"¡Nuestros hijos son unos tragones!", le dijo mamá a papá mientras abría y cerraba gavetas para que viera cómo engullimos en dos días 15 paquetes de Chitos, 30 lonchas de queso para los sándwichs de la semana, un tarro de galletas y uno que otro Bonfruit, el chocolate blanco y melcochudo que arrancaba las calzas del doctor Gnecco. "Aquí no hay plata que alcance" y abrió su billetera rojo granate. "Tú verás qué haces con ese par de desfondados", le advirtió con su dedo índice apuntando hacia el techo.

Eso fue hace 22 años y al día siguiente de semejante barahúnda, papá nos llevó a Corabastos, una plaza que siempre recordé por su olor a billete viejo y arrugado de dos pesos.
No había regresado desde entonces. Tal vez porque ese sábado se duplicó el natural rechazo infantil por las frutas y las verduras -hoy cambio un Bonfruit por una haba- o porque a mamá no se le quitó la rabia contra sus voraces vástagos. Las dos cajas de tomates de árbol se pudrieron lenta pero certeramente, los brócolis se amarillearon y las arracachas se transformaron en especies de uvas pasas.
Y aquí estaba de nuevo, 22 años más vieja, a las once de la noche de otro viernes, recordando todo esto mientras mostraba el permiso que el jefe (e) de la división de mercadeo, Luis Arnulfo González Améciga, me había entregado para trabajar con calma toda la noche y contar cómo, mientras ustedes duermen, beben, comen o se desvelan por fatuos o serios problemas, aquí, en esta mole de cemento que abrió sus puertas la soleada mañana del 20 de julio de 1972, está en juego el ochenta por ciento de la comida de los casi ocho millones de bogotanos que somos.
"Pues esto no me sirve", fue el saludo en una de las nueve entradas a la segunda central de abastos más grande de América Latina después de México. "Solo autoriza su ingreso mi sargento mayor Jacinto E. Suárez Rivera. Así que espere mientras investigamos quiénes son y a qué vienen", remató el joven de uniforme negro y bolillo al cinto.
Pocas veces había tenido tan claro que lo único irreversible en la vida es el conocimiento y la muerte. Y en lo primero, le llevaba ventaja al portero, pues yo ya sabía lo que él no quería que supiera. Ya había entrevistado a varios de los 178 funcionarios de esta central de abastos para que me explicaran qué se cocinaba en un espacio de 420 mil metros cuadrados, en el que trabajan 6.500 comerciantes, 2.000
vendedores de a libras, más de 4.000 personas que descargan todos los días desde la diez de la noche hasta las doce del día -menos 25 de diciembre y 1o de enero-, esas 5.000 toneladas de alimentos que diariamente ingresan a la central de abastos de Bogotá, una sociedad mixta con 57 bodegas, que está quebrada y que el gobierno pretende privatizar algún día.
Me lo contaron todo basados en una tesis que llaman "la teoría de Chicago", según la cual mientras en un mismo espacio haya mucha gente, siempre habrá problemas. Y en Corabastos, tan solo una de las once grandes plazas que existen en Colombia, cohabitan más de 250 mil personas.
"Hace unas semanas un tipo pagó 300 mil pesos por la virginidad de una niña de 12 años a quien le hizo lo que le hizo sobre un bulto de papas. Su madre vio todo y hasta tamborileaba los dedos sobre el bulto vecino mientras el señor terminaba y le pagaba", me había explicado uno de los entrevistados de quien prefiero omitir su nombre para que no le pase lo mismo que a la niña, pero sin la previa cancelación de sus buenos oficios.
Salimos de la oficina y, para mi sorpresa, el hombre no se detuvo en su perorata de datos mientras nos despachábamos una almojábana en el restaurante El Postríbulo, diagonal a los ocho bancos que abren desde las 7:00 a.m. para facilitar las consignaciones de efectivo, la moneda cantante y sonante. Contó que en la plaza opera el Frente 41 de las Farc y otros tantos de las Autodefensas del Llano, que es el mejor lavadero de dinero -5 mil millones de pesos al año-, que mensualmente los comerciantes pagan en vacunas 500 millones de pesos, que muchos secuestros se negocian entre estas cuatro paredes, que las armas entran en camiones cargados hasta el tope de mazorcas o lo que sea -fácil ingresan 10 mil vehículos por día- y que los empleados de Tirofijo tienen cuatro camiones que se abastecen en bodegas alquiladas por ellos mismos. "Desde un alfiler hasta un satélite se consigue aquí. Hay que entender que en Corabastos se mueven hasta cinco millones de dólares diarios -¡¿que qué?!- y que toda la problemática del país se concentra aquí". "¿Y la policía existe?", pregunté. Algo se arqueó en él: como el espinazo de un gato que se apresta a la pelea. Antes del aruñón, me alejé. Diez horas después me bloquearían el paso camiones, jeeps, zorras y tractomulas llenas de vaya uno a saber qué. Solo
tuve paciencia para entrar y oler.

Sinfonía de madrugada
No huele a nada entre las 11:00 p.m. y las 2:00 a.m. Solo a gases de exostos, a vapores de grecas -hay 1.200 vendedores de tintos, aguas aromáticas, chocolates, caldos de gallina y pan- y a orines variopintos. "Nuestro trabajo es bien curioso", nos iba explicando uno de los 320 agentes de seguridad a quien mi sargento mayor Jacinto lo obligó a olfatearnos los pasos. "Por un inmoral -así le dicen al acto de orinar-, 5 mil pesos; ir en contravía, 20 mil, descargar después de las 4:00 a.m., 50 mil pesos. Pero si están borrachos o se ponen atrevidos tienen que pagarnos hasta 110.000 pesos". No es difícil manejar el tema dinero con ellos. Los comerciantes y los 600 cultivadores que abastecen a Bogotá con más de 300 clases de alimentos distintos tienen bajo sus ruanas de lana blanca fajos de hasta 400 millones de pesos en efectivo que consignarán en la mañana porque con ellos el lema es "plata en mano, carga abajo".
Mientras sorteamos el frío caminando de un lado para otro entre cuadras y cuadras de bodegas descascarilladas y solitarias, le pregunto a nuestro acompañante si no se siente culpable e inútil al ver tanta ilegalidad a pesar de que le pagan -440 mil pesos mensuales, una miseria si se tiene en cuenta que trabaja todos los días desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana- por evitar robos, ingreso de armas, pago de extorsiones y hasta estupros, como llaman los abogados al delito de tener un coito con una persona mayor de 12 años y menor de 18, prevaliéndose de superioridad.
"Tres tiros", me responde mientras prende el tercer cigarrillo de la noche y señala una esquina. "Fue a las 6 y 14 de la mañana, cuando esto estaba en su pleno apogeo. El tipo cayó muerto frente al todo el mundo en la bodega 29. ¿Quién vio? Nadie. Uno mira, no se mete. No puede".
Fue entonces cuando el vahído llegó de repente. Olor a cilantro fresco -Sierra Nevada del Cocuy, changua, primer viaje con novio-, a mango biche -abuelos, Santa Marta, infancia-, a cebolla larga -huevos revueltos los domingos-, lulo -primer sofoque de guayabo a los 17 años-, alcachofa -una dieta que empezó a los 30-, fresas, limones, cocos, pescados, albahacas, zanahorias, arvejas, espinacas. Olvidé el billete viejo de dos pesos. Entendí que pescar olores al vuelo -y podemos identificar hasta 4 mil, según la National Geogra-
phic- nos devuelve esos instantes felices. Y esa especie de reencarnación se obtiene en Corabastos a las 2:00 a.m. y hasta las 7:00 a.m., si se quieren recuerdos intensos, o hasta las 10:00 a.m., si se prefieren más diluidos y melancólicos.
Hubiese querido tener unos patines y simplemente rodar en un espacio del que se surten los propietarios de las 110 mil tiendas de barrio bogotanas, los 897 restaurantes, los 110 hoteles de cinco o de alguna estrella y las residencias de 5 mil pesos la noche. Metros de verduras verdes y amarillas, frutos rojos, naranjas, cafés, morados, tornasolados. Con 500 pesos se compra un coco de Tumaco, una docena de tomates de árbol, se le paga a un hombre para que cargue sobre sus hombros un kilo de cualquier cosa. Los comerciantes van de un lado para otro examinando con linternas diminutas la carga que traen los campesinos en sus camiones. "Esta papa está despejada", me dice uno de ellos con solo iluminarla un poco. "Esta es pecosa", añade. Si un avión pasara sobre Corabastos a las tres de la mañana, los pasajeros creerían estar
sobrevolando por un campo de luciérnagas regordetas.
Pero abajo el frenesí es total. Imaginen ustedes la cantidad de trabajo -y de empleos- que implica producir los 4,5 millones de huevos que nos comemos diariamente al desayuno los bogotanos, o los 300 mil pollos, o los 3,5 millones de platos de arroz, o los dos millones de litros de leche y derivados que nos tomamos, o los cuatro millones de tintos que, según las estadísticas de la Cámara de Comercio, nos mantienen febriles y amigables.
Es agotador y solo a las tres de la mañana en
punto estas personas que nos mantienen vivas tienen tres minutos de esparcimiento. A esa hora, cerca de 80 camiones cargados hasta el tope de papas, hacen fila uno tras de otro ocupando más de cinco cuadras. De repente un silbido seco. Uno de los hombres de seguridad descuelga la cuerda de 25 metros de ancho que les impedía el paso y todos aceleran, pitan, hacen rugir motores como si estuvieran en una verdadera carrera profesional. Es la tradicional largada de la papa, como se conoce esta competencia en la que el único premio es llegar primero a las bodegas para descargar los bultos. Y esa felicidad les dura tres minutos.
A las 7:00 a.m., cuando de diluyen los vapores del vender, comprar, gritar, cargar, mendigar y rebuscar, recordé a Fernando Savater, quien dice que el cuerpo humano -más no el espíritu- se contenta con bastante poco: comer, hacer el amor y dormir. Es por eso que hay que volver. No sólo porque gracias a Corabastos abastecemos la primera prioridad, sino porque, como el tango, esta plaza parece un pensamiento triste que se baila.

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