La sede del infierno en Bogotá se llama Crepes & Waffles. Lástima que no sea como el infierno que ponía en el cine Woody Allen con viejas empelotas y Billy Cristal echando chistes. No, ir a almorzar o comer allá es lapidarse, es llorar sangre, todo por la atención –o desatención en este caso- de uno de los restaurantes más afamados de Colombia.

No basta con hacer filas dignas de compra de vodka en la antigua Unión Soviética para entrar al paraíso del Crepe. Esto resulta ser lo de menos. En las últimas tres oportunidades a las que he ido en los últimos tres meses, me he ido sin almorzar o comer. No por capricho o berrinche o porque su comida sea fea. No. ¡Es que ni siquiera sé a qué saben sus platos!. ¡Los pedidos nunca llegan a la mesa!

Primer caso: llego al Crepes de la 93 a las 6 de la tarde a encontrarme con unos amigos para comer helado. Ellos ya han empezado su plato entonces me apresto a levantar la mano y a tratar de hacer contacto visual con una de las tantas meseras del sitio. Pero, como si fuera un cono de entrenamiento para fútbol, todas me gambetean durante 20 minutos. La sangre hierve pero bueno. “Esperemos 5 minutos más”. Un cuarto de hora sin señales hace que me enfurezca, más en el momento en el que una de las meseras hace contacto visual conmigo y a la que le hago señas como si me estuviera ahogando en la mitad del mar. Ella solamente me mira tres segundos y se va. ¡No es capaz de atenderme! Menos mal no trabaja manejando ambulancias porque, de lo contrario, sería una experta en el “Paseo de la muerte”.

Diez minutos después, mis amigos piden la cuenta y la misma mesera que me miró con cinismo, se dirige a mi y me dice “Disculpe ¿Usted me pidió una carta?”. No soy un guache, pero la respuesta era que sí, que le debía pedir su carta pero de despido. Le respondí: “Sí, pero ya no quiero nada”. Que ella dijera que le pedí el menú es prueba clarísima de que sí se dio cuenta de que yo quería ordenar, pero su indolencia no la dejó arrastrar sus pies hasta mi mesa.

Segundo caso: Crepes de la 85 con 11. Pido una Pita Popeye Pocket y dos gaseosas. Voy con dos amigos. La gaseosa llega. Los platos de mis amigos se demoran, pero están sobre la mesa. 40 minutos después la tal Popeye Pocket no alcanza a ser ni Cocoliso Pocket. Aunque me fijé que la mesera apuntó la orden y que hablé con claridad, no llegó. Uno de los comensales decidió hablar por mi, dada la cólera que tenía por el acto reincidente de mal servicio. “Señorita, falta un plato”. La mesera responde “¿Sí?”. Noooooo, ¡estamos mamándole gallo, señorita!. ¡Obvio que hace falta un plato! Respondo de nuevo, como si se tratara de un guión: “Sí, pero ya no quiero nada, gracias”.

En este caso hay que hacer un apartado. La administradora de la calle 85 fue hasta la mesa y trató de arreglar la situación con extrema amabilidad pero era más fuerte mi rencor. Quiso solucionar con gran tino el entuerto, pero ya yo consideraba –y considero- que era un problema entre Crepes y yo. Lleno de orgullo, hambre y rabia me negué a negociar. Me ofreció un plato, me dijo que qué quería. Yo le respondí “así quisiera algo ya no alcanzo. Me toca ya devolverme a la oficina, mil gracias”. Mientras una vena en la frente trataba de encontrar cauce explotando, salí del lugar. Eran las 2:15 de la tarde y había ocupado una mesa a la 1:15.

Señores de Crepes. Yo soy capaz de aguantar jornadas de hambre y hasta de humillación repetida, pero solamente si hay viejas en bola y está Billy Cristal echando chistes. De lo contrario a ese sitio no vuelvo. Sé que les importa un carajo. Cuando estuve allá no me pararon bolas, no creo que hagan luto de tres días porque no regrese.





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