A mediados del siglo pasado, el alemán Sengz William Hendrich inundó el planeta con bolas de billar fabricadas con resina fenólica. Hoy las más apetecidas se siguen produciendo con base en esta mezcla, que es cinco veces más resistente que cualquier bola elaborada con algún tipo de poliéster o polímero.

Las mejores se fabrican en Bélgica, Francia, Inglaterra y Japón, gracias a un proceso que generalmente tiene 13 pasos técnicos y toma 23 días en los cuales, minuto a minuto, la transformación de la resina fenólica en bola de billar está supervisada por equipos computarizados (únicos capaces de garantizar diámetros, peso y esfericidad perfectos). El primer día se hace la selección y curado de la mezcla y en las tres semanas siguientes un software especial, cuyo funcionamiento es objeto de celo riguroso por parte de los fabricantes, se encarga de aplicar la coloración y numeración de las bolas de manera tan precisa que cualquiera encaje perfectamente como reemplazo de otra -de la misma marca- sin que un jugador pueda notar la diferencia. Cuando la tecnología ha hecho lo suyo, justo después de la última etapa, la de brillado, un equipo de empleados lleva a cabo un chequeo manual del producto antes de que las bolas dejen la fábrica y comiencen, literalmente, a rodar por el mundo.

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