No somos pocos los hombres que cuando debemos ir de rumba lo hacemos a regañadientes y arrastrados por la necesidad. Colombia es un país intolerante que a sus muchos problemas sociales suma una especie de bullying, de tortura psicológica de la más retorcida factura: la obligación de la sabrosura.

 
Quien no se monte a temprana edad en el tren de la victoria del chachachá quedará rezagado como la cebrita enferma a la que la manada decide abandonar. En el futuro, sus opciones de engancharse en el coito se verán drásticamente reducidas. Entre ellas, ese carrusel sin fin que ha cicatrizado más jóvenes promesas que el uso de drogas: el sexo con metaleras gordas. Maldito país sabroso.

No todos nacimos para andar agitando el cuerpo al ritmo de las percusiones. Y menos en sitios públicos, galpones de crianza masiva de la sabrosura construidos con los mismos principios empleados por los proveedores de pechugas de KFC. Muchos hombres heterosexuales del interior del país confirman esta premisa cada fin de semana mientras sudan como marranos criados en Honda e intentan acomodar sus culos planos a una butaca incómoda, de color fluorescente para más señas. La cuota inicial para una hernia discal.

Dichosos los costeños, los caleños y todos aquellos que cargan el acervo africano en sus células. Son capaces de moverse con gracia, ritmo y disfrute en una multitud caótica. El resto, ya sumidos en ese círculo infernal omitido por Dante, donde el ruido impide cultivar el arte de la conversación, no tenemos otra alternativa que refugiarnos en el alcohol. Sin embargo, el alivio etílico, esa Cruz Roja de los neuróticos, pasa a ser otra víctima de la guapachosa dictadura de la euforia programada. El trago en los sitios de rumba suele ser mezquino, caro y demorado.
 
La señal para abandonar un rumbeadero debería ser el sangrado de uno de los oídos, producto de los gritos de una vecina de mesa: una adolescente que supera en decibeles a los ídolos del reguetón que retumban en ese instante en los altavoces. Pero no, uno permanece estoico, aguantando los embates cual amante furtiva de un técnico de fútbol, principalmente por dos razones:
La primera es ser soltero, de tiempo completo o temporal. En el país de ciertas unanimidades, donde la sabrosura alcanza niveles que le producirían orgasmos múltiples a Álvaro Uribe, estar solo en un sitio de rumba es la autopista con más carriles hacia el apareamiento. Hay otras vías, pero resultan igual de incómodas y fácilmente pueden acarrear en días posteriores una cita apurada y paranoica en la EPS. 

La segunda razón para ir de rumba es no estar soltero. Es decir, la que establece un perfil de hombre absolutamente patético. Uno, homínido sin pizca de sabor, está allí acompañado de su pareja porque ella quiere “bailar toda la noche” o se trata del cumpleaños de su mejor amiga, la insoportable. Para ese individuo lo que le resta es atiborrarse de licor y comprobar disimuladamente que casi todas en el local están más buenas que la mujer con la que comparte cama. Como ella bien puede hacer la misma evaluación, encima de todo hay que sentirse agradecido.

De ahí en adelante no queda más que el descenso. Sorprenderse a sí mismo bailando Mayonesa en el centro de un círculo. Sentir cómo se le quema un pezón cuando la amiga insoportable le atraviesa con un cigarrillo la única camisa fina que le queda. Pagar una cuenta que dejará cojas las finanzas del próximo semestre. Y para rematar, sufrir el renacimiento de la gastritis.
 
Pero tarde o temprano el vía crucis tendrá su fin. Lo contradictorio es que llegara incluso a parecer liviano cuando a la salida, atrapado en el abrazo de un borracho sudoroso y delirante, se oiga la propuesta que aprobará todo el mundo como si de repartir oro se tratara: “Tenemos que repetirla”.

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