Algunos me desahuciaron como cronista. Me acusan de mentir, de inventar viajes, de falsear testimonios. Un tipo rudo, que en su foto preferida aparece atrás de un fusil, me llama hampón. Se supone que soy novelista, de ningún modo periodista. Espero frente a una imagen de la Virgen del Carmen que no deja de mirarme desde arriba, como si fuera una de esas almas abrazadas por las llamas del infierno. Hace un mes conseguí hablar por teléfono con monseñor José Alejandro Castaño, obispo de Cartago. Los periódicos y las revistas del país dejaron de publicar mis historias, le dije. A manera de expiación, SoHo me propuso confesarme con usted y escribir una crónica sobre mis pecados profesionales. Nada parecía más improbable.

Un monseñor fotografiado para una revista tan descreída, confesa anticlerical; de mujeres desnudas, actrices, modelos, jovencitas y no tanto, de todos los colores, de todas las tallas, unas pocas Marías, ninguna virgen. A nuestros nombres idénticos los diferencia el segundo apellido. El suyo es Arbeláez, que significa árbol frondoso. El mío es Hoyos, donde se supone que estoy enterrado sin remedio. Contra todo pronóstico, monseñor José Alejandro Castaño aceptó recibirme en su casa.

La mujer que me anuncia lo llama Excelencia, esa virtud que no admite errores. La catedral es una réplica a escala de la basílica de San Pedro, en el Vaticano. Tiene su propio cementerio y una cripta de osarios con cientos de difuntos, muchos de los cuales, imagino, rogaron en sus misas por el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. El reloj del campanario está adelantado un minuto y se eleva a 20 metros. ¿Que el edificio más alto de una ciudad sea la torre de su basílica revela el tamaño de la fe de sus habitantes? Monseñor me dirá después que el pecado más común que escucha en la confesión es la infidelidad de los casados y el vicio de arriesgar el dinero en bingos y juegos de azar.

Cartago tiene 120.000 habitantes y casi 40.000 motocicletas, el mayor número porcentual del país y uno de los más altos de Latinoamérica, pero nadie parece saber el número exacto de sus casinos. Hasta hace unos años, el hombre detrás del millonario botín de las apuestas era Ariel Rodríguez, a quien todos llamaban el Diablo, miembro del cartel del norte del Valle, lugarteniente de la organización criminal de Rasguño y su jefe de sicarios más temido. La mafia es Dios en las calles de Cartago. En once años, por culpa de la corrupción y del narcotráfico, el municipio ha tenido ocho alcaldes: tres titulares y cinco encargados. El último de ellos murió de un ataque al corazón mientras celebraba el Día del Amor y la Amistad. A veces, en las afueras del pueblo, aparecen hombres y mujeres sumergidos en recipientes con ácido, una forma de sentencia común en estas tierras legendarias. Confío en la absolución de mis culpas, le digo a José Alejandro Castaño obispo. Mi mayor pecado profesional es este:

En diciembre de 2010 me porté como un cretino en contra de Casa América de Cataluña, una de las instituciones de promoción cultural más importantes de España. Y uno fue el sujeto a quien casi desquicié todo ese año, sobre todo a él: Marc Caellas, su gestor de proyectos, dramaturgo, director de teatro, un creador lúcido, también cronista. Él creyó en mi talento. Once meses antes, Marc consiguió que Casa América apoyara una idea mía: la escritura de seis crónicas sobre las repúblicas bolivarianas, a propósito de las efemérides del bicentenario.

No fue difícil sustentar aquello: la Independencia como legado, como cosa cierta, sigue siendo una metáfora inconclusa, una promesa que aún no nos ocurre, no a todos. ¿Son posibles las promesas de justicia que se repiten en nuestros himnos, en las arengas del Libertador aprendidas de memoria en las escuelas? Me propuse hacer un recorrido por las repúblicas libertadas por Simón Bolívar y, alrededor de los monumentos, las estatuas, los museos, de las calles con su nombre, construir un relato en seis capítulos. Antes había un nudo que desatar.

El dinero que finalmente me entregó Casa América de Cataluña no alcanzaba para cubrir los gastos de los viajes. Mario Jursich, director de El Malpensante, surgió como un milagro. En marzo de 2010, su revista decidió sumarse al proyecto a cambio de poder publicar mis crónicas de la Independencia. Había dos condiciones para que El Malpensante usara esos textos: que únicamente podía hacerlo en una sola edición, es decir, las seis crónicas de una vez, y solo después de que Casa América de Cataluña lo hubiera hecho en España. Todos tan contentos.

El presupuesto de Marc Caellas era que mis viajes comenzaran de inmediato para editar un libro y presentarlo durante una exposición sobre las independencias de la América española que celebrarían en Barcelona, en agosto de 2010. Pero eso no fue posible. Los viajes solo comenzaron en septiembre, cuando El Malpensante por fin logró financiar los itinerarios a Panamá, Ecuador, Perú y Bolivia.

Se suponía que en medio de esos recorridos yo escribiría las crónicas y que entregaría el material antes de finalizar noviembre. Parecía lo justo: Casa América de Cataluña ya me había esperado muchos meses, ahora debía hacer mi parte, tronar los dedos y cumplir con lo prometido, con lo ya pagado. Fui yo quien aceptó ese plazo, ingenuo, torpe, pecador. Y simplemente no fui capaz. Aquello me rebasó lo mismo que un río.

En Santa Marta, en la Quinta de San Pedro Alejandrino, hablé con la mujer que asea el cuarto del Libertador, tiende su cama y limpia sus últimos objetos, adentro de los cuales, a veces, descubre arañas y ratones. En Venezuela encontré que el presidente ordenó cercenar los caballos de las estatuas del Padre de la Patria porque los pobres animales insistían en mirar hacia atrás, como añorando el pasado. En Bolivia entrevisté a los buzos de su armada de agua dulce después de verlos hacer maniobras de guerra en el lago Titicaca, a 3800 metros sobre la cordillera de los Andes. En Medellín hablé con un hombre que repara los bustos abaleados de Simón Bolívar. En Panamá, en la avenida Libertador, fui testigo de la batalla nocturna entre prostitutas y travestis por los mejores postes del alumbrado. En Perú hablé con un Simón Bolívar domador de fieras, equilibrista de circo. En Ecuador oía la historia de los pescadores de un barco de nombre Manuelita Sáenz que le rezan a la Libertadora del Libertador para que los peces caigan en sus redes. Pero eso apenas es una fracción de todo lo que encontré. No fui capaz de escribir un libro de 240 páginas en dos meses, y en mitad de viajes tras los cuales regresaba atolondrado por tantas imágenes, voces, historias poderosas.

En noviembre de 2010 solo había terminado dos de los textos: el de Colombia, de 56 páginas, y el de Venezuela, de 48. En diciembre, Mario Jursich me propuso publicar una crónica a la vez, una por mes, con lo cual tendría tiempo suficiente de escribir las demás. Yo, torpe, culpable, pecador, acepté lo que no debía. Cuando terminó de revisar la crónica de Colombia, el director de El Malpensante me escribió alborozado, me llamó uno de los mejores cronistas del país, celebró haber apoyado el proyecto, dijo que no esperaba menos de mi talento como escritor, me mandó abrazos. El texto, la primera de las crónicas del bicentenario, apareció en la edición de enero de 2011.

Molesto, iracundo, Marc Caellas me exigió una explicación. Yo no le contesté, estúpido, metido de cabeza en la escritura de todo el material que me faltaba, torpe, culpable, pecador, creyendo que conjuraría su rabia justa cuando le entregara el resto de los textos. Por supuesto, Casa América de Cataluña le pidió una explicación a El Malpensante. ¿Por qué, si sabían que no podían hacerlo, publicaron una de mis crónicas de manera individual?

Mario Jursich me buscó desesperado, supongo que asustado. Me llamó por teléfono. Me escribió. Tampoco a él le contesté, metido de cabeza en la escritura de la que consideraba mi mejor historia, mi aventura más emocionante, lo mejor de lo mejor. Qué torpeza. En su siguiente edición, un mes después, El Malpensante me acusó de engañarlos a todos, de mentir, de usar información de otras publicaciones, me llamaron veleidoso y dijeron que yo traía una sombra de tiempo atrás: el despido de un periódico por inventar historias. Se limpiaron los dedos en mi rostro. Y dijeron otras falsedades, agraviados, molestos. Me callé. No dije nada. Entendí que un mal ya estaba hecho, irremediable.

Esa misma semana guardé en cajas los papeles de mis viajes a las repúblicas bolivarianas, las fotos, las revistas, los periódicos, los libros. En adelante, lo mismo que moscas en un cuerpo en descomposición, otros colegas empezaron a alimentarse de lo que creyeron mis restos.

Ahora le digo a José Alejandro Castaño obispo que una periodista colombiana, también ella de Cartago, de estas mismas tierras de Dios, de Rasguño y del Diablo, lleva meses investigando las acusaciones en mi contra, indagando en los periódicos y en las revistas para las que trabajé, entrevistando a compañeros, a mis jefes, a los directores de esos medios para establecer si fui despedido por falsear información, por inventar una sola vez el material de mis crónicas.

Ella vive en Santiago de Chile y apenas la vi un día. No conozco las conclusiones de sus pesquisas, pero las espero sin susto. Creo que la mentira cabalga en liebre porque sabe que su ventaja es breve. Por primera vez alguien indaga en serio. Monseñor me oye. Su casa es de paredes blancas, techo de madera, jardín interior. La temperatura adentro no coincide con el calor de infierno de esta ciudad a orillas del río La Vieja. A Cartago la llaman “El sol más alegre de Colombia”, pero a mediodía esa alegría te enoja, te fastidia. Todavía a estas horas, mientras oscurece, el calor persiste. Acá no.

En el estudio del obispo, el aire es fresco y no huele a nada. Hay una mesa de reuniones y sobre ella un crucificado, la sangre a borbotones, el gesto de dolor, los ojos entreabiertos. Los libros de su biblioteca van desde el piso hasta el techo, la mayoría son de historia, pero también hay cuentos, crónicas, novelas. Mis ojos, acostumbrados a detenerse en lo mundano, distinguen dos títulos con facilidad: Mi alma se la dejo al Diablo y Los pecados de Inés de Hinojosa. Hay libros en inglés, en italiano, en latín. José Alejandro Castaño es historiador y médico pediatra. Quizá él se pregunte qué urgencia puede tener este asunto mío, justo en un país con los dramas del nuestro: la corrupción, los muertos, la pobreza, los millones de indigentes que deambulan las aceras, los políticos torvos, su cinismo. ¿Por qué una revista tan leída se ocupa de mí, permite que cuente mi mayor pecado profesional? La respuesta a esa pregunta hace parte de nuestra conversación más íntima. Prometí no escribirla, le di mi palabra.

Una semana después, mientras termino esta crónica de expiación, recuerdo a un hombre que conocí a orillas del Atrato. Se llamaba Crisantemo y sus vecinos lo creían santificado. Los cadáveres que la guerra talaba río arriba atracaban en su casa, los gallinazos picoteándoles la orfandad de su tristeza sin dolientes. Él les hablaba, les quitaba las yerbas enredadas en los pelos, les ponía un nombre, Juan, José, Miguel, María, nombres de pocas letras porque, al fin de cuentas, un cadáver huérfano no necesita más. Lo último que hacía era rociarlos con agua de Celedonia y Santa María de Anís, después los dejaba ir porque, creía, a los difuntos hay que permitirles continuar su andar río abajo. Eso fue en 2002. Yo era periodista de El Colombiano y estaba escribiendo mi primer libro, uno que terminé a escondidas de mis jefes y que titulé La isla de Morgan.

Creo ser consciente, como nunca antes, de mis propias muertes, de mis árboles talados. Después de obtener la absolución de monseñor José Alejandro Castaño, no pido mucho, lo que cualquier persona tiene por derecho: que mis culpas sigan la corriente que les toca.

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