El matrimonio es la careta leguleya o mamasanta del amor. Un abogado, un cura o un notario bendicen a una pareja y le dicen que de ahí en adelante se pueden acostar legalmente, sin pecar ante la ley de Dios y sin cometer infracción ante la ley del mundo. Ser soltero, para el Estado, es inconveniente y se ha vuelto casi imposible. Ni siquiera te tienes que casar: basta que una mujer tenga novio por más de un año, y que convivan y se acuesten de vez en cuando en una misma casa, para que el Leviatán moderno diga que esas dos personas ya han contraído un vínculo jurídico. Cuando amor y matrimonio no eran la misma cosa, matrimonio y amor iban cada uno por su lado, y funcionaban. Al fundirse, como ha ocurrido en los tiempos modernos, todo se vuelve conflictivo y efímero.

Para los antiguos, el amor era un exceso agradable, como la borrachera, y se podía comprender que cayeran en él las personas muy jóvenes e inexpertas. Pero que el hombre sabio y experimentado se dejara arrastrar por esa locura era algo peor que una insensatez: era una ridiculez. El matrimonio como institución era trascendente, pues preservaba el cumplimiento de un contrato mediante el cual dos familias sellaban una alianza de intereses que, al cabo del tiempo, sería aprovechada por los hijos. El matrimonio, entonces, era básicamente una cuestión de patrimonio, y había que respetarlo como se respeta una transacción de compraventa: si el marido quería deshacer el negocio y pedía el divorcio, podía hacerlo, siempre y cuando devolviera con creces la dote que la esposa había aportado. El principal objetivo de este contrato comercial eran los descendientes legítimos, es decir, los únicos hijos que podían heredar legalmente el patrimonio. Los hijos naturales, o bastardos, se quedaban por fuera del festín.

Esta antigua sabiduría del matrimonio la conservan todavía aquí, aunque es la excepción, algunas personas. Recuerdo, por ejemplo, lo que le decía una añeja matrona a su sobrina en una amena telenovela caribeña: “Querida, en la vida hay una cosa fácil: enamorarse. Y una cosa difícil: casarse. Haz primero lo difícil, que lo fácil puedes hacerlo después”. Este típico consejo de tía casamentera ha llevado a algunas mujeres nuestras a matrimonios tal vez muy calculados, pero no necesariamente infelices. No es fácil casarse, porque dentro de nuestra cultura rige una idea que alguna vez le leí a un autor latino: “Yo creo que todas las mujeres deberían casarse; pero ningún hombre”. Como ven, la cuadratura del círculo, pues cómo casar a ese mujererío que se quiere desposar con ese ejército esquivo de solterones empedernidos. Se ha ensayado de todo. A mediados del siglo pasado, en Colombia, existió un “impuesto de soltería”, y los recaudadores del erario eran implacables en la persecución de los numerosos evasores, aunque al fin la ley fue derogada por inconstitucional. Hoy en día, al contrario, habría que cobrar un impuesto a las mujeres solteras, pues desde que consiguieron al fin su independencia económica, son precisamente ellas las que prefieren no casarse y las que con justicia se separan ante el primer maltrato del macho tradicional.

Desde que las novelas y la poesía lírica exageraron el prestigio romántico del amor, la tendencia en Occidente ha sido la de agrupar en una misma relación tres cosas que no tienen por qué estar unidas necesariamente: amor, sexo y matrimonio. Considérese esto: el amor es, por definición, una discontinuidad, un alejamiento apasionado del camino habitual, una explosión de sensaciones contradictorias, una violenta enfermedad del espíritu que nos aparta de la serena racionalidad. La experiencia sexual, cuando se está en el colmo del amor, puede ser un desastre o ser sublime (nunca se sabe bien), pues durante el amor-pasión todo puede ocurrir y nada se puede calcular. Sellar esta locura con un rito solemne de serios compromisos es un anticlímax.

La vieja institución del matrimonio, en cambio, tiene el encanto de las amenas rutinas cotidianas: el cuidado de la casa, la crianza de los niños, los planes de vacaciones, el descanso regenerador, el ambiente ideal para un trabajo productivo, la división de los oficios, los cálculos sensatos de la economía doméstica. El sexo de los casados tiene sus fases, como la luna, pero no se puede pretender que al cabo de los años y de los decenios se parezca al sexo del amor apasionado. La tragedia biológica del sexo (que muchas personas viven con estupor y desesperación, cuando es lo natural) es que está condenado al ineluctable desgaste del acostumbramiento. Sí, habrá momentos mejores, y si la pareja es tierna y cómplice, adquirirá la destreza necesaria para conseguir casi siempre ese nivel de placer aceptable que brinda la experiencia. En eso consiste la sabiduría del matrimonio, y quizás el secreto de la estabilidad conyugal. Pero cuántos matrimonios no se destruyen tristemente tan solo por la nostalgia de un amor-pasión que, si fuéramos sensatos, sabríamos que con el paso de los años es casi imposible mantenerlo con la misma persona. Aquellos que valoran y persiguen demasiado el sexo exaltado, se pasan la vida en un péndulo constante muy bien descrito por el poeta Jaime Gil de Biedma: “De la pasión al tedio, del tedio a la pasión”.

Desde que Occidente abandonó la práctica de los matrimonios concertados, o por conveniencia (como se usa todavía en muchos países asiáticos y africanos y en casi todas las culturas islámicas), el matrimonio ha dejado de ser rutinario y lo que se ha vuelto monótonamente repetitivo es el divorcio o el abandono. ¿Cuántas veces se casan y se separan las estrellas que alumbran el ideal de vida occidental? Actores, cantantes, deportistas, modelos juegan la vida entera a intercambiar parejas. Y para evitar peligros patrimoniales en matrimonios que ya no inspiran confianza de duración (porque se pactan al calor de lo más efímero, la pasión amorosa), se recurre a las capitulaciones económicas antes de dar el sí. Los ricos se divorcian frívolamente, y los pobres —que siempre los imitan— lo hacen trágicamente, con el irresponsable abandono de los machos, que dejan a los hijos abandonados a su suerte, protegidos tan solo por el esfuerzo sobrehumano de madres solas que tratan de criarlos trabajando con horarios y abnegación de esclavas.

El matrimonio de hoy —hijo del matrimonio moderno: el que reemplazó al contrato con el amor— ha llegado a una encrucijada. Ya no funciona como pacto a largo plazo, y aunque no se lo diga, viene (como las cajas de medicinas) con una fecha de caducidad que casi siempre está alrededor de los siete años: “No consumar después de agosto de 2021”. Repetimos la pantomima del matrimonio antiguo, juramos en vano eternos compromisos, pero somos conscientes de que ya no es como lo pintan, y hemos sido incapaces de inventarnos otra cosa, otras fórmulas más apropiadas de convivencia.

Los matrimonios modernos, que en general son matrimonios por amor, nos enfrentan a esta paradoja: pese a estar basados en esa maravilla, el amor, muchísimos de ellos fracasan, pero a pesar de esta evidencia, la mayoría de las personas se siguen casando (al parecer por amor, y con la ilusión de que ese amor les va a durar siempre).

No solamente somos superficiales para construir una relación; igualmente superficiales somos para destruirla. Años de convivencia agradable se pueden arrojar a la basura por un altercado insignificante, digamos porque una noche se quemó la carne en el horno. Por un pequeño desacuerdo se puede destruir una familia. Pero en general estos pequeños desacuerdos lo que enmascaran es otra realidad y otra gran disculpa: el desamor. O, lo que es lo mismo, otra vez el amor, pero por otra persona. Y por amor, se supone, todo se perdona, incluso el abandono de los hijos y la dilapidación del patrimonio.

Si lo fatal (es decir, lo que viene con el fátum, con el destino de nuestra época) es que los matrimonios actuales se separen, lo que no se entiende es por qué sigue siendo fatal (en el mismo sentido de casi obligatorio) casarse. El matrimonio, dice Caren Blixen, es una de esas palabras que sobreviven a la cosa. Lo de ahora es una unión romántica que destroza el romanticismo. Porque por amor no tiene sentido que la gente se case. Cuando hay amor, el matrimonio puede ser dañino y es, seguramente, superfluo. Su única salvación consistiría en recobrar la verdadera esencia tradicional del matrimonio, que es una tierna alianza económica para criar a los niños en la juventud o para cuidarse mutuamente en la vejez.

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