Criticar televisión es el sueño hecho realidad. Y es que lo mejor de la tele es criticarla. Pero en Colombia es una pesadilla, una mala película de terror. Uno llega a casa a las 8:00 de la noche cansado, ojeroso y sin ilusiones, como dice la canción, prende la tele para ganar algo de tranquilidad y emoción, pero sucede el “oh gloria inmarcesible”: Fanny Lu ahora hace de Leo Espinosa, Guillermo Vives es un viejo ganador de yo soy Rafael Ricardo, Cepeda sigue ahí pero opinando de cocina… y colombianos sin atributos dicen que son guerreros, quieren que “Colombia” los conozca porque tienen una tragedia familiar encima. De verdad, uno no sabe ya en qué concurso están si es Yo me llamo Fanny Lu, La voz Leo, Desafío Vives.

Pero hoy llegué antes de las 8:00 de la noche, que dicen es el “primetime”, o sea, horario en que los comerciales son muy pero muy costosos, como a 100 millones el minuto (y pensar que uno de celular cuesta 100 pesitos). Y había unas señoritas anoréxicas, con parado de “guabalosa” de esquina de calle, y sufrí porque no sabían leer. Horror nacional: se necesita curso de lectura para chicas que soñaron con ser águilas. Y me confundí: no sabía si el chisme era sobre comprar la promoción adelgazante o sobre el talento del canal.

Pero la tele es bella: uno la prende, uno la deja ahí, y ese ruidito de fondo acompaña: y ya. Fui al baño y la oía, fui a la cocina y me seguía, comí y ahí estaba: el ruido seguía, y ya era feliz: no me perdía de nada: no tenía que mirarla.

Aunque no todo es felicidad: llegaron diez interminables minutos de publicidad, más de 30 mensajes y una sola verdad: se les quemó el cerebro a los publicitarios. No hay mensajes, solo promociones, rebajas, rifas y juegos sin espectáculo; no hay marcas, solo Claro, Nosotras y Postobón; no hay historias, solo mucha gente fea sonriendo y muy alegres; no hay afros, indígenas, gente normal en la publicidad: solo gente Miami. Pensé por un instante que se trataba de un nuevo reality: “Publicista por un día: cree un eslogan y sea tonto al instante”.

Y ya no aguanté más y cogí el control de mi tele y comencé a apretar el botoncito. Y paré un segundo en una telenovela de Adán y Eva en el Paraíso, pero Eva ya se sentía culpable y Adán tenía hermanito, y todos sufrían pero no pecaban: y sentí que el Paraíso ya estaba perdido. Y espiché con ganas el botoncito y pasó algo inaudito: en un canal hablaba un político; en otro, el gobernador; en otro, Santos; en uno más, Uribe; más adelante, Juan Lozano y Roy. Entendí que la tele se la han tomado los feos: el reality del odio, el bullying y la estupidez llamado política y corrupción se tomó todos los canales. Increíble: y el eliminado de la semana es el general que se fue un fin de semana con Gloria.

Para salvar la noche busqué cultura, educación y buen gusto: y llegué a un canal de los años ochenta del siglo pasado: y fui feliz. Había un señor que parecía Don Chinche, pero era el de Dejémonos de vainas. Y no se sabía bien porque la imagen estaba borrosa. Me reí un poco hasta que apareció que la respuesta es… Shakira, Juanes, Uribe, Roy, el profe Osorio… y ya fue mucho. No sabía la pregunta, luego estaba fregado para participar del concurso: “Y la respuesta es…”.

Pero no quería hacer nada, quería seguir descerebrado: y es que ver la tele es un acto de relajación, como el yoga para los perezosos, el zen para los sin atributos: uno llega a casa, pone el cerebro en la mesa de noche y comienza su terapia nocturna: no pensar: no activar neuronas: casi dormir, y creer que uno es un brillante hommo zapping porque sabe más y mejor que todos los que salen en esa pantalla. “La luz del tele me ilumina y hace sabio, alabada sea la tele, reina de mis delirios, señora de mis falencias, amiga de mis noches, posibilidad de mi deseo, tortura de mi inconsciente”.

El hommo zapping que llevo en mí me ordenó: ve a los animales, ve al fútbol, allí no falla. Y fui a los animales y comprendí que Vélez sensacionalista dirigía la selva: un tigre se comía una gacela: y en directo Paola contaba “la noticia en desarrollo”. Mejor el fútbol, pensé, fui y otra vez estaba Postobón: había un equipito de rayas que jugaba al sabor verde manzana. Y grité: “No puede ser”, a lo Delfín Quispe. “No puede ser que no pueda escapar al poder de Postobón”. Y lo peor es que ese equipito haciéndole bullying al otro equipo ganó: había una vez un señor que jugaba al fútbol e iba a patear un penalti y el creador italiano de vestidos costosos Armani lo miró y le picó el ojo, y el pateador se cayó de la pena. Todo fue penoso.

El happy end existe siempre en televisión: mi control inteligente apagó la tele y revivió mi cerebro, prendió Netflix y vi algo que me hacía sentir muy inteligente hasta que… el señor Kevin… me miró directamente a la cara y me dijo que íbamos (él y yo) a cometer una corrupción. Y pensé: “No puede ser: los políticos colombianos ahora están en todas partes”.

“Alabada sea la tele de todas mis noches, amén”. Prometo pecar de nuevo mañana.

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