El truco, tan viejo y simple como el pan, sigue desencajando caras y arrancando aplausos entre el público como desde los tiempos en que P.T Selbit, mago británico, lo presentó en sociedad. Fue exactamente en 1921. Luego otro pionero del ilusionismo, Horace Goldin, lo popularizó en Estados Unidos. Yo he dividido y he ganado (la admiración de mi público) con el principio de Goldin, el que sigo usando después de más de 20 años que llevo presentándome en pueblos de toda Colombia. Funciona así: se usan dos personas y un cajón previamente cortado en dos. Una está adentro y en posición fetal desde antes que se anuncie el número. La otra es mi asistente, una atractiva mujer a la que he tenido el gusto de partir en dos incontables veces. Una vez se mete en la parte superior recoge sus piernas mientras yo le doy vuelta al cajón. Cuando la parte delantera, donde deben sobresalir sus extremidades, queda escondida al público, la otra saca rápidamente las suyas. Así cabeza y pies pertenecen a dos personas diferentes. Después viene lo que en realidad es la esencia de todo acto de magia: la habilidad del que lo hace para crear tensión entre su público. Muchos recurren a efectos cómico-grotescos (se ponen atuendos de cirujano, anuncian que una ambulancia aguarda afuera en caso de algún accidente; en lugar de la sierra normal utilizan sierras eléctricas, hachas, etc.).

Yo prefiero el serrucho normal, el instrumento con que los grandes magos de antes trabajaron. Antes de utilizarlo en el cajón corto un pedazo de madera gruesa que pongo en una mesa acompañante. Todo lo hago con mucha parsimonia. Así la gente se da cuenta de que no estoy cambiando nada y que el instrumento es de verdad y está afilado. Luego lo paso por el cajón simulando encontrarme huesos duros de aserrar. Mi asistente por su lado cierra los ojos, suelta un quejido, y después queda como en trance. Retiro el serrucho y separo un poco las dos partes y le pido a mi ayudante que mueva los pies y la cabeza al tiempo. A veces pongo aserrín dentro del cajón para que caiga cuando separo las partes y el efecto sea mayor.

Es tan sencillo que a muchos les parecerá tontísimo ahora que lo saben. Pero el encanto de la magia no está en los procedimientos. Los magos más sosfisticados de ahora como Copperfield y Blaine siguen principios que fueron inventados hace más de un siglo como por ejemplo los juegos de espejos que hacen desaparecer partes del cuerpo o cosas. El encanto de la magia para mí reside en el acuerdo tácito entre mago y espectador, en las ganas de creer de uno y las habilidades para hacer creer del otro. Por eso revelar un truco como este no es pecado, total se puede encontrar en un manual de cincuenta mil pesos que cualquiera puede encargar por internet. El verdadero pecado es negarse a creer. O peor aun: hacer serrucho.

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.