Ya sea como jugador o como aficionado, ya sea en derrotas o en victorias, el fútbol me ha hecho llorar varias veces. Como no siempre gana el mejor, este deporte con apariencia de juego infantil suele traer disgustos. La primera vez que sucedió era demasiado pequeño para entender de dónde venía la pena y hacer preguntas sobre ella. Ahora que soy mayor y pienso que la tristeza es una enfermedad de ricos que no puedo permitirme, miro atrás, encuentro ese íntimo momento y me veo muy pobre por dentro. El fútbol es cruel con la infancia.

Fue el miércoles 7 de mayo de 1986. Mi Barça disputaba en Sevilla la final de la Copa de Europa contra el Steaua de Bucarest. La temporada anterior había sido fascinante. Para mí fue iniciática y fundacional: doce meses atrás viví la consecución de la primera Liga del Barça en once años (y la primera de mi vida, acababa de cumplir 8). El entrenador era Terry Venables y la alineación más habitual de aquel año todavía puedo recitarla de memoria: Urruti, Gerardo, Migueli, Alexanco, Julio Alberto, Víctor, Marcos, Schuster, Rojo, Archibald y Carrasco. Al final se ganó el Campeonato en Valladolid después de que Urruti detuvo un discutido penalti en el último minuto y le dedicó al árbitro un eterno corte de mangas para que yo entendiera que el Barça es un sentimiento con demasiadas connotaciones históricas y políticas. Entonces, la Copa de Europa solo la disputaban los ganadores de la liga de sus países (no como ahora, que se clasifican los tres primeros y se llama Champions League). Y así, tras eliminar a Spartak de Praga, Oporto, Juventus (heroico) y Goteborg (taquicárdico), llegamos a esa final de Sevilla.

“Este año no ganaremos la Liga, pero la Copa de Europa, seguro”, aseguraba mi padre casi a diario. A los 9 años, todo lo que dice tu padre es cierto. Y conforme pasábamos eliminatorias, me lo fui creyendo.

Aquella tarde, Barcelona lucía primaveral, vibrante. Se percibía el entusiasmo en el aire y en el tráfico. En los balcones colgaban banderas y por las avenidas palpitaban cláxones y prisas. Nos plantamos en el sofá, ante la tele, para ver a los jugadores saltar al Sánchez-Pizjuán. El Steaua era un desconocido y todas las previsiones auguraban una victoria. No había quién no apostara por el Barça. Jugábamos prácticamente en casa. La historia, además, nos debía una. Pero esa noche también aprendí que todo eso —la historia, las estadísticas, las apuestas— no cuenta en el fútbol.

Fue un partido trabado y sin ocasiones cuyo recuerdo me escuece. Hacia el final, Venables sustituyó a Archibald y a Schuster. ¿Por qué cambió a las dos estrellas? Aún estoy esperando la respuesta.

Los rumanos consiguieron llegar a la tanda de penaltis, una ruleta rusa que acabó siendo el momento más dramático y cruel de la historia de mi club. No marcamos ni uno. Todos los detuvo un hombre espigado y con bigote, vestido de verde, cuyo nombre aún me hace temblar: Duckadam. Perdimos 2-0.

No me puse a llorar tan pronto Marcos erró el último lanzamiento, como hubiera sido lógico. No. Mi mente aún tenía que racionalizar el dolor, asumir que todo aquello era cierto. Fue con el televisor apagado, al pisar la oscuridad de mi habitación, cuando irremediablemente me asaltaron las lágrimas, por impotencia, por incomprensión.

Sin embargo, ahora que lo pienso, me duele más la imagen de mi padre acompañándome a la cama sin saber consolarme. Lo vi entonces alejarse estoico repitiendo “no pasa nada, ya ganaremos otra vez”, pero estoy seguro de que al cerrar la puerta también se derrumbó. Debería preguntárselo. Me había alimentado tantas esperanzas que seguro se sentía culpable.

Escribo estas líneas nervioso, a dos horas de la semifinal contra el Bayern de Guardiola (que nos quitó tantos complejos de antaño), cuando ha pasado el tiempo y ya tenemos cuatro Champions y las urgencias históricas son agua pasada. Puedo recordar aquella noche y pasar página, porque sin ella tal vez no hubiera llorado de alegría por las ganadas.

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