Cuando pensamos en nuestra propia muerte, lejos de ponderar qué beneficios o legados dejaremos a nuestros seres queridos, nuestro primer pensamiento es de envidia: ellos permanecerán vivos. De modo que se impone arruinarles su sobrevida todo lo posible. Los de entre cuarenta y cincuenta, nos hallamos en aquella etapa generacional en la que somos víctimas de los malos sentimientos de nuestros mayores, ya ellos conscientes de su futura muerte. A nadie le gusta morirse, pero mucho menos que los demás queden vivos. Por lo tanto, somos los encargados de llevar las cenizas al mar; encargo que, para aquellos que nos hallamos a más de cinco horas en auto de cualquier salida marítima, resulta por lo menos engorroso. Ni hablar para un boliviano.

Hay algo eminentemente contradictorio entre pedir ser cremado y a la vez exigir que esas cenizas se arrojen al mar. Porque la cremación representa un trámite mucho más simple que el velorio y entierro, mientras que llevar las cenizas al mar implica toda clase de molestias. Es cierto que el legatario de este mandato puede negarse a cumplirlo, pero corre la superstición de que quien no obedece el deseo de un muerto será víctima de una maldición: si tú no llevas las cenizas al mar, el mar vendrá a ti en la forma de un tsunami. ¿Pero qué ocurre cuando no es un ancestro sino nuestro propio cónyuge quien nos reclama, en caso de su improbable fallecimiento, que arrojemos sus cenizas al océano? Es lo que vino a ocurrirle a mi amigo Bernardo.

“Cuando Dorita me pidió que, en caso de muerte, tirara sus cenizas al mar, le respondí inmediatamente que sí, porque tuve la esperanza de que estuviera planeando su suicidio y no quería desalentarla. Pero con el correr de los días, al comprobar que su muerte no acaecía, me dio en pensar que seguro palmaba en invierno, y me imaginé viajando a esas ciudades marítimas vacías, frías, deprimentes, con un cuenco de cenizas de Dorita… No era precisamente mi idea de un buen momento. No era como quería usar mi tiempo de viudo”.

“Dorita —le dije—, toda tu vida has querido veranear en las sierras. Odias el mar como un perro hidrofóbico. ¿Qué se te ha dado ahora por desear que sea tu última morada?“

Está de moda —replicó Dorita—. No quisiste comprarme el iPhone, y ahora Steve Jobs se retiró. Te negaste a pagar la televisión satelital, y ahora ya llegó la digital, que es casi gratis así que no importa. ¡No permitiré que te niegues a tirar mis cenizas al mar, por una vez quiero estar a tono!”.
“Con una condición”, aceptó Bernardo, sabiéndose perdido.
Dorita lo miró inquisitiva.
“Que te mueras pronto”. 
La esposa le contestó con un bufido. Al poco tiempo, contra todas las predicciones, Dorita, que era una cuarentona bastante apetecible, se accidentó en su auto, sola, contra un tren, por la avenida Córdoba.
—Milagrosamente... —comenzó Bernardo.
—No sufrió ni un rasguño —completé.
—El auto explotó, y la pobre Dorita cumplió su sueño: quedó instantáneamente convertida en cenizas. Fíjate qué fácil me la hizo, ella que pretendía molestarme desde las Tinieblas. Ahora bien, una vez que logré zafar de las acusaciones de haber desarreglado los frenos del auto, llevarla al mar, y justo caía invierno, ya era una cosa completamente distinta. Primero pensé en arrojarlas por el inodoro, ya que tarde o temprano irían a dar al mar por esa vía. Pero el fantasma de Dorita parecía vigilarme. Me faltaba el aire y sufría ataques de vértigo cada vez que intentaba sacarme de encima las cenizas. Tomé el tren —un homenaje a ese fantástico medio de locomoción— y me largué a Mar del Plata. ¿Podés creer que justo una estación antes de Mar del Plata, en Dolores, me encuentro en el salón comedor con una mujer encantadora, un antigua compañera del colegio, de quien Dorita siempre estuvo celosa, y me invita a tomar unos mates a su casa? Me bajé en Dolores y olvidé la urna con las cenizas de Dorita en el portaequipaje.
—¿Y los ataques de vértigo, la falta de aire, el fantasma

—Me parece que eran las ganas de coger. Porque desde que estoy con Mercedes no volvió a pasarme nada parecido. ¿A quién se le ocurre pedir cosas para después de muerto? Recompensa nunca esperé de ella. ¿Pero cómo esperaba que yo cumpliera si ya no estaba para romperme las bolas 

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