Claudia sujeta el timón con la mano derecha, mientras que con la izquierda toma uno de los dos radioteléfonos en la cabina para recibir instrucciones. No luce enredada, hablar no merma su habilidad para acomodar el camión en reversa junto a una descomunal pala mecánica de ochenta toneladas de capacidad que pronto llenará su vuelco de arena y rocas. Con cada descarga el camión se tambalea como si se fuera a desbaratar, lo que no logra inmutarla. El que opera la pala, pita para indicar que el camión está cargado, y Claudia emprende uno de los más de veinte viajes de tres kilómetros que suele hacer durante su turno, dominando, con sus 22 años y su metro sesenta de estatura, un camión de siete metros de alto que cargado pesa 420 toneladas, el equivalente a 341 Renault Twingo.

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Todo en El Cerrejón es descomunal. El paisaje se asemeja al de una película futurista, donde los robots han tomado el control de un planeta desolado. Aquí, altas máquinas ruidosas a las que no se les ve ser humano que las conduzca dominan el lugar. Circulan por la izquierda, como si La Guajira fuera Inglaterra, por vías destapadas de treinta metros de ancho con bermas de dos y medio metros de alto. A diferencia de una película de ficción, el escenario no es producto del caos entre robots y humanos, sino de la explotación de la mina de carbón a cielo abierto más grande del mundo. Y vaya cielo; en esta esquina de Colombia con pocas nubes la canícula no es lugar común ni frase obligada, sino una realidad que golpea nucas y hierros por igual.

Al lugar de 69.000 kilómetros cuadrados se le conoce como La Mina. En ella hay seis puntos, llamados tajos, de donde actualmente se extrae carbón; de lo que produzcan Oreganal, La puente, Tabaco, Patilla, Tajo 100 y Comuneros depende que en muchas ciudades de Estados Unidos, Europa y China se pueda generar energía eléctrica. Nada de lo que produce El Cerrejón se consume en Colombia.

A falta de petróleo, el carbón ha sido una bendición para esta región. Motivada por la abundancia del cercano Golfo de Venezuela, a La Guajira llegó la Exxon hace casi tres décadas buscando oro negro, del que no encontró una sola gota. Sin embargo dio con otra fuente de energía, negra también, pero con una densidad considerablemente superior y una rentabilidad significativamente inferior. Hay quienes dicen que La Guajira sí tiene petróleo, pero que es necesario buscar mucho más profundo de lo que se ha hecho hasta ahora. Mientras ese día llega —si llega—, el Cerrejón no es para nada un mal negocio, más allá de que un barril de lo primero pueda llegar hasta los 100 dólares, mientras que una tonelada de lo segundo llega con lo justo a los 60.

Pero extraer carbón no es simplemente abrir un hueco de 200 metros de profundidad y 680.000 metros cuadrados, como el Tajo 110. Tras un estudio para determinar si en la zona hay carbón, se hace una cuidadosa mudanza. Primero sacan a los animales que no pueden recorrer grandes distancias en poco tiempo, reptiles como serpientes e iguanas; luego trasplantan los árboles a otra zona y, por último, cuando la capa vegetal está desnuda, la enrollan como si fuera una alfombra y la ponen en otro lugar. Son seis los tajos que hoy funcionan, pero una operación que lleva 25 años extrayendo carbón de la tierra ha estado en muchos lugares de La Mina. Hoy ya no se ven, y solo se intuye que alguna vez existieron porque la naturaleza ha vuelto a estar ahí.

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Si la cabina para dos personas del Caterpillar de Claudia no tuviera aire acondicionado, manejarlo sería aun más difícil, aunque por muy fresco que se mantenga el ambiente interior, cada vez que la puerta se abre entra una corriente de calor que quiere derretir la cara, mezcla de los más de 35 ºC del ambiente y de la potencia del motor. Sin embargo, no es por tan sencilla pero importante comodidad que ese camión cuesta un millón de dólares.

Se trata de un 240, que no es el peso de la máquina, sino la capacidad de toneladas de carga de su vuelco. Vacío pesa 180 toneladas, de ahí las 420 con las que debe lidiar Claudia cada vez que va cargada, no de carbón, sino de estéril, nombre que se le da a la tierra, roca y otros materiales diferentes al carbón que se sacan de los tajos. El estéril se vierte en botaderos cercanos o se usa para construir y reforzar las bermas de más de dos metros de alto.

Para esta misión, que no es menor porque en El Cerrejón por cada camión lleno de carbón salen siete cargados de estéril, se usan, además de los Caterpillar 240 de un millón de dólares, los Hitachi 320, que cuestan el doble. El carbón es materia exclusiva de los 190, más pequeños en capacidad de carga, aunque no en tamaño, ya que al ser "livianos" pueden recorrer distancias más largas hasta los silos donde se almacena el mineral antes de ser transportado en tren hasta Puerto Bolívar, en la península de La Guajira. A lo largo de los 40 kilómetros de vías destapadas hechas especialmente para ellos circulan 120 camiones de 320 toneladas, 70 de 240 y 38 de 190. El ballet de las máquinas pesadas opera 24 horas al día, 364 días al año: solo se detiene los primeros de enero. Para no hacer del lugar una nube de polvo de más de 40 kilómetros cuadrados, transitan además tanqueros con 20.000 galones de capacidad que van regando los caminos con una mezcla de agua y químico que conserva la humedad y hace que gran parte de la tierra se mantenga compacta en el suelo, en lugar de estar volando suelta por los aires.

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Para bajar del camión que ha sido su segunda casa desde hace un año, Claudia necesita dos escaleras. Cuando está en tierra, la vida vuelve a adquirir sus proporciones justas y se puede detallar el coloso que maneja.

El camión tiene siete metros de alto, lo que equivale a un edificio de tres pisos —de ahí que sea literal y no figurativo lo de su segundo hogar—, un motor de 1700 caballos de fuerza y un tanque al que le caben 1000 galones de diésel (a un Twingo le caben 10,5 galones). Tiene espejos retrovisores de más de un metro de largo y seis llantas, cada una de 3,40 metros de alto y un valor de 70 millones de pesos. El manual dice que hay que rotar las de adelante con las de atrás cada 25.000 kilómetros y que la vida útil es de 78.000. Una llanta se infla con 115 libras de nitrógeno para evitar que sean inflamables, cambiar una de ellas puede tardar hasta hora y media, y solo quitar y poner las 84 tuercas del rin de hasta 63 pulgadas (contra las 13 pulgadas del Twingo) toma 40 minutos. Es imposible hacer toda la operación sin un montallantas de 25.000 libras de capacidad, única manera en la que se puede manipular una de estas llantas, que pesa cuatro toneladas —siete si se suma lo que pesa el rin.

Detrás de estas cifras industriales y de un casco marcado con su nombre, unos anteojos de protección, un chaleco reflectivo y botas de puntas metálicas, está Claudia Bonilla Pushaina, de madre wayuu, una de las diez mujeres que manejan un camión de estos en El Cerrejón. Con el tiempo se ha acostumbrado a maniobrar el peso muerto de la máquina, que hace que una curva tomada a gran velocidad —que en este caso no son más de 30 km/h— mande a cualquiera contra la ventana, tipo Automan, pero en cámara lenta. Cuando frena, el camión se mece durante un buen rato hacia atrás y adelante, como si fuera una cuna. Ella ya no nota este pequeño detalle.

Para estar al frente de su 240 debió pasar por cursos de hidráulica, mecánica, electricidad y electrónica en el SENA, y por varios meses de entrenamiento en un simulador. Sus números están por encima del promedio, porque mientras sus compañeros que cargan estéril hacen alrededor de 20 viajes diarios hasta el botadero del tajo Patilla, ella puede completar 28.

Su esquema de trabajo le garantiza largas horas de maniobras, pero también prolongados descansos. Es llamado 2-1-2-3 y quiere decir que por dos días de trabajo en turnos de 12 horas —un turno diurno, el otro nocturno—, tiene uno de descanso, luego dos días de trabajo en turnos de 12 horas nuevamente y por último tres de descanso. Así, cada una de las personas que trabaja en los tajos termina laborando 15 días al mes y descansando los otros 15.

Las jornadas de 12 horas son posibles gracias a que Claudia recibe al comienzo de su turno lo que en La Mina llaman lunch: una ración con dos comidas, dos gaseosas, dos jugos, fruta, papas fritas de paquete, salchichas enlatadas y galletas de soda. La cocina del lugar produce 2200 de estos lunch al día y para comerlo puede ir al lugar del tajo llamado "línea", una serie de vagones blancos con baños, aire acondicionado, máquina de café, dispensador de agua y horno microondas para calentar la comida.

El pueblo donde vive con su padre y su abuelo se llama Barrancas, queda a 20 minutos de La Mina y la mitad de su bandera es de color negro, en honor al carbón. Su población es de 20.000 habitantes y apenas dobla a la del número de trabajadores del Cerrejón, que llega a 10.700. Su sueldo le ha permitido darse una mejor vida; todos los meses pasa un dinero para los gastos de la casa, su cuarto tiene aire acondicionado y a su madre le regaló una nevera para que vendiera boli y chicha. Su sueño es construir una casa y espera hacerlo pronto; por ahora su padre le ha regalado un solar al que ella ya mandó a podar, sembrar árboles e instalar acueducto. Cuando tenga suficiente dinero construirá una casa "cachetosa", como dice ella, con pisos de baldosa, buenas puertas de madera y dos cuartos de cuatro por cuatro. Más cercano en el tiempo, el próximo fin de semana irá a Maicao a comprar un bolso grande y unas sandalias de plataforma marca Tommy, todo por un valor de 300.000 pesos.

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La tonelada de carbón mineral se paga a 60 dólares en el mercado internacional, y el Cerrejón vendió el año pasado 32 millones de ellas, muchas más que los tres millones que exportó en 1985, su primer año de operación. Las regalías se las dividen en partes iguales las tres compañías que operan la concesión, que no son precisamente una pyme. La BHP Billiton es la compañía minera más grande del mundo, su sede principal está en Melbourne, Australia, y trabaja además con diamantes, petróleo, manganeso y aluminio; la sudafricana Anglo American opera en 45 países y se enfoca también en hierro y platino; por último, está la suiza Xstrata, que recibe dividendos también por sus explotaciones de cobre, zinc, níquel, oro, plata y aluminio.

El dinero de la operación le trajo a la región una fuente de empleo que nunca imaginó tener. Tiene una carretera privada de 41 kilómetros que puede ser usada por cualquiera que la necesite en horas del día, y que de seis de la mañana a seis de la tarde tiene paso restringido con convoyes de la Policía escoltando a los viajeros cada hora; un ferrocarril de 150 kilómetros hasta Puerto Bolívar, donde se almacena el carbón en barcos y se envía a todas partes del mundo; y el aeropuerto Jorge Isaacs, donde a diario aterrizan y despegan vuelos de Satena. Dentro de La Mina hay colegio, piscina olímpica, canchas de fútbol y tenis, casas para los empleados, y está también la construcción más alta de La Guajira, dos silos de 76 metros de altura cada uno, el equivalente a un edificio de 30 pisos, donde se almacena el carbón y se carga el tren en movimiento mientras este pasa por debajo de ellos a 1,5 km/h. Llegar a la parte más alta de los silos implica montarse en un ascensor que solo para en el primer nivel y en el último; es un viaje de poco más de un minuto que el calor y la sensación de encierro no hacen muy placentero. Una vez arriba se obtiene la postal inmejorable del paisaje apocalíptico que es La Mina.

Para ser capaces de llenar cada uno de los vagones de 12.800 toneladas que constantemente alimentan barcos de hasta 235.000 toneladas de carga, camiones como los que maneja Claudia no se pueden dar el lujo de parar. Ella, a pesar de ser de las nuevas, es también una de las más eficientes, y espera que en junio le renueven el contrato y le aumenten el sueldo. Para dominar con maestría ese edificio con ruedas que está a su cargo, la empresa la sometió a rigurosos exámenes y le otorgó un permiso especial. Sin embargo, si ella quisiera manejar, por decir algo, un Twingo —para no perder la costumbre—, no podría; no tiene pase de conducir.

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