¡Oh, ruin y tramposo soft porn! ¡Yo te desprecio, porque solo generas frustración y desencanto en los solitarios varones más turbados que acuden a ti en busca de alivio y consuelo libidinoso!”. En realidad, no debería exagerar tanto el tono airado de esta invectiva contra el porno blando, puesto que un género audiovisual tan carente actualmente de imaginación en sus argumentos, tan burdo en sus diálogos y tan mecánico en sus movimientos copulativos, solo debería generar indiferencia o un cierto hastío conmiserativo.

Softcore, soft porn, porno suave, porno blando… diversas denominaciones asociadas todas a la flacidez, a la falta de consistencia y de fuerza viril, pero que sirven para definir un subproducto audiovisual en el que se simulan artificiosamente los actos sexuales y se disimulan de forma vergonzante los genitales masculinos erectos y los femeninos penetrados. ¡Un género mezquino y cobarde!

Hasta mediados de los setenta, cuando empezó a legalizarse la pornografía en Europa y América, el cine de simulación sexual podía tener una justificación, puesto que en muchas ocasiones era la única vía que tenían los ansiosos espectadores masculinos de poder disfrutar de la desnudez ajena y la actividad erótica en la gran pantalla. Era la época de la saga de Emmanuelle con su exótico y premonitorio turismo sexual; la paidofilia sáfica de la almibarada Bilitis; los descomunales perímetros pectorales del satírico Russ Meyer; los melodramas pasionales de la argentina Isabel Sarli o la turca Zerrin Egeliler; la comedia picante italiana y el destape español; los falsos documentales nórdicos de didáctica sexual y los vodeviles eróticos germánicos; la pornochanchada brasileña, el cine de ficheras mexicano y los pinku eiga japoneses; e incluso los tímidos intentos de Gustavo Nieto Roa por crear un cine erótico colombiano.

Todas aquellas manifestaciones cinematográficas soft fueron languideciendo con la aparición del porno, que ofrecía al espectador voyeurista el espectáculo hiperreal de penes en erección, vaginas en lubricación y esfínteres en dilatación. En menos de una década, el insípido e inodoro porno blando, con sus calculadas e insulsas coreografías eróticas, quedó sepultado por el alud de las virulentas eclosiones seminales del porno duro. Sin embargo, el porno blando no desapareció del todo y ha logrado sobrevivir hasta ahora, pero no ya como un producto cinematográfico destinado a las salas de cine sino como ínfimo culebrón que puede verse en la programación de madrugada de ciertos canales de televisión.

Precursoras de este subgénero videográfico o televisivo, donde la engañosa fricción epidérmica sustituye al coito verdadero, son las películas de Playboy y Penthouse de los ochenta y los thrillers eróticos de Shannon Tweed en los noventa, pero los engendros mayúsculos proceden actualmente de Asia y Latinoamérica por su acusada falta de ideas y su estética de telenovela tercermundista. Aún más deleznables, sin embargo, son las películas X que disponen de una versión soft y en las que el sexo explícito parece simulado al ser registrado por una cámara hipócrita desde un irritante y milimetrado encuadre castrante y censor. Por eso reitero: “¡Muerte al coito simulado y larga vida al más gozoso sexo explícito!”.

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