofenderse por la incomprensión de sus compañeros. Ya hemos comprobado que el humor no es una ciencia exacta: antes de presentar las obras al público nunca sabemos qué recibimiento tendrán, y es raro que coincidamos en nuestros
pronósticos.

Alguno de nosotros toma ese texto para ponerle música. Ese compositor deberá estudiar el estilo musical que corresponda, informarse a veces sobre géneros que no conocía, cuidar que el texto cantado sea inteligible y recordar que el chiste es soberano, para no conspirar contra él con ornamentos musicales prescindibles. La tarea de composición lleva menos tiempo que la escritura de la letra: por lo general bastan unos pocos días.

Llega el momento de ensayar. Uno de nosotros se encarga de coordinar nuestro trabajo con el de los asistentes en escena y técnicos en sonido e iluminación, quienes suman una decena de personas. Sentados ante los atriles deletreamos lo que el compositor escribió; más tarde leemos los diálogos y empezamos a actuar. Nuestras puestas en escena son despojadas, funcionales, siempre subordinadas a la idea humorística: se trata de que los chistes se entiendan con claridad y de conseguir un buen tiempo escénico, un ritmo continuado. Durante los ensayos la obra puede enriquecerse con improvisaciones y nuevas ideas. A veces la pieza incluye un nuevo instrumento informal cuya técnica de ejecución debemos aprender. Cuando ya hay una primera versión de la obra se filma un video, que nos permite vernos desde afuera y comentar lo que nos parezca mejorable.

Presentamos la pieza ante el público, disimulada dentro del show cuyas últimas representaciones estamos haciendo. Como para nosotros la manera principal de evaluar su éxito es la risa que provoca, la prueba se graba con un micrófono dirigido hacia los espectadores, para poder más tarde precisar cuánto se rió la gente. Si se rió, porque a menudo algunos juegos que nos divertían son recibidos con indiferencia. Por fortuna también ocurre lo contrario: chistes que suponemos destinados al fracaso resultan misteriosamente eficaces. Es raro que las piezas funcionen sin fallas en su primera versión; por lo general requieren cortes y ampliaciones, y algunas fracasan del todo. Muchas veces estos preestrenos nos producen una impresión pobre, al compararlos con las pulidas obras que estamos interpretando en el espectáculo anterior, repetido y perfeccionado durante muchos años. Hay que sentarse entonces a revisar los proyectos y hacer nuevas versiones. A lo largo de varios meses hacemos este trabajo, canción por canción, hasta que sumamos los cien minutos que duran nuestros espectáculos.

Poco antes del estreno decidimos un orden del programa. Algunas de nuestras reglas para que el show tenga una buena curva son: la primera obra debe ser fuerte; la segunda puede aflojar, pero es vital levantar la puntería desde la mitad del espectáculo; la pieza más contundente va al final, y el bis, habitualmente tomado del espectáculo anterior, debe ser eficaz. También buscamos alternar los géneros populares con los clásicos, las piezas grupales con las de solista, y los diferentes luthiers como protagonistas. En esos días hay que inventar un título para el espectáculo y simpáticos nombres para las canciones; es momento de posar para las fotos del programa y dar reportajes a la prensa.
Al fin nos mudamos a Rosario, ciudad oficial de nuestros estrenos, donde podremos pulir el show durante dos semanas ante un público fervoroso. El momento del debut nos encuentra cansados, nerviosos, abotagados por tanta pizza engullida durante los ensayos; las letras y músicas están apenas aprendidas, y el escenario se puebla de disimulados papeles con recordatorios de textos. Finalizado el estreno, llega la gloriosa cena de festejo con el equipo técnico, productores y familias, éstas felices de reconocer por fin nuestras caras.

Al día siguiente nos reunimos en el teatro para ver el video del estreno, comentarlo y hacer los retoques más urgentes. El show cambiará en esas dos primeras semanas rosarinas, y luego en sus primeros meses de vida en Buenos Aires: haremos modificaciones dentro de las obras, tal vez también en el orden del programa, y a veces suprimiremos alguna pieza. Y continuará puliéndose a lo largo de los años que nos llevará representarlo en países.

Aunque no inventemos cada uno de sus elementos entre todos, consideramos que el espectáculo es obra del grupo en su totalidad: firman nuestras letras luthiers que jamás han escrito un renglón, firman las músicas quienes ignoran qué es una corchea. Pero cada uno de nosotros aporta todo lo que puede y sabe hacer, y el show lleva la firma orgullosa de los cinco.

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