Cuando las fronteras de tu cuerpo se fijan en más de 175 centímetros de estatura y entre los 140 y 200 kilos de peso, la vida puede ser un tanto dificultosa. Incluso miserable. Aunque eso depende de quién seas y a qué te dediques. O en qué país hayas nacido.

En Occidente, habitar un cuerpo obeso es, por lo general y en estos tiempos de curvas infartantes, cirugías plásticas, gimnasios y dietas, casi un estigma. Un delito. Un defecto imperdonable y criticable que la televisión, la moda y la publicidad no te dejarán olvidar, y que la sociedad en su conjunto te refregará en el rostro hasta hacerte sentir culpable.

Sin embargo, en muy pocas ocasiones o quizás en la única que existe sobre la faz de este planeta, rebosar gordura puede convertirte en parte de una élite, darte estatus de estrella, hacer de ti un personaje famoso y hacerte ganar mucho dinero y reconocimiento.

Esto es lo que sucede en Japón con los luchadores de sumo, una especie de deporte sacro en el que dos moles humanas se enfrentan a empujones, manotazos y cachetadas con la intención de expulsar al rival del círculo donde se realiza la lucha, o de hacerlo tocar el suelo con algo más que la planta de los pies. Un deporte tradicional ligado íntimamente a la historia, la mentalidad y los valores japoneses.

El mundo del sumo está controlado por la Asociación de Sumo de Japón, una entidad hegemónica, cerrada y con olor a naftalina que tiene reglas tan estrictas como ambiguas (un rasgo muy japonés), a través de las cuales lo controla todo, especialmente a quienes se acercan a este deporte para tener contacto con sus protagonistas: imponentes, respetadísimos e inalcanzables luchadores, que en los últimos tiempos se han visto envueltos en más de un escándalo con relación al sexo, las drogas, el juego y el crimen organizado.

Hay quienes creen que la mafia nipona, la yakuza, se encuentra profundamente enraizada dentro del mundo del sumo, controlando apuestas ilegales o esponsorizando luchadores para luego decidir el resultado de los combates. Una corrupción estructural, me dijeron, que ha comenzado a generar desencanto en el público nipón, tanto a niveles de audiencia como de postulantes a sumotori.

Todo parece indicar, y a mi experiencia me remito, que para ingresar al mundo del sumo con la intención de retratarlo y conversar con sus protagonistas debo de cumplir con uno de los siguientes requisitos, ninguno de los cuales tengo: ser un medio japonés, que por nacionalismo o simpatía protegerá los secretos turbios del deporte, o en todo caso los criticará “desde dentro”; ser una transnacional de la información con el bolsillo bastante grande como para cubrir los costos que se pueden derivar de una entrevista, o tener buenos e influyentes contactos a nivel local, de esos que abren todas las puertas.

Sin embargo, y a lo largo de mis repetidos intentos por penetrar el círculo del sumo, he conversado con más de un personaje, periodista, aficionado y entendido en el tema, cuyas opiniones, datos, historias y experiencias me han brindado exactamente lo que andaba buscando: un perfil genuino y cotidiano de un sumotori, del luchador de carne y hueso y no del semidiós inalcanzable.

Obesos pero elásticos

El primer mito que se hizo pedazos ante mis ojos cuando intenté contactar a un luchador de sumo fue todo lo concerniente a su obesidad, porque si bien son grandes y gordos, los sumotori también son mucho más ágiles que una persona promedio, según reveló un estudio realizado por la Tokio Metropolitan University. Adicionalmente, un luchador de sumo tiene solo un 10 % de grasa en el cuerpo (el resto es masa muscular) y una elasticidad que le permite abrir las piernas hasta en un ángulo de 180 grados.

Ello, sin embargo, no impide que los luchadores se enfrenten a los problemas propios que se derivan de su gran corpulencia, pero sobre todo de vivir en Japón, un mundo diseñado a la medida de personas mucho más pequeñas y delgadas que ellos, donde los espacios son reducidos y estrechos y donde lo compacto reina en todos los niveles de lo cotidiano.

Cuando un luchador recorre el país, por ejemplo, prefiere movilizarse en tren bala (shinkansen) y siempre en la categoría Green Card (de lujo), donde los asientos son bastante espaciosos; todos ellos tienen prohibido manejar un auto porque no hay máquina en el mercado que pueda acomodarlos detrás del volante de forma segura; cuando ingresan a un local o restaurante, siempre deben hacerlo agachándose o incluso de costado; mientras que en los hoteles que se alojan solo pueden tomar una ducha, porque la tina es demasiado pequeña para su volumen.



Otro problema que se le presenta a la mayoría de los sumotori, como a cualquier otra persona obesa, es al momento de utilizar la taza del baño. Afortunadamente, en Japón es bastante común encontrar tazas de baño inteligentes que asean al usuario de forma automática, lanzando chorros de agua temperada y ráfagas de aire tibio para secarlo.

La esperanza de vida de un sumotori es menor en unos 20 años que la de un japonés promedio, pero esto no solo tiene que ver con su peso, sino con el ritmo de entrenamientos que llevan, los cuales son tan arduos y agotadores que ya han producido varias muertes, entre ellas, la del gran campeón Ryukozan, en 1990.

Representantes del espíritu nipón

Otra cosa que debo dejar en claro respecto al sumo es que, más que un deporte, es una forma de vida con estrictas reglas de conducta. Para todos los japoneses con los que he conversado, más que un atleta, un sumotori es el portador de antiguas tradiciones íntimamente ligadas al sintoísmo, la religión nativa de Japón.

Tanto en la vida diaria como en el transcurso de los 15 días que dura cada uno de los seis torneos que se realizan al año, se espera que los luchadores sean humildes, modestos, de pocas palabras y de hablar suave y educado. En resumen, que sean estoicos y que representen los valores que, según la sociedad local, mejor describen a este país: dignidad, honor, fuerza y disciplina.

Por ello, un sumotori nunca celebrará una victoria ni lamentará una derrota, y en el mismo instante en que haya vencido a su oponente dejará de ejercer cualquier tipo de fuerza en su contra: vendrá un saludo con una venia que significa respeto y reconocimiento por el esfuerzo realizado.

Esta conducta y lo que representan culturalmente hablando les han granjeado a los sumotori el respeto y el amor incondicional de los japoneses, sobre todo de personas mayores que muchas veces no pueden contener el llanto al tenerlos cerca.

En Tokio, más de una vez los he visto caminando por las principales y más céntricas calles de la ciudad, perfectamente peinados con decorativos moños y vestidos con sobrios kimonos que en invierno o verano acompañan con zuecos de madera (geta), ya que sería casi imposible encontrar calzado occidental a su medida. En estas ocasiones he visto, sorprendido por el respeto que muestra el japonés hacia la privacidad ajena, cómo la gente los observa y máximo se detiene a tomarles una foto con el celular, pero siempre a una distancia considerable para no molestarlos durante su tiempo libre.

Para convertirse en luchador (rikishi), el postulante, sea japonés o extranjero, debe tener buena salud, menos de 23 años, una estatura mínima de 1,75 metros y un peso de por lo menos 75 kilos. El resto lo harán la dieta y el entrenamiento.

Los luchadores de sumo, más de 900 en la actualidad, pertenecen a una de las 55 heya (una mezcla de gimnasio, escuela y vivienda comunal) que existen en el país y que se ubican principalmente en Tokio. Allí comen, entrenan, duermen y realizan las labores propias de cualquier hogar, siendo los principiantes los que se encargan de servir a los luchadores de mayor categoría.

Muchos de los aprendices son exdelincuentes juveniles o muchachos de familias humildes que viven en provincias alejadas y llegan a las heya con apenas 14 o 15 años de edad luego de que algún “ojeador” les haya visto condiciones, principalmente de estatura y peso. Los padres dan el consentimiento y ceden al muchacho, que desde ese momento queda en manos del oyakata, como se le llama al máster y administrador de la heya, y de su esposa, la única mujer autorizada para ingresar.

Luego de ser aceptado como aprendiz y antes de vivir dentro de la heya, el futuro sumotori deberá entrenarse por seis meses en las instalaciones de la Asociación de Sumo, donde se le enseñarán los movimientos rudimentarios, las técnicas y la historia del sumo, así como medicina deportiva, conocimientos generales, caligrafía y poesía antigua.

Más de una vez durante mi búsqueda de contactos en el sumo, pensé en participar como practicante temporal en una heya, hasta que me explicaron que el castigo y la humillación son partes intrínsecas de la formación de un aprendiz, al que le tomará por lo menos cinco años llegar a las categorías superiores (sekitori o profesional), momento en el que comenzará a recibir un salario.

“Yo he visto a principiantes vomitar por el agotamiento físico después de que los obligaran a repetir una y otra vez los mismos ejercicios para evitar que los golpearan”, indica un aspirante a sumotori con el que pude hablar brevemente, bajo la condición de mantener su anonimato.

En 2007 y ante la polvareda mediática que levantó el asunto, la propia Asociación de Sumo realizó una encuesta entre las 53 heya que existían en ese momento, y descubrió que el 90 % de ellas había utilizado bates de béisbol para castigar a los aprendices.

Un deporte sin límites

En el sumo no hay límite de peso ni categoría, se enfrentan todos contra todos y la experiencia demuestra que si bien la corpulencia del luchador influye mucho en el resultado, no siempre gana el más grande. De hecho, y aunque sea difícil de creer, el sumo es considerado por los propios luchadores como una práctica mental más que física.

Akebono (2,02 m y 230 kg), un yokozuna (gran campeón) ya retirado que nació en Hawái y que fue el primer extranjero en ostentar ese título (1993), aseguró en su momento: “La gente ve a dos luchadores grandes y gordos lanzándose uno contra el otro dentro del ring, y es difícil entender que en este deporte, a la hora de ganar, el lado mental y espiritual es mucho más importante que el físico”.

Hasta hace algunos años, los luchadores que se encontraban en lo alto del ranking pesaban 159 kilos en promedio, mientras que los más corpulentos alcanzaban entre los 227 y 272 kilos de peso. En la actualidad y debido a quejas del público sobre la importancia que los sumotori le daban a su peso por encima de la técnica, el promedio de peso se ha puesto en los 140 y 188 kilos, respectivamente.

De los 900 luchadores rankeados que existen en este momento, 40 pertenecen a la categoría makuuchi, que es la superior y se divide en cinco subcategorías (yokozuna —el rango más alto—, ozeki, sekiwake, komusubi y maegeshira); y 860 a la juryo, que es la más baja.

Económicamente hablando, los luchadores de la categoría juryo reciben 12.000 dólares mensuales, mientras que un makuuchi se embolsa más de 15.000. Los sumotori que todavía no se profesionalizan reciben una propina mensual equivalente a 700 dólares.



Dieta y entrenamiento

Dos son, según los especialistas, las razones que hacen a un luchador de sumo tan obeso, pero a la vez tan veloz: su dieta y el entrenamiento. Diariamente, un sumotori puede consumir hasta 20.000 calorías (de seis a ocho veces lo que consume un japonés adulto). El promedio, sin embargo, es de 9000 calorías al día, las cuales se ingieren en dos grandes comidas cuya base es el chanko nabe, arroz, cerveza y sake.

El chanko nabe, que más de una vez he saboreado en diversos restaurantes de Tokio por la módica cifra de 250 yenes el plato (2,40 dólares), es una nutritiva y balanceada sopa que contiene de todo: pollo, salsa de soya, pescado, hongos, cebolla, zanahoria y col, entre otros vegetales.

Adicionalmente, un luchador de sumo consume medio kilo de arroz en cada comida, pollo frito, ensalada de papa, pescado a la parrilla, hamburguesas, barbacoa de cerdo, fideos preparados de diversas formas y tofu, en una variedad que, como se ve, no distingue entre platillos japoneses y occidentales.

Luego de ingerir estas enormes cantidades de alimento al mediodía y de terminar con la primera sesión de keiko (entrenamiento), el sumotori toma una prolongada y obligatoria siesta para facilitar que el cuerpo convierta las calorías en grasa. En la tarde y dependiendo de la heya, a veces se realiza un entrenamiento mucho más suave para estudiar técnicas de combate.

Inmediatamente después de terminar la segunda comida, la cual se sirve a las 7:00 de la noche, los luchadores tienen tiempo libre hasta las 10:30, cuando deben estar en los dormitorios comunales, en el caso de los principiantes, y en sus habitaciones particulares, en el caso de los más antiguos.

Al día siguiente y durante el entrenamiento matinal que el sumotori realizará en ayunas, su cuerpo se moverá de forma más veloz, pero a la vez utilizando la menor cantidad de grasa posible, ya que tiene el estómago vacío. Esto le ayudará a conservar su volumen y corpulencia, a la vez que a ganar fuerza y elasticidad.

Las pocas veces que he podido visitar una heya, no me ha sorprendido el olor a sudor y cosas en descomposición que emana del piso de arcilla. “Hay luchadores que en cada entrenamiento pierden entre cuatro y cinco kilos, y todo lo botan en sudor”, explica nuestra anónima fuente.

El día de un sumotori comienza a las 5:00 de la mañana, cuando salta de la cama al doyo (arena de entrenamiento). Los luchadores profesionales duermen un poco más y se incorporan a las prácticas alrededor de las 8:00 de la mañana. A eso de las 11:30 se duchan y luego los peinan cambiándoles el estilo del moño todos los días.

Durante los días de torneo, la rutina de los sumotori cambia de forma drástica: se entrena menos, se come menos, se duerme más y se dedican largas horas a prepararse mentalmente para los combates.



Vida íntima

A pesar de las particularidades que rodean su vida diaria, los sumotori encuentran el tiempo y las fuerzas para mantener una vida sexual, en ocasiones bastante activa y con prostitutas profesionales, según he podido averiguar.

“Digamos que es pequeño. Las tres cuartas partes de su cosita están escondidas por la grasa”, reveló en su blog Lemón, una prostituta que brinda sus servicios en un sopurando o soapland, una especie de baño turco cuyo costo puede llegar a superar los 400 dólares por sesión.

“Me sorprendí al ver que mi próximo cliente era un sumotori gordo y en kimono. Empecé mi trabajo y me pidió que lo hiciéramos con él acostado de espaldas, porque de otra forma no podía. Pero cuando comencé a buscárselo no lo encontraba, hasta que le levanté la panza. Al final terminamos haciéndolo de una forma bastante acrobática, y me sorprendió bastante ver cuánto podía abrir las piernas”, concluye Lemón.

En otra oportunidad logré conversar con Norie, una japonesa a quien su amiga de 26 años le cuenta todas las aventuras sexuales que sostiene con su novio, un sumotori de 1,90 de estatura.

“Una vez lo quisieron hacer sentados en la taza del baño, pero se rompió por el peso. Y en otra oportunidad ella malogró el asiento del copiloto de su auto, porque luego de que lo hicieron allí el respaldar jamás volvió a enderezarse”, dice Norie, que ha rechazado el ofrecimiento de su amiga de presentarle a un sumotori amigo de su novio.



La hora del retiro

A pesar del glamour y la fama que puede llegar a rodear la vida de un sumotori de la máxima categoría, lo cierto es que la mayoría de los luchadores nunca alcanzan a colocarse en el nivel profesional y, por ende, pasan toda su carrera en la heya.

Sin embargo, tanto los profesionales como los que no llegan a serlo se retiran antes de cumplir los 30 o 35 años, aquejados de dolencias hepáticas o forzados por las lesiones y fracturas causadas en hombros, codos y rodillas debido a los rigores de la lucha, el entrenamiento y su propio peso.

En la ceremonia de retiro, llamada danpatsushiki, el sumotori no solo pierde su nombre de luchador, sino el moño que tanto cuidó durante su carrera. El dinero que recibe como jubilación se calcula con base en las victorias obtenidas. Luego vienen trabajos eventuales, como guardias de seguridad, ujieres o recogedor de boletos en las arenas de sumo, labores que realizan como una muestra más de humildad antes de adelgazar y tratar de abrirse paso en otra carrera.

Algunos se convierten en cocineros —si aprendieron bien a preparar el chanko nabe— o en instructores o cazatalentos de sumo para diferentes heya. Otros, los menos, hacen carrera como comentaristas deportivos, que en cada narración o entrevista rememoran la gloria de la victoria o la frustración de la derrota.

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