“Mi moto bota mucho humo, qué oso”, dice Fredy mientras intenta salir de Venezuela en medio del embotellamiento que forman cuatro filas desordenadas de motos que, como en un embudo, terminan convertidas en una sola. Después de ocho minutos, consigue llegar a la frontera. Uno de los guardias lo hace bajar para revisar la cajuela de la Yamaha BWS, modelo 2006, a la que le suena con fuerza el motor. El compartimento estaba vacío. Veinte metros más adelante, las motos se amontonan de nuevo, dejan de pitar y de emitir gases por los tubos de escape, en un retén de las autoridades colombianas. Un hombre vestido de civil, con un radio en la mano, le hace el alto a la moto. Fredy, el nombre con el que se identifica el conductor, pero que no es el real de este contrabandista, muestra la tarjeta de propiedad del vehículo.

“Esos son policías de la Sijín”, explica mientras entra al puente internacional Simón Bolívar, que comunica a Venezuela con Colombia. Es decir, son miembros de la Seccional de Investigación Criminal de este organismo. La moto pasa por la mitad, entre decenas de buses, camionetas y carros piratas que van y vienen. Estos últimos son vehículos con más de 15 años de uso, con tanques muy grandes, llenos de gasolina venezolana que en Colombia es extraída y vendida por cerca de 4500 pimpineros del área metropolitana de Cúcuta. El calor se acercaba a los 30 grados.

Fredy tiene 35 años. Es moreno, alto y delgado. Sus dientes frontales están carcomidos desde los laterales y son de un color marfil. Cada vez que se ríe arquea su cuello hacia atrás con la boca abierta, dejando ver una capa gruesa de pasta que le cubre el paladar. El sudor le baja por el cuello, del que cuelga una cadena de un material plateado y un cordón negro con un corazón rojo. Lleva una camisa de cuadros, jean y unos zapatos Puma. Tiene una esposa y tres hijas. Antes vendía cometas.

El viento arrastra tierra desde el río Táchira hasta el puente. Las carreteras están embarradas. Por estos días ha llovido. Después de 20 minutos, la moto llega a La Parada.

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La Parada es un corregimiento de Villa del Rosario, uno de los municipios de Norte de Santander. Hace parte del área metropolitana de Cúcuta y es la población más cercana a la frontera del lado colombiano. Su par venezolano es el municipio de San Antonio, del estado Táchira.

La Villa del Rosario es un lugar prominente en la historia de Colombia. El escritor Manuel Ancízar la describió antaño como un sitio de “calles rectas, limpias y bien empedradas, perfumado por sus hermosos cacaotales”. El libertador Simón Bolívar la nombró en su momento la capital de la Gran Colombia. Allá se realizó el Primer Congreso de esta, en 1821, se redactó la primera Constitución, se creó el pabellón nacional y se nombró a Bolívar como presidente y a Antonio Nariño como vicepresidente de la nación.

Desde entonces, y tras la creación de los dos países, los municipios fronterizos mantienen una estrecha relación comercial. Hace un par de décadas, con el precio del bolívar por las nubes (uno se cambiaba por 17 pesos cuando el bolívar conservaba sus tres ceros), los venezolanos compraban en Colombia porque podían llevar muchas cosas con muy poco. Ahora la situación es diferente. El bolívar cuesta 17 pesos y está en picada. Una bolsa de harina para hacer arepas cuesta en el área metropolitana de Cúcuta 2400 pesos. En San Antonio, el mismo producto se consigue en 40 bolívares fuertes, que al cambio de moneda se traducen en 680 pesos, es decir, 1720 pesos menos que en Colombia. Por eso, todos los norsantandereanos quieren mercar del otro lado.

Sin importar la fluctuación del cambio de las divisas, la zona fronteriza, como todas las de su tipo, es un terreno fértil y poroso para contrabandistas de todo tipo. Y La Parada es un punto clave en este tráfico. El corregimiento ya no tiene calles rectas ni empedradas y no huele a cacao sino a esmog, y por sus vías pasan de contrabando desde víveres en bicicleta hasta insumos para el procesamiento de droga en grandes camiones de carga.

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La rutina de la cadena del contrabando está sometida al vaivén de los involucrados en la misma. Ese día, antes de llegar a La Parada, Fredy fue a una sucursal de un centro de envíos en San Antonio. Allá le entregó un fajo de bolívares a un empleado que se encontraba tras un cubículo.

Fredy, como la mayoría de sus cien colegas, recibe la mercancía por encomiendas enviadas desde San Cristóbal, la ciudad venezolana donde todo es más barato. Normalmente, los guardias se ubican a la salida de la sucursal de envíos a revisar los paquetes con los que salen los contrabandistas. El pago que hizo el colombiano fue para que el empleado llevara la mercancía del centro de envíos a una casa cercana, donde no hay uniformados inspeccionando.

El contrabandista paga por la mañana, por lo general, y al mediodía puede ir a la casa por la mercancía. Pero en esta ocasión no pudo hacerlo. Ayer, un grupo de “motomerqueros” (como llaman también a estos contrabandistas motorizados) enfrentó a un par de guardias. Los uniformados venezolanos les dijeron en retaliación que los dejarán ‘trabajar’ solo hasta cuatro días más. Hoy los guardias están bloqueando la trocha.

Por la aduana es imposible pasar mercancía. Las amas de casa colombianas que compran pequeños mercados los camuflan en las carteras. En otros tiempos bastaba con sobornar a los guardias, ahora no se puede porque instalaron unas cámaras de seguridad que los dejaron en evidencia.

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Fredy llega a la trocha del lado de Colombia. Unos 100 metros después del puente internacional, dobla a la derecha. Dos policías ríen recostados sobre una moto.

—Mírelos. Están esperando a ver si la guardia nos deja pasar por allá, para pegarse de algo. Como dije, esto es una cadena de la que todo el mundo quiere participar. Los policías quieren pegarse hasta de 2000 pesos, que es lo que uno les da si molestan.

La moto avanza unos 200 metros más por un camino que se va ampliando a medida que avanza. El contrabandista se baja en medio de dos casas. La de la derecha no tiene pañete. Tres jaulas están recostadas a la pared, cada una con un gallo de pelea. Al lado hay una Tucson nueva parqueada. Detrás de la camioneta se ve una torre alta de cajas de cloro, unas cuantas botellas de Vanish y unas pocas cajas de jabón. En la casa de la izquierda hay un grupo de hombres sentados.

Fredy toma la izquierda. Saluda y camina hasta el fondo, hacia un lavadero que se ve desde el camino. La trocha sigue adelante, flanqueada por maleza espesa que crece a partir de las orillas delineadas por basuras. Fredy regresa del lavadero 20 minutos después.

En ese momento señalé el caminó y le pregunté cuánto más debíamos avanzar antes de encontrarnos con el bloqueo de los guardias. Él me dijo algo entre dientes, se subió a la moto, me dijo que me subiera y arrancó con rapidez. Yo no debía haber señalado. En el lavadero, cuando le preguntaron quién era yo, él respondió que una nueva contrabandista, que me llevaba para que ellos me vieran la cara. Señalar me revelaba no como una contrabandista nobel, sino como una preguntona ante los tres hombres, que eran paramilitares. El bloque Fronteras de las Autodefensas Unidas de Colombia llegó a la región a finales de la década del noventa. Sus miembros extorsionaban, torturaban y mataban indiscriminadamente. Sus herederos conforman hoy bandas criminales que les cobran a los contrabandistas como Fredy entre 20 y 30 bolívares fuertes por cada bolsa de mercancía que pasan de un lado a otro.

Es decir, que si los guardias venezolanos no hubieran bloqueado la frontera, Fredy buscaría la mercancía que el hombre de los envíos dejó en una casa cercana en San Antonio, la llevaría por la trocha hasta los guardias, donde les pagaría para poder pasar. Avanzaría hasta el lugar donde estaban los paramilitares, a los que también les pagaría. Seguiría un poco más, donde los policías que estaban recostados a la moto y a ellos también les daría algo de dinero. En La Parada le entregaría la mercancía a un hombre que la distribuiría en Bucaramanga.

Fredy volteó por debajo del puente, para evitar la autopista, y se dirigió a la casa de cambio de un amigo. En el andén de este tiene una vieja vitrina con unas cuantas semillas y fertilizantes. Una muestra de los insumos agrícolas que contrabandea. Los exhibe para atraer nuevos clientes. Se sienta en una banquita de plástico, resignado. Es evidente que hasta el sábado no podrá pasar nada de Venezuela. No queda más que pedirle a su amigo que vaya por pollo asado a San Antonio. Son las 12:00 del día, no se puede contrabandear y ya es hora de almorzar.

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