Llegó allí con la misión de matarlos a todos hasta que sintió que su corazón palpitaba por ella, que deseaba verla, hablarle, tocarla y tener la oportunidad, aunque fuera un ratico, de sentarse a su lado para decirle que era lo más bonito que había visto tras recorrer a pie buena parte del país con su morral a la espalda y su fusil listo para disparar.

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Y no era que lo andado no tuviera cosas buenas. Al contrario, había compartido con los más valientes y decididos, aquellos que sin dudarlo habían dejado la vida misma por defender una causa; los más entregados, que tras días de marcha, con las raciones contadas y bajo la lluvia, vencían el sueño y el cansancio para seguir adelante; los más solidarios, que se arrojaban en medio del fuego para sacar a un herido, sin tiempo para pensar que un balazo certero pondría fin a su existencia.

Pero ella era diferente. Le transmitía una sensación de alegría interior que, ahora que lo piensa, debe asemejarse a la paz misma que hasta el más duro de los guerreros alguna vez desea.

Era una contradicción, porque si de algo sabía ella era de la guerra. A propósito, ¿de qué otra cosa sabía?

—¿En ese momento? —contrapregunta Sara Pulido Hernández.

Los ojos se le humedecen, se limpia las lágrimas con las manos y responde:

—Nada. Triste. ¿Cierto?

Nació el 15 de junio de 1988 en Paz de Ariporo, Casanare. De allí eran sus padres, Mariela y Ángel, quienes fueron desplazados por los paramilitares. Las Autodefensas mataron al azar a un puñado de campesinos y después expulsaron a los demás. Los Pulido huyeron hasta Sácama, también en Casanare, a los pies de la cordillera Oriental, donde se establecieron con Sara y cinco hijos más en una casa modesta, pero con muchos y buenos terrenos donde se cultivaba la comida y pastaban las reses que servían de sustento al frente de las Farc comandado por Arnulfo Suárez González, conocido como Alberto Guevara. Él era todo allí: decidía cuándo se iban a atacar a las Fuerzas Armadas, cuándo se ponía una bomba, a quién se fusilaba, a qué hora debían cerrarse puertas y ventanas por las noches y hasta quién podía casarse.

—Aquí somos comunistas —decía cada tanto y con orgullo Ángel Pulido, el padre de Sara, viejo conocido de este jefe insurgente.

De hecho, para Pulido era normal que sus hijos amanecieran un día en los campamentos de la guerrilla para una jornada de milicia y otro en la casa para ayudarlo en las labores del campo. No se trataba de decidir si se entraba o no a las Farc, sino que la guerrilla era la única forma de vida conocida en ese lugar.

Así mismo, echar azadón era la única tarea que sabía hacer José Méndez Parra, nacido el 18 de febrero de 1981 en San Bernardo, Cundinamarca. “El pueblo de las momias”, dice. Es cierto. Desde los años setenta, misteriosamente han ido apareciendo fenómenos de momificación espontánea. Hay un centenar de cadáveres con la piel intacta, los pliegues de los dedos nítidos y el cuerpo en posición de descanso, como si no llevaran muchos años de muertos sino que estuvieran en una siesta pasajera.

—Es por la guatila y el balu —explica él. Se trata de dos alimentos autóctonos que le echan a todo: sopas, cocidos, arepas, tortas, jugos, ensaladas.

Lo dice con el convencimiento de haber pasado sus años de infancia sembrando las semillas de estas plantas junto a sus seis hermanos. Así los cogió la adolescencia hasta que, uno a uno, fueron atrapados en batidas del Ejército y llevados a prestar servicio militar. Faltaba José.

Sus padres, Esperanza y Gregorio, no tomaban el asunto con resignación, sino como una posibilidad de que hicieran algo útil en la vida, una carrera, una profesión.

José ni descartaba ni deseaba la milicia. Simplemente estaba entusiasmado porque un familiar le había conseguido un trabajo en una plaza mayorista de Bogotá para cargar bultos, labor que a él se le facilitaba por su fortaleza física y su habitual disciplina. Recuerda el frío de ese mes de agosto de 1999. Todos los días, a las 4:00 de la mañana, estaba despierto y media hora después, en la avenida de Las Américas, en el occidente de la ciudad, buscaba transporte para ir al mercado a la hora convenida. “Qué iba yo a pensar que a esa hora me fueran a parar”. Pero así fue: “¡Papeles!”, le pidió un soldado. José mostró la cédula y, antes de explicar por qué aún no había ido a presentarse para resolver su situación militar, lo subieron a un camión en dirección al batallón de Puente Aranda, junto con otros muchachos asustados y humildes. Ese mismo día empezó a pertenecer al Ejército Nacional.

—Eso sí fue mucha la andadera —dice.

Caminar, disparar, caminar

Un combate en Puerto Berrío, Antioquia; una emboscada en Calamar, Guaviare; un patrullaje en Labranzagrande, Boyacá; una acampada en Medina, Cundinamarca. Disparar a la hora que fuera necesario hasta una victoria final y definitiva que nunca llegó. Y, eso sí, siempre atento, alerta “porque el que se descuida pierde”. En ocasiones, la tropa entera se sentaba frente al televisor a ver las noticias que para la época se originaban mayoritariamente en El Caguán, donde Andrés Pastrana, su comandante en jefe, hablaba de paz con Manuel Marulanda Vélez, el comandante en jefe de Sara. Porque cada bando sabía que los diálogos no iban para ninguna parte o simplemente por precaución, cada cual por su lado veía cómo se preparaba para acabar con el otro.

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Así fue como un día el superior de José lo llamó y le dijo que le veía muchas condiciones para que se fuera a la Escuela de Soldados Profesionales (Espro), en Nilo, Cundinamarca. Cuando llegó, junto con centenares de muchachos, no había nada, ni baños ni nada. Sin tregua, ayudó a levantar la Escuela entre la maleza. Hicieron letrinas, edificaron muros, construyeron pistas, y el que no rendía, tome su tablazo. “Saque punta”, le ordenaban. Es decir, eche las nalgas hacia atrás para recibir el castigo.


De allí lo mandaron a Segovia, Antioquia, cuando llegó Álvaro Uribe Vélez a la Presidencia con la decisión de meterle tropa hasta al último de los municipios del país. El Ejército fundó una móvil a la que él se integró decidido junto con los soldados Rodríguez y Jiménez, con quienes había trabado una buena amistad. El uno donde ponía el ojo ponía la bala. El otro, franco y abierto “como un llanero”, decía él. La idea era matar a todos los guerrilleros que se les atravesaran en el camino, no solo por convicción sino porque mientras más bajas, mayores registros para ser seleccionados a la Misión de Paz que tiene el Ejército colombiano en el Sinaí, en Egipto, el premio más deseado por cada uno.

—Vamos a ir a la zona más roja entre las rojas. Allá no hay gente, sino una plaga. No hay uno que no sea guerrillo —recuerda José que les advirtieron en una formación militar después de que un helicóptero los había dejado en tierra firme, en los Llanos Orientales.

—¿Dónde estamos? —preguntó uno de los muchachos.

—Pues en Colombia, gran huevón —respondió el comandante, y todos se murieron de la risa.

Lo demás no era para nada divertido. Codo a codo, arrastrados sobre la tierra, empezaron a avanzar por las vastas llanuras de Pore, Paz de Ariporo, Hato Corozal… Todos esos sitios podrían ser, en cualquier otro momento, paraísos soñados: el mar verde infinito de la selva, esos atardeceres de fuegos rojos que abrazan al sol en su despedida y los caballos salvajes que corren libres en manada. Pero en ese momento era el infierno mismo debido a una guerra en la que participaban paramilitares, guerrilleros del Eln y de las Farc, policías y soldados. El propósito de la unidad en la que estaba José era arrinconar a los insurrectos hasta la imponente cordillera Oriental mientras que del otro extremo, en Boyacá, cientos de hombres también de las Fuerzas Armadas los traían hacia acá.

Fue así como metro a metro, en un esfuerzo sobrehumano y en una gesta heroica y anónima, la tropa llegó hasta Sácama, un poblado de 2000 habitantes que la gente de Inteligencia Militar definía como zona roja hasta los tuétanos.

—Aterrados, los vimos entrar patrullando —recuerda Sara del instante en el que vio atravesar la fila de soldados con el gatillo en el fusil. Ella tenía tanto miedo que sintió que se iba a desmayar:

—Desde niña, todos los días, todas las noches, nos decían que esa gente era muy mala.

Alberto Guevara dio la orden de no atacar. “Paciencia, paciencia —dijo—. Aquí llevamos toda la vida, esos vienen, se aburren y se van”, pronosticó.

Sara y José, cada uno por su lado, empezaron a pensar que la guerra en la que estaban era muy rara: los adversarios se ríen como uno, hablan como uno, les gusta el café en las mañanas, la arepa caliente al desayuno, el arroz con carne sabrosa y papa, como a uno, escuchan las canciones de uno, ven la misma televisión, se emocionan con la selección de fútbol y dicen que aman a Colombia como nadie jamás la amó, como uno.

Incluso los muertos son idénticos. Eso lo supo José cuando dieron de baja a cuatro guerrilleros. Fue un combate desde el amanecer. Al caer la tarde, el saldo era favorable para el Ejército: cuatro muertos de los otros, un par de heridos de ellos. El helicóptero entró y los sacó para llevarlos al hospital, pero no tuvo tiempo de volver por los cadáveres.

—No los podíamos dejar allí porque la guerrilla viene y nos los roba —cuenta José—. Si no hay muertos, ¿quién cree que vamos ganando?

Entonces con Rodríguez y Jiménez se encargaron de cuidarlos. La noche cayó y el frío, como una helada, los cogió. Al principio, charlaban para no dormirse, pero sus ‘lanzas’ no pudieron más y se tumbaron allí. José tenía a un lado a los muertos de las Farc, con su camuflado bañado en sangre, y al otro a sus compañeros, también con su camuflado empapado en barro y sudor. Recuerda que aunque la escena le produjo miedo, sintió más una profunda tristeza: ver a esos muchachos, sus enemigos, tan idénticos a sus amigos; posiblemente a esa hora sus mamás, si las tenían, no sabían que habían perdido la vida y jamás, nunca jamás, volverían a levantarse.

En la mañana, los soldados no hablaron, no tenían nada que comer ni que beber hasta que, cuando el sol ya quemaba y los moscos volaban sobre los cuerpos de los adversarios, escucharon el helicóptero que los sacaría de esa situación a la que él vuelve de vez en cuando en las noches de desvelo.

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Tiempos de sosiego

Pasaron los días y varios de los integrantes de cada bando empezaron a relajarse. Entonces Jiménez contó que él creía recordar que una de las familias del pueblo era conocida de sus papás. Un día, como quien no quiere la cosa, pararon en la casa y él se presentó amistosamente.

—Claro, la comadre Gertrudis es su mamá. Siga para acá, tómese algo.

Y así, entre cómo están, qué es de la vida de ellos, cómo está de grande, Jiménez no solo sintió confianza sino que puso sus ojos en una de las muchachas.

Los soldados tenían una buena excusa para pasarse cada tanto: la casa contigua era la única con un teléfono desde donde, en la fila y sin decirlo, guerrilleros y militares hacían turno para llamar a sus seres queridos.

Una tarde de noviembre de 2003, José la vio. Era apenas una niña de 15 años, venía de la montaña y entró a su casa. El soldado ya sentía confianza con la familia y, con el argumento de entrar a saludar a la mamá, se metió a la cocina y vio a Sara sentada en una butaca, junto a una mesa de madera. La saludó entusiasmado, pero ella quedó paralizada. Él se marchó rápido y le dijo que al otro día volvería a verla.

Ella quedó atrapada por su tono de voz. Le pareció tan suave y distinta al golpe seco de los llaneros que sintió que bien podría ser el demonio pero, eso sí, hablaba muy tierno.

José volvió al otro día, y al siguiente, y al otro también. Y se le declaró y ella le dijo que sí, pero que no podía tocarla ni nada por el estilo. Así pasaron los días hasta el 15 de diciembre de 2003, cuando el Ejército atacó a Alberto Guevara y lo mató en un bombardeo con cinco miembros de su escolta.

—En esta operación fue abatido este sujeto, quien con más de 36 años delinquiendo en la organización terrorista era además el coordinador de la consolidación del autodenominado Corredor ABC (Arauca-Boyacá-Casanare) —señaló el comandante del Ejército en ese momento, el general Juan Pablo Rodríguez. El oficial informó que los otros guerrilleros dados de baja eran alias Álex o Brazo de Ñeque, alias Ancízar, jefe de escuadra y explosivista; alias Viviana, enfermera de la guerrilla, y alias Adriana. Ella, Adriana, era la hermana de Sara. Dejó tres bebés, entre ellos a la pequeña Sofía.

Para Sara el golpe fue demoledor no solo por tratarse de su hermanita más adorada, sino porque muy seguramente entre los responsables de su dolor estaba el muchacho que ahora le quitaba el sueño. Él, como si nada, siguió siendo igual de cariñoso, aunque sí sintió que la familia lo miraba distinto, nunca con ánimo vengativo, pero sí diferente. Nadie dijo nada y tampoco hubo siquiera una misa, porque la costumbre es que los cuerpos de los guerrilleros sean llevados a una fosa mientras quienes sobreviven se duelen en silencio, pero sin manifestarlo en público: la guerra no da tiempo para ceremonias de despedida y, sobre todo, hay que mantener la seguridad. En ninguna casa de pueblo, cercado por los paramilitares y tomado por los militares, se les ocurría hacer un velorio de una experimentada guerrillera.

A pesar de eso, la relación entre José y Sara continuó. Se escribían cartas, conversaban, pero de ahí no podían pasar debido a los riesgos que cada cual sabía que tomaba. En abril de 2004, él se decidió y la invitó a ir a la montaña. Trajo un poncho de plástico y ella, por primera vez en su vida, se puso una prenda militar, no para pelear, sino por amor. Ambos atravesaron, bien caída la tarde, el pueblo como dos sombras sin saber quiénes eran ni a qué grupo pertenecían. Por primera vez, en la soledad de una maleza que cada uno de ellos desde su bando daba la vida por dominar, se dieron un beso.

Ella comprendió que lo que sentía no era un juego cuando un día, en un combate, lo hirieron a él: le pegaron un balazo en la pierna izquierda. “Se siente un ardor y casi un desvanecimiento”, recuerda él.

Sus compañeros se jugaron la vida por salvarlo. En un solo instante dispararon hacia la montaña para romper el ataque y así pudieron sacarlo, porque se les desangraba.

Llegó casi inconsciente al hospital. Una miembro de las Farc le dio la noticia a Sara: “Creo que le dimos a José”. Ella no podía hacer nada, porque era un peligro ir al hospital como si se tratara de una visita normal. Un enlace aquí, otro allá, hasta que le llegó el mensaje de que se salvaba.

—Es que dan mucha papaya —le dijo el jefe del frente de las Farc a Sara cuando ella subió al campamento a preguntar qué había pasado.

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Volver a huir

La familia de Sara se enteró de un hecho inquietante: aunque las Farc habían dejado pasar los amoríos, la otra guerrilla que impone su ley en la región, el Eln, no. Ordenaron matarla, no solo porque la consideraban una traidora, sino porque así darían un golpe de mano en su confrontación con las Farc para ejercer el control territorial. Entonces la familia decidió enviarla a Sogamoso. José, como pudo, se averiguó el teléfono y se comunicó con ella. La pareja sintió que tenía que verse y él le dijo que cuando tuviera un permiso le avisaría. Llegó la oportunidad y la citó en la casa de su mamá, en Bogotá. Ella se escapó en una flota de la ciudad del sol y del acero. Y, de nuevo, por primera vez, durmió en una casa llena de distintivos militares oficiales; de fotos con camuflado, en cambuches, en ríos, con armas, con distinciones y hasta posando con reconocidos generales. De hecho, uno de los hermanos de José era el escolta de uno de esos generales, uno que después terminaría en la cárcel acusado de paramilitarismo.



La visita fue de apenas tres días, pero ella, sin saber, volvió embarazada a su casa de Sogamoso. José regresó a su unidad militar, pero empezó a ser investigado. Sus superiores le mostraron unas fotos y le preguntaron:

—¿Quién es ella?, ¿quién es él?, ¿y él?

Y José apenas decía: la mamá de mi novia, el papá de mi novia, el hermano de mi novia. Mientras, le iban respondiendo: jefe de finanzas de las Farc, miliciana de las Farc, miembro de las Farc. Lo acusaron de haberse dejado infiltrar por el enemigo.

Sus superiores, sin embargo, creyeron en su inocencia y lo dejaron ir, pero lo marginaron de la institución a la que le había dedicado casi una década. Salió pobre y sin amigos, porque en esos días las Farc mataron a Jiménez y a Rodríguez. Él pensó en demandar para reclamar una indemnización, pero le dijeron que más bien se preocupara por su mujer, que iría a la cárcel. Sara no fue a parar a la cárcel, pero sí su papá. Lo cogieron cuando subía a la montaña con una gran cantidad de dinero en efectivo, producto del secuestro y la extorsión. Allí murió.

Entonces ella se desmovilizó. Se presentó a la Agencia Colombiana para la Reintegración junto con otros de sus familiares que también dejaron atrás Sácama y los campamentos de las Farc. Él, desesperado, empezó a buscar trabajo y por única vez en su vida se arrepintió de haberse enamorado de una mujer del enemigo: “Estaba muy mal, pobrecita, la culpaba de todo”.

—¿Qué sabe hacer? —le preguntaban siempre en las entrevistas de trabajo.

—Sé disparar, sé paracaidismo, sé combatir, he dado mi vida por este país.

—Sí, claro, pero ¿qué sabe hacer de utilidad?

Entonces comprendió que no sabía realmente nada que sirviera para la vida urbana. Pero también entendió que tenía que vivir y pelear por amor a Sara, por ella, con quien esperaba otro bebé.

Con mucho juicio y dedicación, lograron abrir su propio negocio, una panadería. Él hace pan, ella atiende la vitrina. Poseen también un pequeño pero muy ordenado, limpio y acogedor apartamento en donde viven con sus dos hijos y la pequeña Sofía, la sobrina de Sara cuya madre murió en un bombardeo protegiendo a un legendario jefe de las Farc, que ya es una hermosa adolescente. Ella estudia juiciosa y sus tíos, “los militares”, están pendientes de que no le falte nada para que salga adelante. Los otros dos hermanos de Sofía los cuidan sus otros tíos, los excombatientes de la insurgencia.

En la casa de Sara y José no hay ningún símbolo militar. Solo tienen en la sala un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. Allí viven tranquilos, sonríen al ver el progreso académico de los pequeños y se entristecen mucho, como si les cortaran el alma, cuando ven las noticias de la guerra. Las familias de ambos se reúnen con frecuencia. La mamá de ella ha aprendido a querer a sus nuevos parientes, los militares; la mamá de él hoy llama “mi familia” a los reintegrados de las Farc.

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Pero ¿creen en el proceso de paz que se negocia en La Habana?

—Es posible que se firme un acuerdo, pero paz no habrá hasta que cambien las condiciones del campo en donde hoy crecen miles de niños en la pobreza —cree ella.

—Acá en la ciudad uno ve otra vida. Nadie se imagina realmente cómo es el campo, el infierno y las cosas que se ven allí. De pronto los jefes de las Farc firman un acuerdo, pero allá ya hay unos pelados dispuestos a remplazarlos —asegura él.

La charla es interrumpida por sus dos hijos. Uno tiene 7 años y el otro, 9. Además de estudiar, uno quiere ser astronauta y el otro, futbolista… “para jugar en la Selección Colombia”, aclara el más pequeño.

—¡Nuestro equipo! —exclaman Sara y José.

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