Para el 6 de octubre de 1889 cuando el cabaret abrió por primera vez sus puertas, Pigalle era un deprimido suburbio que aún no formaba parte de París. En Montmartre se reunían a beber lo más selecto de la ralea parisina y allí podían encontrarse con “les femmes fatals”. Sin embargo, dos hombres de negocios: Joseph Oller y Charles Zidler, supieron apostarle al sector de Montmartre como un lugar donde la extravagancia estaría por encima de cualquier conducta y juicio moral diurno. En el exterior un vistoso molino rojo de aspas móviles daba la bienvenida; adentro, un gran salón de baile, un escenario, espejos y cortinas que cubrían todos los muros. Al fondo, en un jardín para el periodo estival, se instaló un gigantesco elefante de la Exposición Universal de 1889. En el edén del naciente cabaret, el animal de yeso se encargó de mezclar todo tipo de personas en su interior: obreros, residentes, artistas, panaderos, hombres de negocios, e incluso, mujeres de alcurnia se dieron cita en las entrañas del inmenso paquidermo para presenciar la novedosa y condenada danza del vientre que causaba furor.  Con un debut espontáneo, el Moulin Rouge se convirtió entonces sin que nadie lo planeara en un excelente broche de oro para la Exposición Universal de París.  Los años posteriores a la inauguración fueron igual de memorables por la infinidad de espectáculos extravagantes que el salón organizaba noche tras noche.

Entre los artistas más destacados que pasaron por el Moulin Rouge se destaca especialmente Celeste Mogador, la creadora de la famosa Quadrille, la danza endiablada que hizo perder la cabeza a todo París y que diera origen al famoso Can-Can francés. Otras recordadas artistas que pasaron también por su escenario fueron la Goulu, Miss Jenny, Nini Pattes-en-l’air, la Môme Fromage, Jeanne la Folle. Numerosos artistas hallaron inspiración en el Moulin Rouge, entre ellos Henri de Toulouse Lautrec, quien con sus dibujos coloreados inmortalizaría escenas del espectáculo y sus bailarinas, en especial la Goulou.

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Una de las más conocidas y fílmicas melodías de Edith Piaf, Sous le ciel de Paris: Bajo el cielo de París, fue la primera canción que torturó mi garganta con los diminutos sonidos guturales que me exigía la lengua de Molière para poder vivir en la cinematográfica Ciudad Luz, ¡¿tal vez sobrevivir?!... ¡Ya no lo sé, ya no me importa!, me conformé con mi sacrílego acento que flagela la sonora lengua de Dumas y Balzac y ellos me entienden, eso creo. El asunto es que en mis primeros años como estudiante terminé por conocer ese París al cual “muchos llegan por la puerta de atrás” como lo escribió Santiago Gamboa en El Síndrome de Ulises.

En la eterna capital de l’amour también avecindan los destinos más antagónicos: vive un pintor en una estrecha chambre (alcoba) rodeado de cuadros, acuarelas, tarros de pintura, pinceles y sin dejar de soñar con una exposición que lo lance al estrellato. Se establecen también bajo sus respectivas ilusiones: actores, músicos, diseñadores, bailarines, futuros directores de cine, dramaturgos… La lista sería interminable para tantas carreras artísticas. No obstante, como una burla a la realidad política de Colombia, a los prejuicios ideológicos y a la atmosfera artística de París, el paramilitar, el guerrillero, el capo e incluso los prometedores artistas, terminan trabajando en las mismas construcciones: se convierten en pintores y albañiles de oficio y se llaman los unos a los otros cuando hay un chantier (obra) por comenzar. La amistad les llega por necesidad de integración social y con ella la confesión de sus errores en el pasado, porque quien fuera su enemigo en Colombia hoy es su “parcero” de trabajo y sobre todo: amigo de tragos de cualquier fiesta colombiana que se organice con tal de mitigar nostalgias y olvidar culpas… ¡pero esa es sólo una parte de la crónica sin fin que ostenta Colombia!  Y ese es el París que yo se lo prohíbo a quien aún no lo haya conocido y todavía sueña con pisarlo. Esa no es la denotada capital de l’amour.  Es la metrópoli vedada para los recién casados y su conjuro de amor eterno en luna de miel; parejas capaces de imaginar sus futuras estadías, en pocos segundos, contemplando una película que reafirma algún emblemático lugar de esta iconográfica ciudad; porque París, cada noche, en cualquier calle, monumento, banca, jardín o parque, se encumbra para esos soñadores y se negará a sucumbir mientras existan sus eternos íconos que el cine nos muestra sin tregua: La Torre, El Arco, Louvre, Pigalle y, sobre todo, la gran embajada nocturna de la capital, Bal du Moulin Rouge, Féerie.  

En los años de estudiante aprendí a conocer una infinidad de lugares del París fantaseado, ¡pero siempre desde afuera! Dominios e imperios totalmente prohibidos a la economía de un becario extranjero. Los distinguía y en las pocas ocasiones que la curiosidad me dominaba, aminoraba el paso para ver quiénes eran aquellos seres dignos de pisar tan suculentos antros de diversión sin importarles el costo; en otras oportunidades, la mayoría, pasaba de largo evitando ser parte del paisaje. Pues bien, reza el refrán: “La constancia vence lo que la dicha no alcanza”, y lo uno lleva a lo otro: la ciega e innata obstinación de desenterrar historias,  pusieron de frente a éste poco audaz y soso reportero ante las puertas del Moulin Rouge de París para relatar una noche completa en el cabaret más famoso del mundo.

Bienvenu monsieur!

No tuve necesidad de hacer la larga fila que serpentea el Boulevard Pigalle para poder entrar: las cadenas se descolgaron para darme paso entre la aglomeración como si se tratara de una frívola estrella. Jamás requerí una reservación, todo aquello era un especial permiso de la dirección de escenografía; y lo mejor: durante una noche me moví en los estrechos corredores del mítico cabaret con la libertad que muchos hombres han soñado. ¿El motivo para poder gozar de tantos privilegios?

Según Thierry Outrilla, Director de Escena, “es la primera vez que un medio suramericano llegaba al Moulin Rouge con la intención de desnudarlo totalmente, porque otros ya lo han hecho, pero con artículos muy planos”.

En una mesa estratégicamente ubicada para tener una visión periférica de todo el espectáculo, un responsable de sala me instaló junto a mis acompañantes, “Bienvenu monsieur, le spectacle commencera bientôt !” Luego procedió a llenar cada una de las copas de Champagne. Todas las luces del techo se apagaron, sólo quedaron prendidas las lamparillas de caperuza roja que tiene cada mesa.

La primera tropa de bailarines con trajes de color metálico hicieron su primera aparición al ritmo de la canción Paris dance. Una simetría de horas de ensayo, para pocos segundos de presentación, se encargó de cortar la respiración del público cuando pantalones, gorras y chaquetillas quedaron por el suelo para que en un abrir y cerrar de ojos un segundo grupo de bailarinas engalanadas con faldas transparentes y pechos al aire diera comienzo al espectáculo que ha hecho del Moulin Rouge un cabaret legendario y punto de referencia para aquellos que intentan seguir su estilo en cualquier parte del mundo. Los Armoniosos cuerpos adornados con plumas rojas, lentejuelas y piedras brillantes; las torneadas e infinitas piernas que son la antesala de suntuosos senos firmes; la gran cantidad de afinados rostros de las diferentes nacionalidades que se mueven y sonríen desde el escenario hacen que el respirar o tomar un poco de aire entre la primera presentación y la siguiente se convierta en un suplicio pulmonar; lo mejor en ese caso, ¡otra copa de Champagne!     


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“En mi familia nadie había sido bailarín o artista y, contrario a lo que uno pueda pensar, mi familia siempre me apoyó. El rechazo, como lo más irónico de toda mi historia como artista, lo tuve en la academia de ballet donde me estaba formando como bailarín clásico. En 1976, por invitación de un amigo asistí a un ensayo de los bailarines del Moulin Rouge, ese día me di cuenta verdaderamente del tipo de danza que yo deseaba ejecutar. Luego, también con la ayuda de él, me presenté a una audición en el cabaret… ¡de inmediato fui seleccionado! No te imaginas el montón de dilemas que tuve que sortear en muy poco tiempo: soportar las criticas en la academia de ballet donde ya me miraban como un bailarín de baja categoría y lo más difícil, aún tenía pendiente mi situación militar y mi contrato con el cabaret comenzaba para la próxima temporada; pues bien, actuando como el más tonto para cualquier maniobra o ejercicio castrense, me dieron de baja justo a tiempo. Esa ha sido mi segunda mejor actuación en mi vida” enfatizó Thierry Outrilla, actual Director de Escena. ¿Cuál es la primera? Le pregunté. “No cabe duda –y como una de las fechas más emblemáticas del Moulin Rouge- que la mejor actuación de mi vida fue la solemne presentación que realizamos ante la Reina de Inglaterra. El cabaret cerró por primera vez sus puertas en París y toda la tropa de bailarines, directores y asistentes nos trasladamos a Londres para montar el espectáculo ante la Corona Inglesa. Después de la presentación la reina se levantó de su mesa, subió al escenario y personalmente nos agradeció, a uno por uno, la función. ¡No supe que decirle cuando la tuve al frente!” 

¿Existen otro tipo de presentaciones en su vida que también tengan un valor especial?  Pregunté de nuevo.

“¡Por supuesto!” enfatizó el Director. “Mi primera presentación y por supuesto, mi última aparición en escena como bailarín en 1989. Luego comencé el proceso como Director de Escena y en este puesto me he mantenido apoyando todo el tiempo a los artistas y acogiendo a los nuevos bailarines, porque aunque ya no esté en el escenario, “¡eres un artista y sigues siendo un artista!” Ese es el lema”.   

Usted ha estado a lo largo de su vida en un lugar mítico como lo es el Moulin Rouge, ¿cuál fue su apreciación de la película de Baz Luhrmann sobre el cabaret y qué papel cumplió verdaderamente el Moulin Rouge?

“Ellos se documentaron durante más de seis meses en la Biblioteca Nacional de París y en nuestros propios archivos, de esta forma llevaron a la pantalla infinidad de minúsculos detalles que nosotros apreciamos muchos, pero que tal vez el público en general pasó de largo en esos aspectos. Tengo que decir que  –desde el punto musical y la puesta en escena de los bailarines-, la película es muy buena para mi gusto”.

 ¿Qué repercusiones tuvo la película en el verdadero Moulin Rouge?

“Estuvimos en el estreno en Cannes, pero… ¡nunca llegamos a sospechar la marea de gente que llegaría al cabaret sólo por haber visto la película! Nos llamaban desde todas partes del mundo para reservar hasta con cuatro meses de anticipación; nos decían que después de haber visto la película ya deseaban ver el verdadero espectáculo de nosotros… ¡Una locura total, no te lo imaginas! Fue un año laboralmente muy pesado pero muy gratificante al mismo tiempo”.

Las películas y los espectáculos siempre tienen un fin, ¿cómo vislumbra el suyo en el Moulin Rouge después de tantos años de trabajo?

“He tenido una vida de sueños realizados, ¡en todo sentido! He asumido placenteramente cada cambio de mi vida, pero –y aunque me jubilen- siempre el Moulin Rouge será mi casa: un lugar por el cual yo he visto desfilar y actuar a grandes personalidades y el cabaret también me verá desfilar mi último día”.


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Por una segunda puerta ubicada al costado izquierdo de la gran entrada al público, esperé pacientemente y puntualmente que me abrieran para conocer el alma del cabaret. En mi friolenta espera sobre el Boulevard Pigalle, vi como tuvieron prioridad de entrada los diminutos ponis que hacen parte del espectáculo en dos ocasiones; luego, cuando ya el frío se había filtrado hasta por mis zapatos, el Director de Escena abrió la puerta para recibirme: “Excuse moi mon retard !”  

A lo largo del corredor que crucé, siguiendo al Director, pasé por los camerinos donde descansaban los diferentes artistas que también hacen parte del espectáculo: un mago, el maromero más rápido del mundo, una pareja de equilibristas; entre otros. En un salón más amplio, donde se guardan minuciosamente los penachos, me esperaba una de las bailarinas: Mathilde Tutiaux. Su estatura, además de tener puestos unos altos tacones, sobrepasa la estatura exigida para las mujeres, 1.75. (Por fortuna la vida me dotó de 1.80 a ras). Sus piernas son un par de ébanos infinitos que ella sube ágilmente hasta una barra de calentamiento donde se ejercita mientras comienza la última presentación de la noche.  

¿Cómo llegó al Moulin Rouge?

“Soy bailarina de conservatorio, pero al igual que a muchos bailarines, a mí también me sedujo la idea de formar parte de la tropa. Me presente a una audición hace tres años y es un trabajo que disfruto plenamente cada noche” me respondió Mathilde sin dejar de estirarse.

¿Es vital tanto estiramiento para la presentación? pregunté asombrado por la infinidad de contorciones que repetía mientras hablábamos.

“¡Claro! Estamos con tacones de talón muy alto, a eso se le suman los accesorios, los corsé que también son pesados, la memorización de distancia entre cada una de nosotras y tener que estar bailando. Por eso la preparación física es fundamental todos los días”.

¿Cómo es día normal de una bailarina del Moulin Rouge?

“En mi caso, muy normal: amigos, novio, salir a cenar en los días de descanso, también desempeñamos otros tipo de actividades profesionales. Algunas son publicistas, otras están haciendo su carrera o especializaciones para estar preparadas cuando dejamos el cabaret.

¿Cuál es su caso?

“Tengo un master en economía y quiero ejercerlo en algún momento de mi vida; además, llevar una vida normal con esposo, hijos, muchas cosas que la mayoría de las mujeres soñamos. Debo irme ya, tengo que cambiarme para la última función”.


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La siguiente presentación es el primer suspiro fantasioso de muchos hombres durante el espectáculo, es, quizás, también la espiración y el anhelo de muchas mujeres por verse así frente al espejo: los penachos son de un rojo intenso y miden más de 50 centímetros. Las lentejuelas resaltan los senos de las bailarinas mientras ellas bailan, sonríen  y cantan, “Moulin des amours”.  Es la segunda presentación distintiva para la imagen que el cabaret ha construido durante tantos años. “Es la imagen “roja” que la gente ha establecido del Moulin Rouge” me comparte el Director.

¿Cuál es la primera?

“Ya te lo explicaré en su momento”.




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Hacia 1902, desavenencias entre sus fundadores, la partida de la Goulou, la competencia con otros establecimientos y su Can-Can pasado de moda provocaron el fin de los bailes del Moulin Rouge. Sin embargo, en 1907 recuperaría su antiguo brillo con la aparición de Mistinguett, quien se convirtió con el tiempo en una estrella del music-hall y recuperó el esplendor perdido.

Años después, días antes de la liberación de París, por la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, Edith Piaf hizo su presentación en el cabaret, acompañada de Yves Montand.

En 1951, Georges France adquirió el cabaret, lo renovó y le devolvió su antiguo esplendor: Volvieron las veladas danzantes, las grandes atracciones y fiestas suntuosas.

En 1955, de la mano de Joseph y Louis Clérico comenzaron las cenas-espectáculo del Moulin Rouge con un éxito absoluto. En 1962 se instaló un acuario gigante donde bailarinas desnudas nadaban ante los ojos fascinados de cientos de espectadores, y al principio por superstición, luego por tradición, los espectáculos del Moulin Rouge llevaron nombres que comenzaban con "F": Frou Frou, Frisson, Fascination, Fantastic, Frénésie, entre otros. Y en 1988, para celebrar el centenario del cabaret, se eligió, "Formidable".

De padre castrista y diplomático a las tablas del Moulin Rouge:

“¡Lo tienes que conocer! Es una historia bien interesante” me aseguró Thierry Outrilla.

Maikel Navarro Brown: Nació en La Habana. Su padre hizo parte del cuerpo diplomático cubano en la antigua Unión Soviética y él fue educado bajo los dogmas de La Revolución, El Marxismo, Leninismo…, credos que Maikel nunca adoptó.

Su físico es uno de los más notorios del espectáculo: musculatura propia de los hombres de su raza, facciones muy agudas y definidas que resaltan aún más con su blanca dentadura. Su personalidad, educación y dominio de idiomas como: ingles, francés, ruso, italiano y español también lo ponen al frente de la tropa del Moulin Rouge que hace las diferentes presentaciones por el mundo. No obstante, Maikel Navarro, conserva la cordialidad y desparpajo típico de los cubanos en su forma de hablar.   

“Mi padre quería hacerme militar, pero poco a poco se fue dando cuenta que yo no lo quería. Un día llevaron a mi hermana a una audición de ballet en Moscú, pero ella no pasó. Yo, por impulso, pedí que me dejaran presentar la audición, ¡y pasé, chico! Mi padre no lo admitía, mi madre no decía nada, pero me apoyaba; así, entre mucho insistir y rogar comencé mi formación como bailarín profesional. Luego regresamos a Cuba y allí también formé parte de algunos grupos de ballet, con ellos estuve de gira por todas partes”.

Tengo entendido que la deserción artística e intelectual es la que más sufre el gobierno de Cuba, ¿cómo hizo usted para salir?

“¡Fácil! En Barcelona una compañía me quería con ellos, hicieron lo necesario y luego continué mi paso por Italia hasta llegar a Francia donde me seleccionaron para una audición del Moulin Rouge y por eso estoy hablando hoy contigo, chico”.

¿Cómo es su vida fuera del Cabaret?

“Mira, yo te voy a explicar algo: en Cuba vivimos sin afanes y así es mi vida, me dedico también a mi profesión de arquitecto de interiores, al estudio de Historia del Arte y así, día a día, paso mi vida en este país, pero te diré algo… Todos los años voy a Cuba y cada vez me hace más falta, cada día me siento más cubano aunque no he vivido muchos años en Cuba”.

¿El futuro…?

“Sin metas, lo que vaya ocurriendo día a día”.

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Cuando llega el momento de subir a escena, entre bambalinas sólo se siente energía. Intentando pasar inadvertido, me ubiqué donde menos representara un estorbo, y desde ese punto fui testigo de la simetría que hay entre un espectáculo y el siguiente: un corre, corre (siempre por la derecha) entre los bailarines que entran y los que salen. Detrás del escenario las bailarinas se visten y se desnudan ayudadas por asistentes que les socorren con las cremalleras y los pesados corsés y mientras todo eso ocurría, Thierry Outrilla, me explicó uno de los secretos del montaje: “cada bailarina cumple muy diversos papeles sobre las tablas. Ellas se cambian más de una docena de veces, no hay mucho tiempo para  pensar porque son más de mil trajes de minúsculas lentejuelas y piezas brillantes y 800 pares de zapatos de las tallas 35 a 47 componen el ropero del Moulin Rouge” reveló el Director.

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El número más costoso del cabaret es la piscina de más de 40 toneladas que se levanta en medio del escenario gracias a unos potentes gatos hidráulicos y cada noche una de las bailarinas es arrojada al agua donde nada y se contorsiona con cinco enormes pitones. “Es un acto que, tal vez,  se convierte en la simbiosis de muchas culturas: algo egipcio, una alegoría de antiguos sacrificios mayas y la Medusa de la mitología griega” me compartió el Director.   
 
El más representativo: 

“¿Recuerdas cuando te dije que en un momento te explicaría cuál es el espectáculo más importante? Quiero que le pongas mucho cuidado, porque te lo explicaré al terminar” me dijo nuevamente el Director.

Las bailarinas de mayor trayectoria salen corriendo por todo el escenario, todas están vestidas con los colores de la bandera de Francia; las piruetas y saltos mortales son el coordinado debut en escena de los bailarines. Al ritmo de trompetas las bailarinas rodean el escenario sin dejar de mover sus faldas y en un cruce de filas el público entero identifica el himno del Moulin Rouge: “¡Le French Can-Can!”  El espectáculo, sólo en ese momento y durante pocos minutos, pasa a las mesas con las palmas de todo el mundo acompañando los ritmos de los trombones.

“El Can-Can es algo que sólo dura pocos minutos, pero es lo más representativo del espectáculo completo. La gente viene por ver la danza que hace años enloqueció a París, pero muy pocos saben lo que hay detrás de ese baile: las primeras bailarinas del cabaret eran lavanderas y cuando miras uno de los gestos del Can-Can representa eso: lavar y estregar, lavar y estregar contra las piernas… ¡Y mira en lo que se convirtió! El único Can-Can es el nuestro” aseguró el Director. “No lo sabía” ofrecí como quien recibe un gran presente. “¡Lo sé! Por eso te acompañé durante el espectáculo. Era muy importante para el Moulin Rouge, que la gente en tu país y en Suramérica conozcan bien nuestro cabaret”.

    
 El Moulin Rouge en algunas cifras:


-    Más de 6000.000 espectadores al año: 50% franceses, 50% extranjeros.
-    2 presentaciones todas las noches del año.
-    80 bailarines en escena y 14 nacionalidades.
-    Más de 1000 trajes.
-    240.000 Botellas de Champagne.
-    350 personas trabajan para el Moulin Rouge.
-    1500 personas trabajan indirectamente para el cabaret.
-    Espectáculo y cena: entre 175€ y 200€.
-    Espectáculo: entre 105€ y 95€.

Al terminar el espectáculo y nuevamente parado sobre el Boulevard Clichy, deduje: “Una ciudad tan cinematográfica como París, puede seguir siendo la capital gala sin sus lugares más emblemáticos; pero, jamás se hubiera convertido en la eterna capital de “l’amour’” sin sus personajes más representativos y aquellos que la habitaron: La Torre, EL Arco, Louvre, Balzac, Dumas, Camus, Hemingway, Edith Piaf, Jim Morrison, Modigliani, Picasso… entre otros. Y Pigalle tampoco hubiera sido Pigalle sin su eterna embajada nocturna: Bal du  Moulin Rouge.

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