“¿Qué te pasa, Isita?”, me preguntó el ginecólogo, con tono casi paternal, mientras una enfermera me sobaba la cabeza y Juan Abel, mi esposo, me miraba asustado. “Tengo depresión preparto”, le contesté con esfuerzo, tratando de controlar el llanto. No era una lagrimita tipo Johnson & Johnson de quien entiende el lenguaje del amor, ¡no! Era un llanto desconsolado, agitado, ahogado, incontrolable. Me sentía culpable de no dilatar, a pesar de tener contracciones. Aunque ya estaba llegando a la semana 40 y había ido dos veces a la clínica con la ilusión de tener a mi bebé, hasta entonces solo había tenido las llamadas contracciones falsas.

El embarazo me tomó por sorpresa. Nunca había sido muy maternal y se me metió en la cabeza que tantos nervios y dudas habían bloqueado mi cuerpo para el parto. Muchas mujeres sueñan desde chiquitas con ser mamás. Yo no. No recuerdo haber jugado nunca a la casita con bebés de mentiras y ya grande ni siquiera me atrevía a cargar a los hijos de mis amigas en sus primeros meses. ¿Cómo iba a hacer entonces para dar a luz a una niña?

Esa tarde volvieron los dolores. Yo llevaba un buen tiempo esperándolos. En el curso psicoprofiláctico tratan de aclararte cómo son, en Baby Center (la aplicación más utilizada por las embarazadas tecnológicas) hay diferentes artículos… pero lo cierto es que nadie logra describirte cómo serán esos dolores y eso hace que cualquier cosa que pase en tu cuerpo te genere dudas… la incertidumbre es pan de cada día, hasta que llegan las contracciones de verdad. Son tan dolorosas, tan claras y contundentes que no hay más dudas.

Fuimos a la clínica, conectaron unos electrodos a mi barriga distendida y confirmaron que pronto nacería María Belén. La naturaleza me mostraba, por medio de mis cinco sentidos, su inmensa sabiduría: “El día que vaya a nacer tu bebé no pienses en el dolor, piensa que es una fiesta en la que vas a conocer al gran amor de tu vida”, me había dicho varias veces Ana María, mi profesora. Entonces, entre los dolores de cada contracción, trataba de bailar con compases de inhala, exhala y movimientos de cadera a son de Hanky Panky… pero la barriga se apretaba, se retorcía, se estiraba, se comprimía y ¡las fuerzas solo me daban para pensar en el hp dolor!

Pensaba que estaba honrando mi opción de tener un parto natural. Así lo había deseado y ahora no podía quejarme. Alguna vez leí que los hijos que nacen de manera natural son mucho más unidos a la mamá que los que nacen por cesárea, así que trataba de hacer control mental con mi mantra: “Vale la pena, vale la pena, vale la pena”; las primeras cinco horas funcionó, luego se convirtió en “¿Vale la pena?”. Las horas pasaban, el dolor aumentaba y las contracciones, lejos de ser algo romántico, eran el peor espasmo de mi vida, superaba la vez que en la adolescencia me desmayé por un cólico menstrual. La presión se me subió al techo por el dolor, entonces dijeron que todavía no me podían poner la anestesia, pero que me pondrían un calmante… y así fue. La situación se volvió como de comedia, porque el tranquilizante me tenía absolutamente relajada, pero el dolor seguía igual, solo que yo reaccionaba a este con risas.

Después de 16 horas de doloroso trabajo de parto, el doctor me dijo que tenía que practicarme una cesárea porque, aunque ya había dilatado siete centímetros, la bebé no bajaba. En este punto mi mantra era: “Sáquenla, sáquenla, ¡sáquenlaaaaaaaa!”.

Aleluya, me pusieron la anestesia epidural. Esa inyección de la que hay tantos mitos y a la que uno le tiene pavor hasta que los dolores son tan fuertes que asustan más. El anestesiólogo me pidió que me pusiera en posición fetal y me que quedara muy quieta. Retuve la respiración y el sacó una aguja enorme que no quise ver, en ese punto solo me interesaba que se acallara el dolor. No sentí el pinchazo. Diez largos minutos después no sentía nada. Como si esa panza que convulsionaba y se encalambraba no fuera mía.

Me llevaron a la sala de parto, y la respiración dejó de ser tan fluida, recé, sentí el gran apoyo y amor de mis papás y de mi familia, y que en la sala de cirugía busqué la mirada cómplice de mi esposo, quien me tendió su mano y me dijo: “Fresca, todo va a estar bien”. Yo, que siempre me muestro tranquila, tenía mucho miedo. No sabía bien si de la cirugía, de ver a mi hija por primera vez y asegurarme de que se encontrara perfectamente sana o de la ansiedad que me generaba que no fluyera en mí el instinto maternal.

La cesárea no duele, pero sí se siente como te zangolotean por dentro, se oye, huele a carne quemada, te jalan, te estiran, te cortan, sangras, te limpian, te hablan, todo es revuelto y confuso. De pronto te muestran una personita que salió de tu vientre: “Tu hija. Felicitaciones”. La personita llora, pero no tan duro como en las películas. ¡Te emocionas! Quieres tocarla, no te dejan, Juan toma una foto, tiene los ojos aguados, nos damos un pico como lagrimeado… Papá e hija se pierden de mi vista. Sigue la carnicería, algo pasa conmigo, pero no entiendo qué. El médico pide más de algo, sigue oliendo a carne quemada, hay más sangre, la presión está arriba, me ponen más anestesia, me mueven, me aprietan, me cierran, me llevan a un sitio y me quedo dormida, profunda, tanto que no puedo amamantar a mi bebé.

El personaje que interpreta Billy Murray en Lost In Translation (Perdidos en Tokio) dice que el día más aterrador de tu vida es el del nacimiento de tu primer hijo. “Tu vida tal como la conoces se acaba, y nunca volverá”. Hoy, meses después, solo puedo decir que ese día conocí el amor en su estado más puro. Conservo el recuerdo obnubilado con la única certeza de que ahí estaba mi hija. No tenía ni idea de cómo cuidarla, ignoraba todo sobre ese universo de pañales, lactancia, cólicos y noches en vela y, lo más aterrador, ignoraba lo que era ser mamá. No sabía nada y a la vez tenía claro todo, esa gota de vida le dio un nuevo significado a la mía y la de Juan Abel. Ahora éramos una familia, estábamos completos.

Lea aquí el mismo parto vivido por el hombre 

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