Escribir una diatriba sobre Rogelio Salmona no es fácil. Créanme. Es como hablar mal sobre la luna. ¿A quién se le ocurre? A nadie, porque es un astro. Y aunque suene evidente, un astro es un astro: no es plan ponerse a hablar mal de ellos. Pero yo me pregunto: ¿alguien ha pensado en la calidad de vida de los selenitas? ¡Vivir en ese tierrero...! Porque es muy fácil hablar bien de la luna, y hasta escribirle sonetos, ¡pero viva allá!

La idea de esta diatriba me surgió con ocasión de mi último trabajo, cuando al llegar a la oficina en los bajos del nuevo complejo cultural del Fondo de Cultura Económica encontré a quienes serían mis compañeros completamente mustios, recubiertos de lama y de moho. Y no era para menos: su local de trabajo, cosa prohibida en cuanta convención ha habido en Ginebra, no tenía ni ventanas ni posibilidad alguna de ventilación; era un primoroso socavón. A tal espacio le llamaban pomposamente ‘auditorio anexo’, cumpliéndose únicamente lo de anexo pues como auditorio hay que destacar que nada de lo que allí se dijera resultaba audible.  

Se preguntarán ustedes, ¿anexo a qué? Pues bien, era anexo justamente a un auditorio “principal”, ese sí profusamente iluminado por dos generosas ventanas. Nunca he entendido por qué los auditorios de Salmona tienen ventanas, si es que nunca fue a cine, o a teatro, o si cuando iba se aburría tanto que se ponía a pensar en lo que estaba pasando afuera. Porque si una cosa está clara es que los auditorios no fueron nunca su fuerte: desde los de Ciencias Humanas en la Nacional, que han dejado ya el saldo trágico de varios docentes con tortícolis crónica, hasta el de la Virgilio Barco al que solo habría que ponerle unas veladoras y las reliquias de algún santo o expresidente para que pudiera recuperar su innegable vocación de altar.

Últimamente he venido pensando que, si tuviera méritos suficientes, alguien podría escribir una biografía mía a partir de la desgraciada relación que he tenido con los edificios de Salmona. Mi infancia fue lo que se puede considerar normal, quizás mediocre, yo diría que feliz. Mis infortunios comenzaron el día en que mis padres tuvieron la ocurrencia de meterme al jardín infantil de las Torres del Parque, hoy conocido como “Mi primer gramito”. Verdaderos precursores de quienes luego la ciencia habría de clasificar como “bebés probeta”, fuimos muchos los que crecimos bajo la mirada escrutadora de cuanto transeúnte depravado pasara por enfrente. Pero no fue solo la permanente exposición a la mirada del investigador la que nos convirtió en objeto ideal para la ciencia. El enrarecimiento del oxígeno, merced a un inexistente sistema de aireación, generó en nuestra especie un importante cambio evolutivo, marcado por una disminución de nuestras facultades olfato-perceptivas, lo que se tradujo en una franca indiferencia de nuestra parte frente a los desarreglos gastrointestinales de pedagogas y alumnos.  

Años más tarde, ya entrado en la pubertad, mi familia y yo nos vimos forzados a abandonar el idílico hogar de infancia para instalarnos en un apartamento de las Torres del Parque. No fue solo la reducción en términos de área la que resultó traumática. Como la mayoría de los muebles de la clase media, los de mi familia estaban diseñados a partir de ángulos rectos. Hacerlos entrar en esa nueva morada, en la que las esquinas pueden ser de 72º o de 107º, fue trabajo solo comparable en dificultad a los doce que le tocaron a Hércules. El resultado fue una serie de nichos inútiles, que a la postre permitieron un notable incremento en la biodiversidad del apartamento, albergando cucarachas entrañables, cuando no intrépidas ratas.

Una madrugada, a toda prisa y de modo temerario, bajé las escaleras que conducían del segundo al primer piso del apartamento. Ya otras veces había tenido amagos de accidentes, pero esta vez el estrépito fue total. El resultado: contusiones y fracturas múltiples. Dirán ustedes que es injusto achacarle al arquitecto la responsabilidad de mis torpezas físicas. Lo acepto. Pero concédanme también que subir o bajar las escaleras-tobogán de Salmona es lo que se conoce como turismo de aventura. Yo habría creído que la humanidad ya conquistó hace tiempo un conocimiento cierto sobre la forma de construir escaleras, sobre la necesaria altura de los peldaños, sobre la correcta proporción entre huellas y contrahuellas. Pues bien, nada de eso se verifica en la obra de nuestro arquitecto estrella.

Por eso, desde esta tribuna quisiera invitar al órgano estadístico competente a que adelante una investigación exhaustiva para saber cuántas abuelas abnegadas no han entregado por esta causa las cabezas de sus fémures; cuántos trabajadores honestos, cuántos ciudadanos de bien al término de sus deposiciones en los baños de emergencia de las Torres, ubicados de forma canalla bajo las escaleras, no han visto su frente descalabrada y su dignidad severamente cuestionada, por el solo hecho de haberse parado, quizás con demasiado ahínco, del sanitario.

En fin, a los edificios de Salmona, como a los astros, definitivamente hay que verlos de lejos. Y mientras más lejos, mejor.

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