A los 17 años me enamoré de una chica cuyo objetivo en la vida era unirse a Greenpeace. Quería ser activista y surcar los siete mares en alguno de los barcos de la organización para salvar a cuanta ballena pudiera de los malvados pescadores japoneses (o de cualquier otro país, para el caso).

Yo, enamorado (aunque sea lugar común, recuérdese la cita del español Ortega y Gasset al respecto: “El enamoramiento es un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza”), le dije que surcaríamos juntos los siete mares salvando cetáceos y por las noches nos aparearíamos como conejos aburridos en medio del océano. El amor no duró, sin embargo.

De cualquier modo, se me ocurrió acercarme a Greenpeace ya que, pensé, serviría para conquistar chicas con tendencias hippies. Eran finales de los ochenta y alejarse de la imagen yupi que predominaba en la época daba un diferencial importante.

Un fin de semana me encontré a un par de voluntarias de la organización reclutando incautos en un centro comercial. Hice una pregunta y fui víctima de la fuerza grinpicera. La voluntaria me acosó para que firmara y me uniera a Greenpeace. Después de que ignoró mi tercer no me interesa (me sentí hostigado con su insistencia), me di cuenta de que no habría una salida fácil del embrollo. Tuve que salir corriendo del centro comercial para que me dejara en paz.

La aguerrida actitud de la voluntaria contrastaba con el nombre de la organización: Paz Verde.

Tiempo después me di cuenta de que esa voluntaria había sido estratégicamente escogida, precisamente por su voluntariedad. En televisión vi a miembros de Greenpeace amenazando con arpones a cazadores de ballenas en el medio del mar. En pie de guerra y no de manera retórica.

Desde entonces han pasado más de 20 años y consuetudinariamente me encuentro con las imágenes de los miembros de Greenpeace, enardecidos, cortando el paso e injuriando a quienes ellos consideran que le pueden hacer daño al planeta. Bajo ese principio, que por supuesto se oye noble, “salvar el planeta”, la organización se permite utilizar métodos agresivos con la idea de que eso disuadirá a los pescadores, petroleros, cazadores, agroquímicos u otros grupos “malignos que tienen como misión dañar al planeta”, de hacer lo que hacen.

Uno puede tener principios e ideas diversas y luchar por ellas. Sin embargo, la gran paradoja de Greenpeace es que bajo el nombre de la paz, sus miembros le declaran una guerra franca a toda aquella organización que se salga de sus “principios”.

He intentado dialogar con miembros de Greenpeace. Los resultados han sido gritos con pocos o nulos argumentos y, al final, alguno que otro insulto (debo decir que mi madre no tiene la culpa de que ellos no tengan buenos argumentos, y aunque sí la tiene en parte de mi gusto por la confrontación de ideas, no es para que vaya y la chingue).

Últimamente, se han destacado dos compañías que encarnan todo el mal que hay en el mundo, según la Paz Verde: Monsanto y Gazprom. La primera, multinacional fundada en Estados Unidos, quiere promover el uso de semillas alteradas genéticamente para la siembra de productos agrícolas como el maíz. La segunda, rusa, realiza exploraciones para la perforación y extracción petrolera en el Ártico.

Según Greenpeace, en su página web, el consumo de alimentos transgénicos es dañino para la salud del ser humano. Asimismo, la organización asegura que el hambre en el mundo es un “problema de distribución y de falta de recursos”, y no de escasez. Con estos argumentos atacan dos de las razones que se esgrimen como ventajas para la cosecha de alimentos transgénicos, sin embargo, no sustentan las aseveraciones con ningún estudio. Así, por lo menos para mí, es difícil creer en ellos.



Greenpeace propone, en cambio, el desarrollo de la agricultura sustentable, pero lo que no deja de sorprenderme es que las soluciones que proponen siempre son absolutistas. Los alimentos transgénicos son malos y no hay vuelta de hoja. Por qué no proponer soluciones alternas, me pregunto, como el uso de alimentos transgénicos en algunos casos y la promoción de una agricultura sustentable. En todo caso, me pregunto de nuevo, por qué atacar a la empresa y no mejor emplear toda su energía y capacidad humana para proponer y llevar a cabo soluciones en las mismas comunidades afectadas.

Por otro lado, en estos días, Greenpeace está en campaña para salvar a los llamados “30 del Ártico”, un grupo de activistas que fueron detenidos por las autoridades rusas bajo el cargo de vandalismo y que al cierre de esta edición ya estaban todos libres bajo fianza, aunque enfrentan acusaciones que podrían encerrarlos en prisión hasta por siete años (según la organización).

Los 30 del Ártico son 28 activistas de Greenpeace y dos periodistas independientes que fueron detenidos por las autoridades rusas a bordo del navío Arctic Sunrise (uno de los cuatro barcos grandes que tiene la organización y que, por cierto, se mueven mediante el consumo de diésel), un día después de que realizaron una protesta en contra de Gazprom por su intención de perforar en el Ártico. Los cargos originales incluían piratería, pero ahora solo quedó en vandalismo.

Y vuelvo a preguntarme (esta mala costumbre), ¿qué diferencia hay entre un activista y un terrorista? Es decir, si un grupo de personas tripulando un barco, ferozmente armado con arpones, cortara el viaje de un buque de guerra estadounidense, bien podría ser considerado una amenaza terrorista o al menos pirata. ¿No sería lo mismo si lo hacen contra un buque petrolero ruso?

Greenpeace dice que acusar a sus activistas de vandalismo es “un insulto y un ultraje”. Pero si un grupo de personas se plantan afuera de un edificio y tiran basura o hacen pintas, ¿no incurrirían en vandalismo? ¿Hay alguna diferencia si los actos vandálicos los cometen personas disfrazadas de ositos polares (así se uniforman los miembros de Greenpeace en sus plantones afuera de las oficinas de Gazprom)?

Greenpeace es una organización canadiense que realizó su primera acción concreta en 1971. Una protesta hecha en contra de pruebas nucleares estadounidenses en el Pacífico norte encabezada por los fundadores del grupo Irving Stowe, abogado; Paul Cote, estudiante de Derecho, y Jim Bohlen, un científico forestal. Luego fueron al Pacífico sur, al Atolón de Mururoa. Después empezaron a salvar ballenas y focas, luego siguieron en contra de las petroleras, y de ahí se desprende un largo etcétera.

A final de cuentas, pienso que es necesario que todos asumamos una mayor conciencia ecológica, pero lo que no puedo tolerar de Greenpeace es que se escondan bajo una bandera pacifista (en su propio nombre) para mantener una guerra perpetua en contra de ciertos grupos que ellos satanizan.

En la actualidad, no importa cuán profunda sea mi miseria mental, ni qué tan estrecha, pobre o paralizada esté mi conciencia a causa del enamoramiento por una mujer, si se pronuncia a favor de la Paz Verde empezará una discusión que derivará, casi sin remedio, en una ruptura.

Ya ni el amor puede salvar a Greenpeace de mi condena.

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