Llegó el día. Hacia las 9:00 de la noche empezaron las contracciones reales. Por las falsas habíamos ido dos veces al hospital y nos habían devuelto. Me sentía salvado cada vez que nos decían: “Hoy no va a ser”. Estas contracciones eran otra cosa, fuertes, descontroladas, me imaginaba que se sentían como el dolor de la apendicitis o como una intoxicación de chuzo de carne de mil en la calle. Salimos de nuevo al hospital.

Yo me sentía fuerte, seguro, aplicando el manual del curso psicoprofiláctico, que sirve hasta cuando el dolor es inmanejable. Mi papá me preguntaba que cómo estaba y yo le respondía que “bien, relajado”, cuando en realidad creo que del susto había dilatado más que Isabel. La cosa se demoró como diez horas. A mí me mandaron a la sala de espera, y a Isabel, a un cuarto de observación al que yo entraba de vez en cuando. Diez horas en las que solo quería un ron y un cigarrillo. Diez horas en las que conocí a cinco papás en la misma situación. Parecía que estuviéramos esperando una entrevista de trabajo después de nueve meses de desempleo, con la diferencia de que en esta oportunidad todos seríamos seleccionados para el cargo de papás. Había de todo. El papá que recibía al primer hijo de la moza; el kamikaze que ya iba para el tercer hijo; el señor de 65 que volvía a ser papá después de 40 años; el ejecutivo que llegaba de un viaje de trabajo y yo. Fuimos los mejores amigos esas horas. De hecho, con uno de ellos hice negocios esa noche. Debería ir más seguido al hospital y hacerme pasar por “padre en espera”.

Finalmente llegó el momento. Yo no quería. Ya me había acostumbrado a la barriga y a hablarle a María Belén desde afuera. El médico, un senséi en este cuento, me notificó que la bebé era muy cabezona, estaba muy grande y que “tendríamos que sacarla por cesárea”. Como dijo “tendríamos”, le pedí que me ayudara a entrar. Me puse la bata, me sentí médico, me tomé mi respectiva selfie y a trabajar. Mi misión era sencilla. Consistía en agarrar la mano de mi esposa y decirle: “Fresca, todo está en orden”. Le pusieron la anestesia que solo duerme de la cadera para abajo y empezó la operación. El aparato que usan, raja y cauteriza al mismo tiempo. Olía a carne asada, había muy poca sangre, mi esposa ya no entendía nada, yo me paraba de vez en cuando para ver cómo la abrían. La directora de neonatos me regañaba y me sentaba. En muy poco tiempo, las manos del médico estaban dentro de la barriga de la paciente y empezó a extraer a mi hija. Yo me había escondido el celular en las huevas para tomar una foto de ese momento. Tenía miedo de sacarlo pero no podía perder ese registro. Saqué el celular, María Belén ya estaba en el aire, como Simba cuando lo presentan en sociedad, y tomé la foto. De pronto, la malgeniada que me regañaba pegó un grito: “¡Qué haceee un celular en la sala de partos!”. Le faltó tirarse como escolta de película, gritando en el aire “nooooooo”. La foto ya estaba tomada. La miro de vez en cuando. Fueron los primeros cinco segundos de la historia de María Belén, que lloraba suavecito. Me cayó bien. Y desde aquí perdonarán, pero hablar del nacimiento de un hijo sin ser cursi me resulta imposible. Me impactó ver algo que por primera vez en mi vida sentí realmente mío. Me cambió la cabeza en cinco segundos. Ya nada era un juego, tenía que protegerla con toda la seriedad del caso. El matrimonio dejó de ser enamoramiento y una gran fiesta para ser el único espacio en el que me siento completamente cómodo. Me fui con una enfermera a limpiar a mi hija y me la dieron para mostrársela a mis papás y a mis suegros. Ella, diminuta y confundida, me agarraba el dedo. Se abrió la puerta y mi papá se atacó a llorar, se derrumbó, solo decía “es muy bonita, está completica”. Lo repetía y lloraba, la quería tocar pero no podía, lo intentaba y retrocedía; y ahí no aguanté más y me empezaron a salir lágrimas de forma automática. Isabel, aún drogada, ya era mamá, yo ya era papá y el mío, tan joven como se ve, ya era abuelo: fueron cuatro nacimientos en uno.

Lea aquí el mismo parto vivido por la mujer 

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